13.7x23DE CARLOS NOGUERA / ILUSTRACIONES FRANKLIN ALVIÁREZ

Viene del número anterior.
Me percato: mi razonamiento es contradictorio, pero hay muchos detalles, muchas sombras en mi conciencia para darme el lujo de desear la coherencia. No puedo aspirar a ese licor omnisapiente, nada me asemeja a la serenidad. Te retomo ahora tras la ilusa esperanza de reconstruirte con argumentos, aunque sé que la vida no es una sucesión de símbolos: quizás volver ahora sobre el comienzo no sea más que otra manera de errar. Pero atisbo que no es demasiado tarde, si es que el tiempo puede constituir una excusa válida en estos casos (alégrate: había tecleado “caos” en vez de casos), y aunque lo fuese, quiero decir: aunque fuese tarde no puedo echar mano de otra alternativa. Solo me resta este deleznable oficio: remodelarte, hacerte soportable a la memoria. Porque eso será lo que reste de ti: aquellas jornadas incipientes donde perseguíamos, balbuceantes, las palabras que —intuíamos— antes habíamos dirigido a otras personas y ahora eran nuestras, por primera vez eran nuestras. Sí, Mónica, este recuento desvergonzado será, en el futuro, tu imagen.

¿Te reconocerás en él? Incluso esto carece de trascendencia, al fin y al cabo lo estoy elaborando para el futuro, no para el pasado, o, en todo caso, para la forma como en lo porvenir miraré, sopesaré el pasado. Por eso reitero a la tormenta estas ideas cuya validez es doblemente dolorosa, porque nada pueden hacer ya por transformar mi vida, devolverte en el tiempo; días blancos y calurosos distribuidos como fogonazos a lo largo de una temporada incierta, esa limpia locura nuestra que en mí era como una cuerda distendida sobre la cual me desplazaba, saltando en arco como equilibrista de circo. En ti, en cambio, esa locura apenas era una excusa para la vida, un dispositivo para el clímax. Era nuestra diferencia: iguales fuentes, actitudes contrapuestas. Una génesis reiteradamente aplastante, como todo espejismo.

Sé que a ti, a la postre, el golpe te lo asestará lo externo, vendrá de afuera, tal vez sea festivo y cromático; a mí, lo interior, seré yo mismo o cualquiera de los que he sido —real o imaginariamente— quien me destruya. Nunca pude imitarte, eras fuerte, sencilla; tu inseguridad, si la había, vulneraba a los otros; la mía, solo en mí encontraba su víctima. ¿Recuerdas? Me elegías por ratos, me amabas en subjuntivo, en condicional, en dubitativo, jugabas haciendo pendular lo que yo poseía como una especie de imperativo. ¡Pequeña víctima que se nutría en el vacío! Un combate desigual de ese tipo no podía tener otro desenlace que aquel que yo me esforzaba en ignorar, posponiendo, casi a modo de compulsión, lo que para ti era evidente: que debíamos dejarnos.

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Sé que dirás que miento, que no era eso lo que pretendías (“no puedo retirar mi afecto una vez que lo he dado, soy simple”, dictaminabas, retomando películas aprendidas de memoria, antiguas citas fílmicas que tus manos transformaban en un mecanismo de pesadilla, repetirás que me amabas, que a tu manera me amabas: solo me pedías compartirte, no debíamos vernos más, me señalabas otro límite, otra vida, otros testigos.

¡Compartirte! Suponías que me eras prescindible, ¡y pedirme eso a mí que ya estaba obligado a compartirte con la realidad!
Postulabas, mejor: respirabas, esa libertad de una manera tan… sobria, que nadie en sus sentidos podía pretender retenerte. Pero la forma, esa forma que bosquejaste para destruirme, borraba toda lucidez.

¡Ah! Cómo pesa todo esto ahora, Mónica, después de tu viaje, después de la fiesta. No sé cómo te las arreglaste para mantenérmelo oculto durante tanto tiempo, quiero decir: lo del viaje, aunque ya debería saberme marginal. ¡Todo fue tan vertiginoso! Un pasaje expreso al infierno con retorno preterido, Mónica, del cual recién ahora renazco, ya se sabe: uno se habitúa a la desesperación más increíble, un mecanismo piadoso y lento que nos garantiza la supervivencia, decanta la agonía, y, claro, después de esa noche, de esa fiesta, nada peor podía ocurrir: tu viaje, a la larga, resultó un paliativo.

Tal vez debería lamentar el espectáculo, aunque esto solo a mí me compete. Un odio sórdido, una espesa niebla me separó siempre de ese grupo al cual tú te afiliabas, sin críticas, sin reservas, con una intensidad que debería haberme sorprendido o alertado a tiempo. Ese fue el público ante quien exhibí mi pantomima aquella noche: todos o casi todos haciéndose los desentendidos y yo conociendo de qué manera deseaban que concluyera el espectáculo, lanzándome de una vez sin contemplaciones. Casi una hora —si es posible hablar con los límites conocidos del tiempo— me mantuve allí, sentado sobre el borde de la terraza, con las piernas colgando hacia afuera, adscribiendo a la ejecución de lo que yo consideraba sería el gran gesto, la venganza extrema: aquello que ni siquiera alcanzaba la categoría de payasada inocua, mi suicidio. Pero ya lo sabes: ni siquiera para eso tuve valor. Dentro de mí, el trompo danzaba los últimos períodos de aquella embriaguez inútil en el momento en que Guaica me rescató, halándome hacia atrás, hasta hacerme caer boca arriba sobre el piso de la terraza.

Fue entonces cuando comencé a sentirme mal, sentí asco de mí mismo al constatar que daba gracias a todos los dioses por la intervención de Guaica, lo cual me revelaba, en toda su hipocresía, la falsedad de mi tentativa.

El resto tú lo conoces, quizás más fielmente que yo, presumo que mi lucidez estaba varias veces más deteriorada que la tuya. En verdad, lo que ocurrió desde ese instante hasta el momento en que me vi en la planta baja, cobijado con aquel ridículo sombrerito, arrastrado y borracho todavía, apenas lo recuerdo, si excluimos tu cara, sobre la mía, observando; tu cara inexpresiva, casi triste, diría, si no supiera que eso era imposible, tu cara sobre la mía, escrutándome, como emergiendo de un pantano y detrás los rostros, y más allá, esto lo vi cuando descansé la cabeza hacia atrás, supongo que antes de desmayarme, solo el cielo abierto y limpio, sobre la azotea.

Mi memoria no abarca nada más que estos hechos, quiero decir: en lo que a esta última parte se refiere. Lo demás, lo inmediatamente precedente, lo retengo, lo sabes, hasta en su último detalle: tu tono de voz, la manera como hamacabas algunas hebras de mi cabello, la hora, el sudor frío que bajaba por mi cuerpo, a chorros, tu expresión condescendiente, tan… humana y aquel estilo periodístico, expreso, telegráfico (todos los adjetivos de lo expedito), la armazón, en fin, adecuada para despachar el asunto con el mínimo derroche de energías, empleando solo las palabras, las frases necesarias.

De forma que tu discurso fue, simultáneamente, proclama y veredicto y zumbido sordo y oscuridad y vértigo y pieza de teatro y, más que nada, insistente monólogo en el fondo del pozo: nada pude responderte, todo lo que podía decir me resultaba ridículo y extemporáneo, manejabas todas las fichas y las reglas del juego.21.7x12

Callé en aquel momento y —sé que lo estarás pensando— debí seguir haciéndolo: los recuerdos constituyen un vapor viscoso, falso, del cual tal vez debería escapar, pero qué otro indicio poseo de ti, qué otra forma de sostenerte, de nutrir esa precaria creación que fuiste modelando a lo largo de esa trayectoria sinuosa e incorpórea que llamamos tiempo.

Una trayectoria tensa cuya multiplicidad desalienta toda otra paradoja: ahora, desde aquí, el pasado entero no es más que una posibilidad, una recopilación informe de elementos que esperan un reordenamiento que nunca será definitivo.

Intuyo cuánto debe agradarte esta afirmación: la imprecisión de cada hecho, su ubicua certidumbre, la crueldad ejercida sin saberlo. Una dulce excusa que nos solventa sin juicio, inhumana como toda proposición genérica.

Pero estábamos con lo de aquella noche: lo que rescato con más nitidez es el miedo, una emoción completamente nueva en mí, familiar, no obstante, desde el momento mismo en que se apoderó de mi cuerpo. No era un temor a los hechos, al fin y al cabo lo peor ya había pasado; tampoco era a ti a quien temía, no en ese momento, al menos; era el sentimiento, la conciencia misma de sentirme latiendo, sobreviviendo, aplastado como estaba contra el granito, empañando con mi aliento el vidrio, el enorme portal del edificio cuando volví en mí, después de la pantomima de la azotea, ocho pisos más arriba, creo, en fin, que era eso, vivir y verme obligado a soportarme.

¡Ah! Si pudiese fortificar ahora en conceptos las sensaciones de entonces.

 

Después, claro, fue la soberbia, después pero tardíamente: una ira, lenta, comenzó a crecer en mí durante esos días vaporosos que siguieron al incidente, días blancos, esterilizados, como acabados de lavar. Mi error, había sido ingenuo, amarte creyendo en ti, de tal desatino no podía generarse sino la ira, inútil, porque para entonces ya tú estabas protegida, nada podía herirte, nada, se entiende, que procediese de mí. Aunque una certidumbre me tranquiliza ahora: si no hubieses sido tú, a la postre hubiese sido yo quien terminara con todo. Contigo la única posibilidad que se podía jugar era el riesgo, no habría resistido tal violencia. Yo ameritaba un suelo donde apoyarme, firme, porque nada dentro de mí recordaba la luz. Necesitaba una claridad uniforme, durable, de ti solo emanaban incandescencias, relámpagos que, finalmente, apenas contribuían a encandilarme, extraviándome en una dimensión enfermiza, una vez que se disipaban.
Y siempre se disipaban.

6Más tarde he comprendido que no podía ser de otra forma, porque, quizás, era un fuego tenso dentro de ti el que te hacía cambiar, y ninguna variedad de fervor podía detenerlo, mucho menos la mía, vacilante y pobre.

Ves ahora por qué me vi obligado a inmovilizarte, reelaborándote: resultabas vertiginosa en exceso latiendo libremente en la realidad, así que ideé el recurso de imaginarte, dentro de mí no te quedaba otra ruta que ser estable. Pero… ¿quién puede conservarse fiel a un fantasma, sin extraviarse? No podríamos criticar una vida que imaginamos, pero tampoco podríamos amarla. En adelante solo seré fiel a la derrota, quiero decir: a esa asimilación mórbida que de ella he realizado; de esta incertidumbre, hipotetizo, un día emergerá la historia que deseo: la duración debe ejercer su dispositivo destructor también sobre esas regiones del espíritu de las cuales ya nada queda esperar más que podredumbre.

Nada de esto, sin embargo, ha sido en vano, no, en la placidez que proporciona la convalecencia creo vislumbrar ya los signos de una nueva serenidad futura, de dimensión tal vez diversa, pero igualmente apetecible. Abandono esperanzando el oficio de ser tu reflejo, tu simple reflejo, y ya intuyo que, por vez primera, de este lado del cristal se me ofrece un espacio límpido y cromático donde quizás resida la clave de una vida habitable.

 

CAPÍTULO 19
ENSAYO PARA PUBLICIDAD DEL FUTURO GUIÓN ULTRA-IN DE HENRIQUE PARA CUÑA DE COLIRIO

(Donde se le saca el máximo partido a las motivaciones inconscientes de los jóvenes —consumidores potenciales masivos— hacia la libertad, la evasión y el goce suprasensorial)

 

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Próxima semana: Capítulo 20

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