ÉPALE244- BOLEROS

POR HUMBERTO MÁRQUEZ / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

De los momentos más rudos de la vida, nada como “cronicar” con boleros un doloroso despecho. Es un proceso masoquista —algo sadomasoquista también— pero de lo más entretenido. Nada como sufrir con musiquita querida los recuerdos del amor perdido, van y vienen con cada bolero, de esos que curan el alma. Pero no nos caigamos a coba: esa vaina no la cura nada ni nadie ni siquiera ella, porque, en el supuesto negado que volviera, ya uno ha sufrido tanto que la sola idea lo que da es pánico. Héctor Myerston decía que no hay despecho que dure tres peas seguidas.El último mío pasó los tres meses… y contando. Jajajá.

De todos, “Hay que saber perder”, del compositor mexicano Alberto Domínguez, aunque hay quien dice que lo compuso su hermano Abel en 1941. En cualquier caso es un canto a la desesperación de la derrota sentimental, es el propio monumento al nudo en la garganta, al corazón “partío”, al inevitable desconsuelo del duelo amoroso: Cuando un amor se va ¡qué desesperación!; cuando un cariño vuela nada consuela mi corazón.

Este bolero es la descripción perfecta de lo que nos pasa cuando perdemos un amor: Dan ganas de llorar, no es fácil olvidar al querer que nos deja y que se aleja sin compasión. Lo recomiendo para la fase cuatro porque primero es el duelo “trancao” ahí no es bueno meterse mucho ya que el entendimiento se obnubila. Luego viene la aceptación; los más inteligentes optan por pensar que, más allá de la pérdida, ganaron el año —o el tiempo que fuera— de ser felices. La tres es un “between” entre el uno y el dos, más hacia la salida. Pero para la fase cuatro, la de la desintoxicación, este es el propio bolero. No sé por cuál razón lo cantan más mujeres que hombres, porque el mismo bolero dice: Pero no hay que llorar, hay que saber perder, lo mismo pierde un hombre que una mujer. Para mí, la mejor versión oscila entre El Inquieto Anacobero y María Luisa Landín.

No puedo comprender qué cosa es el amor si lo que más quería, si alma mía me abandono, como diría Daniel Santos torciendo la boca y mandibulando a lo Perico Macoña, con alargamiento de la “e”. Al despechado no le queda otra que hacer el coro más doloroso del mundo: Hay que sabeeeer perdeeeeeeeeeeeeer… jajajá.

 

ÉPALE 244

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