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DE CARLOS NOGUERA / ILUSTRACIONES JESSICA MENA

CAPÍTULO 18
CARTA QUE RAFAEL LE ENVIARÍA A MÓNICA, SI LA NOVELA DURARA SEIS MESES MÁS (O: TRAICIONES DE LA SENSIBILIDAD Y LA MEMORIA)

Me agota constatar esta nueva manera de serme extraña: la fugacidad, un enigma inocuo en el plano del tiempo que agregas a ese otro que ya constituías en el espacio, porque, qué otra cosa fuiste durante esos meses más que una burbuja al borde de la explosión, pronta a romperse sin dejar rastros, apenas un destello mínimo, una lámpara flotante en el fondo de ese territorio doloroso porque remite a lo incorpóreo: la memoria.

Tal vez allí resida el conjuro que nos torna débiles: la imposibilidad de elegir nuestros propios recuerdos, de hundirnos en la realidad para rescatar esos pequeños trozos de luz que pueden constituir una vida soportable. Si hubiese gozado de esa capacidad, un espacio hueco, una nada sin adjetivo alguno estaría ocupando tu lugar, es decir, dentro de mí estaría ocupándolo todo, de tal forma saturaste hasta mi última imagen.

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Pero lo hecho, hecho está. Y tú encarnas ahora un diseño más hiriente en mí: eres idea, más verosímil, por tanto, que cuando te conocí. ¡Ah, qué ventajas seductoras me otorgas bajo esa forma! Me solazo eligiendo las barajas, revisando las tuyas, usando, en fin, tus propias armas. Eres idea, me perteneces, por tanto. Lo único que poseemos a plenitud son los fantasmas que vagan en nosotros, esa galería de imágenes que hemos escamoteado al azar, sin permiso, lanzando manotazos torpes al exterior para atribuírnoslas. Pero esto solo reseña una mentira: la manera como llegué a aprehenderte.

A conciencia rechacé la oportunidad de despedirte, no me gustan los viajes. Y dudo que en tu caso exista una razón eficaz, basta que tomes en cuenta hasta qué punto se parecen estas dos malditas ciudades: unos cuantos grados de diferencia en el termómetro, discrepancias de altitud y presión, qué sé yo, no será un gran cambio de escenario, como diría la tropa, tu tropa.

Pero lo que te lleva no me interesa. Estoy persuadido —alíviate— de que el viaje es solo un accidente más, una posdata marginal en ese deterioro al cual ya me tenías relegado; sé que si hubieses decidido quedarte no lo hubieras soportado: mi satánica, oculta vanidad no hubiera resistido la humillación de practicar una amistad decretada, entiéndelo: nuestra amistad, entre comillas y sonrisas, tal como tú la proponías al final. Al marcharte, en cambio, comenzaste a pertenecerme de esta embriagadora forma que recién ahora comienzo a paladear, eres apenas otro fantasma: volátil, te confundes con todo sueño.

Puedo hablarte entonces de nada a nada, sin bajar la cabeza, asumimos el mismo idioma, o tal vez siempre lo poseímos: ocurría solo que, con las mismas palabras, designábamos cosas diferentes.

¿De qué lado estaba la verdad? Ahora es demasiado tarde para emprender una balanza semejante, pero parece increíble, aún hoy, cómo gestos tan sencillos, simples garabatos ejecutados por dos cuerpos que se entrecruzan en un fragmento de historia, pudieran abrigar significados tan contradictorios para cada uno de nosotros. Una simple línea constituía un jeroglífico irresoluble cuando ambos dibujábamos; nos perdíamos en los dos metros de una habitación si estábamos juntos; en nuestra conversación, las palabras no se hilvanaban, se superponían unas a otras, anulándose, envolviéndose mutuamente en un eco que se repetía, rebotando contra las paredes, insistente, hasta entrar en mi cerebro y obligarme a cruzar el espejo, a desvanecerme en el otro lado de la piel.

¿Por qué crees que esa proliferación de momentos en blanco comenzó a ganar terreno en mí? Tus silencios eran silencios, los míos, monólogos infernales de otra imagen en el fondo del espíritu.

Pero, ¿qué significado puede asumir ahora la verdad, el conocimiento, cualquier certidumbre incipiente? Ah, la conciencia: esa herrumbrosa deidad inútil, qué papel podíamos cederle en esa enorme mascarada, qué débil títere resulta en esta tormenta, cuya sola ejecutora es sin duda esa emoción última, irrecuperable.

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Podría explicarme los hechos de mil maneras distintas: eso no los cambiaría. Pero ¡en fin! Si mis conceptos se desdibujan, o mejor, desdibujan tus gestos, qué importa. A la postre nada de valor me estaré perdiendo. Puedo dilapidar a gusto esta reflexión tentativa, aunque intuyo que el conocimiento no constituye un camino. O lo constituye, ciertamente, pero no conduce a sitio alguno. O bien conduce a uno: el vacío.

Culto a la vacuidad podríamos llamar a aquel correo personal, esas misivas enfermizas que devinieron en costumbre por insistencia tuya.

Lo que no podíamos intuir entonces era que, en lugar de ordenar esos elementos en la realidad externa, dándoles un espacio, un tiempo para que cobraran vida, solo lográbamos incluirlos en nosotros, matizándolos, lo cual era otra forma de arrojarlos a la irrealidad.

4c_1Un error que cometimos al amarnos: reducir la historia de los otros hasta hacerla desaparecer; nos bastábamos, es decir, nos destruíamos. Tal vez con un poco más de lucidez, o lo que es lo mismo, con menos amor, hubiéramos podido abordar otra certidumbre, pero en aquella época los signos y los objetos conformaban una realidad tan nítida en apariencia, que esa misma cobertura hacía imposible cualquier interpretación diversa y anulaba todo recuerdo alternativo. Aun ahora me sorprende la identidad, la similitud de aquellos lugares, cuyos sabores fluyen iguales desde el futuro, con una dulzura semejante a la que una vez descubrimos en ellos: los árboles de verdes vaporosos y frescos que nos detenían por días enteros, la textura de la pequeña mesa del café, fórmicas color durazno sucias de azúcar y galletas, calles despejadas, violentas como espejos me penetra su olor a humedad, la memoria de su olor a humedad, y los afiches, en el fondo de las vidrieras que te repetían, lejana.

Ellos, los objetos, constituyen la única materia que puede permanecer fiel a la memoria, sólidos e inertes se desplazan por un hilo invisible, como si una fuerza interna, que nace y muere en ellos, les proveyera esa serenidad que basta para suspenderlos, silbantes como un trompo, indefinidamente; los seres, en cambio, viven, laten a intervalos y esas pulsaciones conforman en ellos una modificación, imperceptible casi, que a la larga los transforma por entero, expulsándolos de esa atmósfera en medio de la cual los habíamos imaginado. Lo peor es que realizamos, a pesar de todo, esfuerzos inauditos por mantenernos mutuamente reconocibles, atrapando precariamente —¡y desentrañando!— esas dispersas imágenes que los demás han dejado en nosotros, es decir, tratando de lograrlo, porque, entretanto, también aquellos están cambiando, a caballo en una calesita que condena al fracaso cualquier tentativa.

Sin embargo, nunca he podido deshacer en mí la costumbre de explicar cada acto, cada huella, como si fuese necesaria una crónica de todo gesto, para que la vida misma no se extraviara en fragmentos dispersos que se esfumaran o que, por el contrario, cobraran una intensidad inusitada cuyo mismo vigor les permitiera destruirnos.

Y tal vez, muy en el fondo, sea este mismo deseo de comprensión lo que fragmente nuestro pasado, el presente mismo y nos conduzca a cero.

No tengo, entonces, argumento alguno para justificar esta carta; o quizás solo pueda echar mano del más endeble de todos: la catarsis, la explosión sin sentido cuyo sonido esconde su propia cobardía. Hablar, te dije una vez, es, en cierta forma, reordenar el mundo, los objetos, darles un matiz preciso aunque sea imaginario; no hay que cederle a nadie este derecho cuando se trata de nuestra realidad. Manejo con dificultad esos días maravillosos, piezas de ajedrez en un tablero invisible que ambos edificamos a base de suspicacias, de pequeñas sospechas, de temores ocultos, mientras nuestros cuerpos se refugiaban como prófugos en una especie de sueño que ni tú ni yo conducíamos.

Un sabor recóndito y espeso me resta de aquella noche. Me miro absurdo y débil entre extraños, actor solitario de aquella comedia burda en la cual nadie creyó: suspendido haciendo cabriolas al borde de un vacío que no anhelaba ni necesitaba, porque era en mi interior donde se edificaba el pozo. Miro las risas sarcásticas, las burlas, bambalinas lanzadas con piedad a un payaso que les divertía y que les resultaba doblemente cómico. Todos sospechaban, sabían, sin lugar a duda, que no sería capaz de lanzarme, pero ya nada podía humillarme. A un suicida frustrado no se le concede siquiera el expediente de avergonzarse: resulta demasiado audaz el reservarme el derecho de suicidarme contra ti, aunque ellos no lo supieran, aunque tú misma permanecieras ajena. Me veo sobre el borde de la azotea, un aviso irreal de pepsicola girando, desdibujándose en mi cerebro, te veré caer como una marioneta, te irás poniendo chiquitico hasta aplastarte, me decía Güido, acodado a mi lado, alentándome a volar. Yo lloraba sin escándalo, porque estaba demasiado borracho y hacía frío. Y hacía mucho viento o yo creía que hacía mucho viento. También porque —pensaba— me iba a suicidar y tú no ibas a estar allí para verme. Te aclaro: yo creía —culpa de la borrachera, del inconsciente y de que olvidé que habías mudado tu carro—, yo creía que ya te habías ido de la fiesta; por eso casi me desmayo cuando vi tu cara cerca, como deformada por una cámara fuera de foco, luego que Guaica me arrastró, atrapándome —creo yo— en el instante en que comenzaba a deslizarme por el antepecho.

Esa noche te vestiste, nuevamente, con elementos distintos a cuantos yo creía conocer en ti: es decir, esa noche, una vez más, volviste a ejercer tu derecho. Como atmósfera, no fue diferente, pero contaba con una oscuridad: era el final.

Celebro la discreción que empleaste al arreglar el cadalso: me dejaste —supongamos por un momento que este verbo es admisible— sin aspavientos, sin escenitas, sin grandes desplantes; en el fondo debería estarte agradecido, mi ejecución fue un acto privado y silencioso, prácticamente nadie, excepto nosotros dos, por supuesto, se enteró de la operación. Repito: te celebro el estilo, pero no creas que resultó sorpresivo, sé de tu forma implacable, felina, de operar. Te intuí: me habías amado en un acto de complicidad contigo misma, me dejabas por un dispositivo de fidelidad a ti misma.

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¿Debí predecirlo, entonces, desde el principio? ¿Debí admitir que toda historia, individual, es cíclica, que resume todas las historias?

Un antiguo cuento que no nos resignamos a concluir. Por el contrario: se supone que debía celebrar tu gesto, acostumbrada como estabas a escucharme vivas ante cualquiera de tus poses.

Y no es que tu serenidad, tu aparente desapego respecto de la acción, me haya desarmado. ¡Ah! Cómo no reconocer esa frialdad en tus rostros pretéritos. No, tú estabas perfectamente impasible, yo perfectamente débil; temía demasiado. No a ti, por supuesto, temía a todos los destellos con que te había dotado, bondadoso; adjetivos deslumbrantes ideados noche a noche mientras tú construías un muro nuevo o concluías otro iniciado en la víspera.

Respirabas solo para colocar aire entre los dos, pero yo te aclamaba.

No tenías otro reino que la realidad, lo externo, vivías simplemente; mi dominio, en cambio, estaba en el interior: me agotaba explorando en mi propia tiniebla, hurgando tus fragmentos en las regiones donde habían permanecido más brillantes. Tú huías hacia afuera, incluyendo; yo hacia dentro, agazapándome. En esta estrategia no cabía otra posibilidad que la de extraviarnos.

 Continuará…

ÉPALE 166

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