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DE CARLOS NOGUERA / ILUSTRACIONES FRANKLIN ALVIÁREZ

CAPÍTULO 20

LA DULCE LOCURA (IX)

(O: instrucciones para lavar un caballo)

 

Nos había ocurrido una estimulación extraña cuando estábamos sentados en el restorán. Yo la sentí claramente mientras Graciela se agitaba entre las mesas, Mónica la sintió antes, al regresar del baño de damas: una sensación de comezón en todo el cuerpo, como si miles de insectos estuvieran escurriéndose justo debajo de la epidermis. Quise acordarme de la montaña, y reposar, pero de repente los insectos se convirtieron en abejas luminosas y comenzaron a darme vueltas y zumbarme alrededor de la cabeza; y una vaina rarísima: empecé a escuchar que el ruido del mar no era del mar que venía, sino de los punticos y me entraron unas ganas arrechísimas de cambiarme los pies por otros, la cabeza por otra, el pecho por otro, los brazos por otros, como si me estuviera olvidando de quién era. No pude acordarme más de los que estaban a mi lado, ni siquiera de Mónica, y me vino una increíble flotación, una recóndita ola de bienestar que eternizaba mi percepción: allí estaba Graciela bailando, frenética en medio de la pista improvisada, embriagada con aquellos sonidos que procedían de todos los sitios simultáneamente, arropada y saturada con aquel carnaval de colores que la rodeaba y la perseguía en cada movimiento, libre para siempre como un bosque de sedas lanzado desde un castillo, danzando ya casi sin música, con aquel increíble mar detrás y el sol agrietándolo, bajo, al fondo, y las rocas irreales, como de utilería, limitando el pozo de aceite. Una evidencia que no requería explicación, el cuerpo de Graciela contorsionándose, sin pretérito alguno, sin proyección a futuro alguno, eliminados el nacimiento y la muerte, solo restaba esa realidad inmediata, violenta y necesaria para la cual yo estaba viviendo, o tal vez era alguien dentro de mí quien lo miraba y lo relataba en voz baja, desde mi fondo, porque yo era desde siempre un guerrero de Alejandro y alguna súbdita de la corte bailaba para nosotros y detrás rompía una ola contra las rocas y su espuma se elevaba y me llevaba viajando en un rayo de luz hacia las playas de Kenya, reclinado contra un árbol caído contemplaba entonces la danza de las adolescentes alrededor del fuego, sus cuerpos cubiertos de plumas multicolores y la noche apretada y densa alrededor de nosotros, alrededor de mí, reposando con mi lanza al lado; y luego el mesonero, con su corte al rape, hablando desde una mesa vecina, y yo alelado mirando su cráneo, y mientras lavo el caballo veo a Gengis Kan alzando a medias la abertura de su carpa, perdiéndose luego en la semipenumbra de divanes y cojines, entre sus hijos para planificar la batalla, y de pronto, ya quebrando toda la atmósfera, disolviendo el sueño, es Guaica quien se monta en el mostrador y arenga enardecido a las multitudes, y todos los colores se diluyen, y vuelve el tiempo, la duración, el espacio recobra su volumen y yo vuelvo a estar sentado a la mesa y Adriana y Elizabeth a mi lado, y Graciela bailando esta vez con un pasado, una vida, unos personajes y unas circunstancias reales que la rodean y la explican, y Henrique a la barra, soportando la sonrisa del mesonero, y Patricia retocándose el maquillaje, mirándose en el espejito de la polvera, y Guaica payaseando y Mónica a mi lado, silenciosa, sorbiendo la cerveza, y yo dentro de mi piel, Ernesto el inamovible, venezolano, loco, mortal de este domicilio para más señas.

 

Guaica se empeñó en llevar el volante y no hubo más remedio.Graciela no tenía otra voluntad que la de él y a Mónica y a mí nos pareció demasiado trivial tener miedo. Acabábamos de habitar miles de cuerpos, de agotar miles de existencias simultáneas y sucesivas, ¿qué lugar, entonces, ocupaba la muerte?, eramos cada uno y todos los hombres, la vida no podía encarnar un sueño agotable.

—¿Sabes, loco?— le dije a Guaica. Visité Persia con Alejandro, languidecí en una playa de Kenya, me preparé para el combate en una llanura de Mongolia.

 

—Te felicito, amiguito, estás ganando en horas de vuelo. Yo, en cambio, todo el tiempo en un planeador mostrando el equipaje. Hablo demasiado, ya ni siquiera necesito de nada, cuando no consigo me basto, me autocurdeo, soy causa y consecuencia. A veces creo que voy a terminar en el Razzore (¿existe todavía?) o haciéndole la competencia a Henrique. Payaso o locutor —dijo Guaica, casi triste, sosteniendo el volante con un dedo, haciendo oscilar el antebrazo como si estuviera dirigiendo una orquesta y no manejando.

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—Tal vez sea tu vínculo —dijo Mónica, acostada sobre el asiento, boca arriba, la cabeza reposando sobre mis piernas.

 

—¿Cuál, la máscara?

 

—La palabra.

 

—Es como una gran cloaca hacia afuera: en el fondo prefiero el ritmo de ustedes, callados, viajando hacia adentro. La flora interna funciona con un proceso inverso a la externa: mientras más oscura y cerrada, más fértil. Ernesto y tú tienen un prado de girasoles.

 

—Ah no, ¿y yo?— chilló una ardillita desde el pecho de Graciela.

 

—Tú eres la más feliz, nena. Espectadora con boleto de primera fila.

 

—¿Crees tú, loco?— dije, repasando las circunvoluciones de las orejas de Mónica.

 

—¿Qué?

 

—El prado de girasoles.

 

—Completamente, loquito.

—Creo que exageras, Guaicaipuro— dijo la cabeza de Mónica, desde mis piernas— tú por lo menos actúas.

 

—¡Y eso qué! ¿Sabes? Cuando yo tenía como veinte años, aunque ustedes no lo crean, concebí un lugar donde la biografía de un hombre no era el recuento frío y detallado de sus actos, sino la enumeración y explicación de sus fantasías. El pasado no estaba constituido por hechos, sino por sueños. De eso hace dieciséis años, y dije, aunque ustedes no lo crean, porque en aquella época yo era un tipo tan observador como Ernesto, tan callado como tú, Mónica, más introvertido incluso que Rafael, con eso les digo todo. Después con cada vueltecita del globito —alzó las cejas, conferenciando para un público de bachillerato— me fui volviendo más extrovertido y extrovertido. Por supuesto, para mí —y para ustedes y para cualquier carajo que me conozca bien de verdad verdad— el cotorrear es, simplemente, la ocasión que me permite inflar un globo falso que me eleva y me eleva por encima de este lago de mierda que me cubre y que es tan difícil de ver, desde afuera.

 

Me extrañó aquel mea culpa súbito a deshora, no por el contenido, en eso Guaica había acertado, yo sabía muy bien para qué le servía la cotorra, sino por el acto mismo. No nos tenía acostumbrados a eso. Busqué los ojos de Mónica por complicidad, juntos miramos la silueta de Guaica, recortada su cabeza contra la ventanilla nos pareció envejecido, demasiado sazonado con amargo de angostura.

 

—Te gusta mucho la palabrita —dije—, ¿te has dado cuenta?

 

—¿Cuál?—“Mierda” —dije—. Te la he contado como diez veces esta mañana.

 

—Y si cuentas la madrugada, triplicas el número. Mientras más curdo estoy, más se me sale la clase, ¿no? Sabes lo que significa.

 

—Depresión —dijo una cabeza desde mis piernas.

—Eso mismo. Les voy a confesar una vaina: en Roma, la última vez que estuve, me zumbé desde un tercer piso.

 

—¡Cómo pudiste caer en esa güebonada!— lo regañé, casi; repasando imaginariamente el cuerpo de Guaica que caía en el vacío.

 

—Fue lo que pensé después, con la pierna derecha enyesada y el par de muletas, en un café de Via Venetto. ¿Qué quieres? Cuando uno lo va a hacer no piensa en más nada, para mí fue como si zumbara un saco de papas.

 

—Ahora entiendo lo de Rafael.

 

—¿Qué?

 

—Si no hubiera sido por ti, estaríamos ahorita en el cementerio del este, colocándole una azucena.

 

—¡Coño, sí! Pobre carajito. Un cuarto de hora haciendo equilibrio en el vacío y nadie le paraba ni esto.

 

—Yo ni cuenta me di— dije, tratando de hacer penitencia, sin ver a Mónica—; cuando vi el gentío apelotonado fue que vine a caer.
—¡Y cargaba una pea como si fuera la primera vez que se rascara! ¡Si supieras que a mí el carajito me parece inteligente, pero demasiado bolsa! Le faltan por lo menos diez años de escoñetamiento intenso para que pueda participar en el grupo sin sufrimiento. Cuando lo agarré por detrás y lo bajé y lo tumbé hasta el suelo, le vi una cara de agradecimiento que me dio lástima. Estaba tan cagado que lo único que se le ocurrió fue vomitar. ¡Y en manos de quién fue a caer!— dijo Guaica, virando la cabeza, alzándola por encima del espaldar del asiento delantero para ver a Mónica, todavía tendida atrás, sobre mis piernas.

 

—¿Por qué me ves?— fue lo que dijo.

—Eres demasiado mujer para ese carajito— respondió Guaica.

 

—¿Qué querías que hiciera?— dijo Mónica—. Yo nunca lo animé. Se enamoró solo.

 

—Lo dejaste hecho leña.

 

—No creí que lo fuera a tomar así. De una separación a un suicidio hay un trecho largo.

 

—Ojalá. Pero si le vuelven las ganas de volar…

 

—No será por mí, de cualquier forma tú sabes que yo me voy pronto, así que tarde o temprano hubiera tenido que acostumbrarse.

 

—Yo le digo a Mónica que ese tipito no la olvida. Es el amor adolescente, ahí no hay tu tía. ¿Y tú cómo lo sabías, loco?

 

—Vainas.

 

—¿Te lo dijo él?— preguntó Mónica.

 

—Qué carajo me lo iba a decir. Yo ni hablar lo dejé. Lo que hice fue regañarlo, le conté lo de Roma.

 

—Es distinto, loco— le dije, convencido de la intransferibilidad de la experiencia humana y de la solemne pendejada que era dar un consejo a un suicida despechado, al menos en las condiciones en que estaba Rafael en la madrugada. Se lo dije a Guaica.

 

—Tal vez —respondió—. Pero tú tampoco eres imparcial: Mónica se vino contigo.

 

—No tiene nada que ver —dijo Mónica, incorporándose a medias para morderme la barbilla—. Ocurrió.

 

—Bueno —dijo Guaica bostezando: bueeeenoooo…—. Es el primer coñacito de la serie, ya era tiempo de que comenzara.

 

El sol había levantado hasta hacerse intolerable a la pupila, me sentí sudado, empantanado y despreciable, pero el olor del salitre me revivía; solo los ojos estaban como sueltos, jugando libres en el fondo de las cuencas. Me miré en el retrovisor. Dije que verga, que tenía los ojos como un dos de oro, que me dieran unos lentes, una cabeza nueva, Patricia es la que tiene, carga el neceser lleno de anteojos, allá vamos, dijo Guaica, porque el carro de Henrique nos había adelantado y ya casi lo perdíamos y Guaica que pisa la chancleta y el Mustang que agarra la sobremarcha y Gracielita que palmea alegre ella, como una ardillita ella, en el asiento delantero, y Guaica que grita jaaayooo silver y la diligencia que pronto divisa a Henrique y compañía, y ya es que le gritamos y cuadramos el carro paralelo y Gracielita saca la cabeza, su deliciosa cabellera flotando sobre la avenida, unos lentes, que si no tienen anteojos, y que señala a Patricia y dice, a Patricia, que Patricia tiene y desde el asiento trasero es Elizabeth quien menea la cadera, jodiendo, señalándose el pecho con el índice, que si era ella, no, no es contigo, y Patricia que entiende por fin la vaina de las señas y le pasa a Henrique una funda azul, y Henrique que toma el volante con la derecha y se pasa la funda para la izquierda y extiende el brazo hasta alcanzar el de Graciela, que desde nuestra diligencia es la que se estira como una silla plegable y saca medio cuerpo, y los carros que por momentos parecen chocar, pero a pesar de todo Guaica es buen chofer, el gran carajo, pienso, mirando el espectáculo desde atrás, y Graciela que de pronto se va, ¡coño!, y tengo que inclinarme también para sostenerla por las caderas y la maniobra no resulta y es Adrianita quien se ofrece desde el asiento trasero para realizar la entrega, y aquí que tenemos entonces el hermoso rostro de Adrianita, extrañamente cómica contra el viento, sonriendo, y el brazo izquierdo de Adrianita que alcanza la manita de Graciela y aquí viene la funda y todo por mí, pienso, caminata espacial, le grito a Adriana y tomo la funda y saco los lentes y me los acoplo para hacer juego, porque solo yo quedaba con los ojos desnudos y aquí me tienen al fin, protegidas mis frágiles pupilas por este par de hermosos cristales azules, listo para modelar.

—Te quedan bellos— me dice Mónica, desde abajo.6,3X21,9_1

 

—Para ver, loco —dice Guaica, volteándose—. Sooooñados.

 

—Azules como la esperanza— le digo.

 

—¿Cómo que te prestó los de la cuña?

 

—¿Cuál cuña?

 

—La cuña que hizo con Henrique, la última. Sale con un par de bichos que le tapan la mitad de la cara, lánguida, mirando hacia la playa— dijo Guaica.

 

—Te vienen a punto— dijo Mónica, que se había incorporado y se refrescaba el rostro, abriendo la ventanilla—. Precisamente ahora —señalando una legión de cúmulos que avanzaban lentos desde el este, como enormes montañas de nieve sucia.

 

—Ay, qué rico, va a llover— dijo Graciela, estirando los brazos hacia afuera.

 

—Tu danza de la lluvia —dijo Guaica—. Ninguna atmósfera podía soportar ese movimiento, pequeña.

 

—Bueno, los usaremos al revés —dijo Mónica—, protegeremos a los imbéciles de nuestras miradas—. Y se sacó los lentes, grandes con cristales color lila.

 

—Vamos llegando —dijo Gracielita—. Métete a la derecha.

 

El Ford escaló una pequeña colina y descendió por una pendiente suave.

 

—Con cuidado, minino —gritó Graciela—, por aquí.

 

—Supongo que trajiste la llave.

 

—Antes de llegar hay una casita cerca, es de Manuel, el que la cuida.

—Prepárense para el clímax— dijo Guaica.

 

Una nueva colina; al fondo, encerrada en un pequeño bosque, se alzaba una enorme casa de dos plantas.

 

—No es la casa de los enanitos de Blanca Nieves— dije.

 

Guaica aceleró, traduciendo la voluntad colectiva.

 

—¿Viene Henrique?— pregunté.

 

—De bola. Nos viene pisando.

 

Una larga hondonada en forma de hamaca nos separaba de la casa.

 

—¡Medio chuzo!— dijo Guaica— ¿Es parte de la herencia amiguita?

 

Graciela puso a reír a un conejito.

 

—¡Bueno!— dije aliviado—. Al menos la trayectoria estuvo máxima.

 

—Cuatro vidas y un índice —dijo Guaica, levantando el dedo índice, con el cual había llevado el volante todo el tiempo.

 

—Aquí vive Manuel—. Graciela abrió la puerta y corrió hacia una pequeña casa. Cinco minutos más tarde, Manuel y una mujer, que debía ser su hija, respondían al chao de Graciela, que corría, vaporosa dentro de su maxibata multicolor entre las margaritas, las palmeras y las berberías. De alguna manera había convencido a la hija: entre los brazos le estallaba un enorme ramo de hortensias, agitado contra el cielo, ya casi gris del todo. Ahora el carro de Henrique se nos unía, y Adriana y Patricia lucieron hermosas con todas aquellas flores entre los labios.

 

 


Próxima semana: Capítulo 21

ÉPALE 169

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