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Echa pabilo, echa, echa, suéltalo… mándalo pa’rriba, que se
eleve, déjalo que desde ahí agarre impulso solo, alma en pena que se desborda por las llanuras de aire como un espíritu
indomable. Aflójale las amarras, que tome vuelo, que se
despeine, que derrape, que brille y calle, y haga ruido y vuele
y se deje llevar como un murmullo sobre el cuello de las
quinceañeras que se desviven por su primer asalto de amor,
comiendo mandarinas sobre las escaleras del bloque donde ya han recibido la suave caricia del hierro helado. Dale, que se
nivele, que no vacile ni cabecee, que agarre firme las olas del cielo cernido de Catia, por donde se cuelan el rostro ajado
del obrero penitente que llega de bachaquear y la risa fragosa
de doscientos cincuenta y dos mil niños que más nunca
voltearon hacia ese cielo azul-estrellado, donde no se vio más
un cometa colorín colorado desde 1998, cuando cinco
muchachitos de Casalta II reinaron sobre el brillo de nirvana
de la plaza Pérez Bonalde con su ingenio de papel de seda
y pabilo, durante la breve monarquía que impuso la ley de la
verada en los vuelos rasantes sobre una ciudad sin drones.
Mándale cuerda y manda y manda, resiste fiero los golpes traicioneros del viento tropical, no hay que lamentarse de que un arrebato huracanado te devuelva a la tierra como un marino derrotado, desinflado como la vela de un barco a la deriva.
Cuidado con el cableado eléctrico, cuídate de las trampas del suelo y, ahora sí, pídele un beso y si no te besa sácale la lengua y vuélvele a decir que se arregle pa la cosa, y si no se arregla le picas el ojo y dale sedal, sedal, sedal, y cuando se pongan ariscas las aletas del papagayo róbale un piquito adormecido y huye a través del bulevar, que con el gentío río abajo nadie sabrá que eres tú el carajito enamorado que mientras izaba una cometa se atrevió a colorear sus labios de pergamino.

Marlon Zambrano (1971)

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