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DE CARLOS NOGUERA / ILUSTRACIONES L. “RAZOR” BALZA

 

CAPÍTULO 16

CENTRO ESPIRITUAL TACARIGUA

Somos mentalistas, espiritualistas, psicólogos de fama mundial, poseedores de inmensos conocimientos en todas las áreas del saber humano, le pedimos que lea con atención este aviso y no se arrepentirá.

Si su problema es de dinero, de salud o de amor, no tema, acuda a nuestro templo, nosotros haremos que toda la potencia espiritual del humo, que reúne las virtudes del alma, solucione todos sus inconvenientes.

Si su problema es de amor, si no encuentra a su alma gemela, si el ser amado se ha ido de su lado y no regresa, si el ser elegido no le corresponde con la pasión que usted esperaba, nosotros le brindaremos su felicidad.

Si su problema es de dinero, si su trabajo anda mal, si no le pagan bien, si la miseria material se une a la espiritual, nosotros le daremos la dicha.

Si su problema es de salud, si le han hecho algún maleficio, un maldeojo, si tiene enemigos, si sufre quebrantos del cuerpo, nosotros le aliviaremos los padecimientos y le otorgaremos la solución.

Así como todo veneno de culebra tiene su contra, así mismo, todo maleficio, toda pava, toda envidia, tiene su solución.

Fumamos tabaco, leemos cenizas, vemos el porvenir, curamos el espíritu, ensalmamos, libramos de enemigos, quitamos ataques y temblores.

Consúltenos hoy mismo. Dirija su correspondencia a: Centro Espiritual Tacarigua. Edificio Mis Esfuerzos, Primer Piso. Avenida Abraham Lincoln. Sabana Grande. Caracas.

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CAPÍTULO 17

 

LA DULCE LOCURA (VIII)

(Donde apreciamos que nunca está de más cierta dosis de salitre, psicoanálisis y cerveza)

—Pásame el astrolabio —dijo Guaica.

—¿Qué?

—El cincirelo, amiguito.

Ernesto le pasó el portacartuchos que estaba en el fondo, sobre la alfombra. Graciela quería los Bitels; por supuesto: Guaica acopló el cartucho del grupo Credence y copió la posición de Ernesto.

—¡Ay! No se me duerman ahora—dijo Graciela.

El bólido descendía veloz por la pendiente abrupta de la autopista después del último túnel. Debajo, el mar era una monótona libertad que copiaba el matiz sucio, casi sombrío, del amanecer. Tú, Ernesto, creías recordar que el salitre y el olor espeso de la sal de alguna manera se albergaban en la piel, descubriéndoles una realidad limpia y salvaje que habían olvidado a merced de la prolongada vigilia.

No confundas la meditación con el sueño, la contemplación con la pesadilla, amiguita, observamos la luna.

—Inmóvil —adjetivaste tú, Ernesto.

—Inmóvil —adjetivé, sintiendo una simpatía más bien estúpida por lo violenta hacia aquel disco que matizaba de ceniza y blanco la atmósfera.

—Certo —italianizó Guaica— no tiene nada que ver con la de Agustín Lara, aquella era coqueta y casquivana, le gustaba más una ronda que el pan de hallaquita. Una caminadora, en síntesis.

—No seas así, chico —saltó Graciela— no me insultes a la luna. Ella es divina, me la dejas quieta.

—No insultamos a la luna, pequeña, hablamos de una luna. Esta es secreta como una masturbación de púber. El eje central de la calesita —dijo Guaica, separando los lentes de la cara, alzándolos con gesto de relojero, mirando a través de la lupa.

—Y nosotros con boletos para el elefante alado —dije acordándome de los carritos chocones que se instalaban detrás del mercado todos los años cuando comenzaban las fiestas patronales.

—Y yo sobre el cerdito práctico —eligió Guaica, mientras los tres cochinitos del cartelón de la manteca se prendían y se apagaban en un pequeño neón tardío, y corrían alrededor de una cocina y lanzaban sus pescados fritos al aire, elevando los brazos para recibirlos después de tres vueltas, debajo de una gran flecha con resortes, en la vía.

Mónica reposaba contra mi hombro, pero no dormía, pensé en la pantomima de suicidio de Rafael, pensé en mí, la hice volver. Bastó un mordisco corto en la nariz y una mirada de aquéllas y móntate en la ruedita, nena.

—A mí me sirves un caballo, con alas como tu elefante —dijo.

—¿Y yo en qué monto? —chilló Graciela.

—Tú vas en burro —dictaminó Guaica.

—¡Ay! No, chico.

—Quiero decir en el asno de oro, pequeña…

—¡Ah!

—… que lo tenía de acero —y soltó la carcajada.

—En eso los niños tienen razón —dije, mirando todavía hacia arriba, sin darme cuenta que me había quedado quince parlamentos atrás.

—¿Qué coño tiene que ver un burro con un niño?— dijo Guaica, que estaba tan arrebatado que sólo recordaba la última palabra de la última frase que oía.

—Digo lo de la luna, loco —dije, zumbándole cuerda larga para que pudiera salir del pozo.

—Pero dame el pie, amiguito, ¿crees que soy Funes el Memorioso o es que se te bajó el mínimo?

—Los niños de cinco años creen que todos los días nace un sol diferente y, a la inversa: cada cangrejo que ven en la playa es el mismo cangrejo —dije.

Me sonó mal, y me arrechó calcular que si lo hubiese dicho Guaica, incluso con las mismas palabras, hubiera salido mejor.

—Certo. Fue la mina que descubrió el camarada Disni: un pato que sería todos los patos, simultáneamente —dijo Guaica.

—Y todavía tienen las bolas de llamarlo pensamiento sincrético— dije.

—Los sincréticos son ellos.

—¿Quiénes, papi? —ésta es Graciela.

—Los psicólogos, pequeña —éste es Guaica—. Papá lo sabe todo.

—¡Coño, sí! —éste soy yo—. Con una campana de Gaus y una ratica encerrada quieren explicar de un carajazo desde la civilización hasta el temor a la muerte.

—Ojalá fuera sólo el temor a la muerte —éste es Guaica.

—¿Sabes? Yo fui una vez al psicólogo,cuando tenía como quince años. Fue cumbre, yo esperando que se apareciera un viejo con bata y pipa y barba y de todo y prívate que el que sale es un doctor jovenciiiito. Y yo, qué va, esto no es conmigo, imagínate tú, yo contándole mis intimidades a un tipo que parecía ni hermano, menos mal que la movida no pasó de la entrevista inicial, nombre, datos personales, motivo de consulta, y yo mosca con el sillón, si este tipo me acuesta yo me muero, lo corté rapidito y todavía me está esperando para la segunda entrevista— ésta es Graciela, claro.

—Histérica —éste es Guaica.

—¿Que qué?

—Histerismo, pequeña. No temías: deseabas que te acostara —éste es Guaica, fregando para tantear.

—Al contrario, minino, no era mi tipo; ya te dije: más bien me decepcionó.

—Lo de siempre, la imagen paterna. Es lo mismo a la inversa: deseabas acostarte con él para vengarte de tu padre que no acudió como tú esperabas. Me corto una si tu papá no fuma pipa, ¿nonevero?

—éste es Guaica.

—Tú ganas, papi, se fuma unas bichotas así. Lo que no entiendo es que, sin embargo, se me quitaron las pesadillas —ésta es Gracielita la neurótica—. No entiendo.

—Está clarísimo: querías ponerte a prueba, amiguita, del otro lado del espejo te mirabas como una puta, sentimientos de culpa. Pasada la prueba, la puta se abre y sale un capullo —éste es Guaica, el freudiano.

—¡Ay, qué chévere! ¿Por qué no me interpretas un sueño? —ésta es Graciela, la bella durmiente.

—Paso y toco madera, pequeña. Dejad que los sueños entierren a sus sueños —éste es Guaica, el apóstol.

—Qué vaina con la gente, ¿no? Cuándo aceptarán que un sueño es un sueño, como dirías tú que dice Buda —éste soy yo, el azafrán.

—Escucha la voz del amo, hijo, es duro aceptarnos tal como somos y a ese dulce demente que llamamos espíritu no le basta una vida para comprender. No es nada copiosa nuestra llama entre esas dos noches —éste es Guaica, el bardo.

—Tú hablando de los psicólogos y le metes de frente al sexoanálisis, ¿no, papi? —ésta es Graciela, la descubridora de contradicciones.

—No es lo mismo, pequeña, yo hablo del espíritu, allí no temo, allí cualquiera encuentra fondo —éste es Guaica, el buzo.

—Anótame ésa. Guaica sí sabe de espíritus porque es su especialidad —ésta es Helen Mónica Curtis, desperezándose.

—¡Ay! Mírala a ella —éste es Guaica, el imitador de locas— con su hociquito tan pequeñito tan bellito. Ahí te cabe un mundo y su explicación, amiguita.

—Mónica se cubrió con la mano para terminar el bostezo con el aaaayyyy de ley en estos casos.

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Guaica dijo que lo que él tenía como una chancleta era la lengua y qué tal si nos aguantamos aquí, mientras bostezaba a coro con Gracielita y con Ernesto, sueño con una cervecita helada, y Gracielita obediente ella vira el volante y la trompa del Mustang queda justo contra las defensas del restorán, en el estacionamiento lateral, mientras sus cuatro ocupantes descienden como amibas, como reptiles sinuosos para brincar a desgano cuando es el carro de Henrique el que se encaja al lado con un largo frenazo y un corneteo estridente que termina de despertarlos y no ha pasado un segundo cuando la pandilla entera se instala en las mesitas al aire libre, mientras más allá el mesonero se acerca sonriente, y más tarde y más acá, escucha la orden y se ríe con un chiste de Guaica o de Henrique, y Patricia, Mónica, Graciela, Adrianita y Elizabeth se levantan porque tienen unas ganas tremendas de peinarse, más tarde más allá, se les ve cruzar a la derecha, doblando la última pared como si fueran hacia el mar, pero no, más a la derecha, hacia «damas», y más acá, Henrique, Guaica y Ernesto siguen fregándole la paciencia al mesonero que, sin embrago, sonríe nuevamente, porque es su oficio y, más tarde y más allá, se le ve salir con la bandeja y, más allá, los almendrones soplados por el viento sensibilizan el verde de las hojas mojadas a veces por la bruma liviana de las olas que rompen contra las rocas, más allá aún, pero más acá del largo canal de luz líquida que fluye y redistribuye el mar en dos lagos menores al alcance de la vista, agotados, recién despiertos por el sol que, por supuesto, mucho más allá, comienza a dejarse mirar, constituyendo un globo progresivo, a medias, y, más tarde y más arriba, un globo completo ahora amarillo, fijo y ardiente, que permite que el antiguo canal desaparezca y ya sea mañana bastante entrada y el aire esté algo más cálido y el mar, aunque homogéneo, luzca algo más agitado que antes, incluso que ahora cuando Patricia, Mónica, Graciela, Adrianita y Elizabeth retornan de máster y la función tiene de nuevo elenco completo y es Graciela la que más allá se separa del grupo y dobla a la izquierda y yo sin música no puedo vivir dice, y dale, más tarde y más a la izquierda, a puyar discos en la rocola y sus vanos intentos mueren, más tarde y más acá, en la mesa larga, producto de dos pequeñas unidas, intentando lograr que Guaica baile, pero Guaica está en el Tíbet, dice, inmovilizado por el frío, cavilando, para acoplar su cuerpo al ritmo de Sly y la familia Stone, y ni siquiera con los que vienen, aunque sean más suaves, porque lo único que tengo acelerado es el pensamiento, pequeña, éste es Guaica, y si me paro la zaranda se me desvía, ¿y Henrique?, esto es más tarde y más allá en la barra, donde Graciela acude, pero después de pedirle permiso a Patricia, yo sólo me muevo en cámara, dice Henrique, y más tarde todos están acá, sirviendo cerveza, haciendo resbalar la espuma por el borde de los vasos, riendo, o, luego, cantando, mirando y animando a Graciela que continúa, más tarde, danzando aún en medio de la improvisada pista y, más tarde, más a la derecha, una honorable familia, papi, mami y los dos pequeños, recién levantaditos ellos para pasar su ordenado día de playa, se sorprenden y se asustan y protestan por el escándalo y, más tarde, el papi de la mami llama al mesonero que se acerca, y Graciela no hace nada por prestarle la más mínima atención y, más tarde entonces y más acá, lo tenemos al lado de la mesa, sonriéndole a Henrique y a Patricia porque los ha visto en la televisión y disculpándose explica, usted sabe, lo sentimos, si fueran tan amables, al comienzo, pero Henrique le pica un ojo a Guaica y más tarde, es Guaica el que se levanta y, más tarde aún, lo podemos ver, lo vimos más allá, montado sobre el mostrador, hasta que el mesonero no puede más, usted comprenderá, se asustan los clientes, sí y se asustan las olas del mar, lo jode Guaica, se asustan tanto los pobres y, más tarde hacia la izquierda, papi y mami y los niños se van, esto es intolerable, y el mesonero, excusándose todavía con Henrique, amenaza con llamar a la policía y, más allá y más tarde, le dice a Guaica que ese no es un lenguaje que debe emplear una persona decente, y qué lenguaje, sepa usted que mi lenguaje ha ganado ya tres premios literarios, y en qué concurso es usted jurado, ¿ah?, éste es Guaica, hasta que cansado se baja entre los aplausos de la frenética multitud, y roncos y agotados todos ellos, más tarde, vuelven a contemplar el mar y a alzar la vela y, más tarde y más a la derecha, cerca de las rocas, los dos autos vuelven a recibir sus ocho pasajeros y, en fin, ya vienen retrocediendo, virando, arrancando veloces y eternos hacia la vía de asfalto. Mientras yo me agoto en esta máquina y parto también, lento y transitorio, hacia una taza de café, hacia un cigarro frente al parque.

Próxima semana: Capítulo 18

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