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DE CARLOS NOGUERA / ILUSTRACIONES L. “RAZOR” BALZA

CAPÍTULO 21
CORRESPONDENCIA  EN EL VACÍO (DONDE GUAICA MUESTRA UNA PARTE DE SU MUSEO DE SERVILLETAS)

Este fuego enmarcado en mi torso arde, a veces, con tal servicia, que me funde y me torna impuro. Es la verdad. Es la contrapartida. El pasado es una premonición, no de lo que se advendrá en lo sucesivo fuera de mí, sino de lo que toda esa oscuridad suscitará en este complicado depósito de espejos que es mi espíritu.

Las verdades no son sino emanaciones de una sola verdad; el tiempo y el destino son verdades: mi porvenir no tiene por qué escapar a esta ley. Es decir, mi porvenir es monótono. Al menos mi porvenir interno.

Emoción
Predominio de cual
quiera de ellas

Equilibrio
de ambas

Chiste cruel: yo saltando en la acera del Jarama, agarrado al cuello de Rodrigo, cantando una ranchera, curdo. Mamá y Luisa, vestidas de luto por mi padre, mirándome desde la acera opuesta, buscándome, porque hace tanto tiempo que no me ven.

A ella no la amé, la sufrí.

La madera más densa es aquella que no existe, tómala, imbécil, y haz con ella un palacio para tu corazón.

En medio de la curda: siempre y nunca, pretérito y porvenir, son sinónimos.

Como los olvido a cada momento, los lugares más cotidianos me resultan insólitos.

Un sueño no tolera orden ni contorno, mi cerebro es la pesadilla de un ángel borracho.

Poseo una vocación definitiva: despistar; un oscuro oficio: el de arlequín.

Mi verdadera esperanza es la destrucción: Narciso, Calígula, Proteo, coexisten, juegan en mi espíritu; Quijote, Raskolnikov, Romeo.

Visto a ras de piel resulto definitivamente repulsivo.

Ayer, mientras caminaba de madrugada hacia la casa, no había separación ni aire entre los objetos, una densa materia gris tenía que salvar para alcanzarlos.

La mafafa: el perfume que el minotauro (en el Teseo de André Gide) respiraba, hasta convertirse en la plácida víctima que flotaba en los pasillos. Te comprendo, bestia, también yo incorporo el laberinto.

Al fin resulta lo peor: habito sólo imaginación, es decir, sobro. Se trata de un viaje para cumplir desnudo, y yo estoy demasiado cargado, demasiado.

Quizás nada flote en el contorno de esta imagen.

Desde su fondo, una sombra me diagrama cuando la toco.

En vano mi sueño le procura sitio porque es un trono cuyo matiz me huye.

No sólo oscuridad es su nombre, hay otros títulos en su espíritu; pero yo me limito a vivir, es decir, a enfermarme de imaginación.

Lo peor: dar con la clave del misterio y ver que eso no te conduce a anularlo, sino a anularte.

Dentro de ti, una noche y un tornado que sopla.

A quien te soñó en plena curda, pregúntale quién eres y de qué materia surgiste.

Mi magia no opera sobre el mundo y sus misterios, opera en la duración eterna, y de ella extrae los brebajes que arrojará luego en mi conciencia.

Dos días sin dormir, en ellos he inventado el mundo y lo he abandonado.

Mi vida, esta corrosiva materia informe que llena el tiempo.

El inconsciente colectivo de Jung: ser todos los hombres, todas las culturas; ¿con qué material viajaría?

No pienses que eres libre: todo acto de libertad te hace más fiel a la vida.

Cada vez que salgo me olvido de cerrar la llave del cerebro.

Vivir es como desgranar una mazorca, simple cuestión de práctica. ¡En mi infancia lo hacía tan bien!

Nunca salgas dejando el espejo solo.

La realidad es lo otro, lo que no ha sido esta piel, estos líquidos, este rumor apagado en mi cuerpo. Envuelto en su flujo, nado, aprendiz, simple aprendiz. Miento al catalogarla entre mis tesoros.

Ella fue como un río, como una botella de vino, un ángel, un castillo, como una música, un susto, una piedra blanca.

La palabra: instrumento que torna en posible lo evidente.

Qué será de esta ebriedad que me sigue a todo sitio. Yo cambiando de antifaz, ella idéntica: asidua y compleja como una luz.

Suicidio: el último gesto tal vez sea el primero, porque nosotros aprendemos a la inversa. La vida dentro del espejo, es decir, nos acostumbramos a la muerte.

Al verme con ella, la gente hablaba de dos músicas que se contenían.

No hay forma de convencerme que apenas soy, hasta el fondo, una mínima burbuja de aliento a punto de romperse. Sólo eso.

Tomar el cuerpo y hacer música con él, volverlo humo, ese sería tu deseo más oscuro.

Abandonar lo que haga idea del acto quedarme con el acto cazar la realidad con mi cuerpo, no soñarla, es cuanto sueño.

2 calle 170Toda alucinación debe ser simple, de otra manera no entendería mi rostro.

Atrapo las imágenes que soñaba momentos antes, las escucho, dejo que sus discernimientos me convenzan de que soy yo el ficticio, así obtengo este alivio falso, que por 24 horas me hace sentir más ligero, como si en verdad estuviera vivo.

Entre ellos, hablando sin interrupción, llega siempre el momento en que tú mismo te transformas en una palabra, actúas entonces con alegría, en pleno reino del lenguaje, más dúctil.

Al comenzar el día, deja colgado el cuerpo de ayer, asegúrale una buena corriente de aire, de manera que esté a punto para un nuevo uso.

No acicales tu máscara, cuando te ufanes de estar listo ya lucirán vacíos todos los palcos.

Cuando atravesaba el bosque para partir, me vi venir de regreso, satisfecho y volátil, ¿a qué ir si ya estoy de vuelta? Me fundo con mi fantasma y regresamos juntos.

Sueño: tú, diminuta dentro de un cofre, dormida de pie, caminando bajo el jardín, en un torreón agitando los brazos, a la usanza medieval.

Amárrate un hilo en el dedo, imbécil, para que no olvides el día de tu muerte.

Borges: leer-escribir-vivir.

Rimbaud: vivir-escribir-leer.

Pavese: escribir-leer-vivir.

¿Y yo?

Anoche, en pleno viaje: la mitad de la realidad era indescriptible, la otra mitad no existía.

Jardinería: si ves que una flor crece demasiado, tómala, y deja que ella te cultive a ti.

Como en Melville: lo que cree mi sombra es, en verdad, mi única esencia.

Agonizo porque el tipo de vida que cultivo, la belleza que inhalo, prosperan poco en esta atmósfera. (Paráfrasis de Yeats).

Gracias, literatura, por este equilibrio tan maravilloso, así tan inevitable.

De la locura has extraído las cenizas con que diagramas tu vida.

Imagen: ella desnuda, caminando hacia el baño después de lanzarse de la cama, con sus pies nadando en mis zapatos, chaplinesca.

Idea fija Resume todos los venenos.

Cuando aparece, le limo los salientes, le saco brillo a ver cómo luce.

Intento saborearla desde otro ángulo, me le pierdo.

Inútil: vuelve siempre, igual de amarga, en el momento más exacto, es decir, cuando menos se piensa.

Una morbosa imaginación suple en mí las lagunas: invento pretéritos; a menudo me sorprendo en el recuento de sucesos que nunca ocurrieron.

Receta: saturar al máximo el cerebro, batir bien las ideas, tomar la cabeza y sazonarla, servirla toda de una vez y sin meditar.

Viaja, viaja hasta la última luz; recuerda que la realidad no te luce: ya sabemos lo que ocurre cuando te ubicas en ella.

Oscuridad es el nombre de esta región del tiempo, pero sigo viajando en ella, sonriente, como si nada.

Me sorprende constatar que, tras la máscara, reposa el mismo fatigado rostro que una vez ensayé, cotidiano; seductor a fuerza de parecerse a sí mismo.

Quién puede negar que a expensas de estas génesis repetidas, nocturnas, yo no sea más que el resultado de un ser monstruoso o inicialmente inaudito o la degeneración de una deidad maravillosa.

Me alejo poco a poco de ti, penumbra, con esa legión de seres inverosímiles que son mis reflejos.

Sólo vivo para el paisaje que se disuelve en esta percepción deslumbrante donde los elementos viven y estallan.

Ayer, 24 de diciembre: fatigado y sucio, tendido sobre la cama, esperando en vano la navidad de mi infancia.

Cada sueño se reencuentra a sí mismo constantemente, cada acción se extravía.

Cuando te retires a dormir, deja una cuerda lista para que puedas salir del pozo.

La independencia de cada fragmento me violenta, la síntesis es un sueño imposible.

Padeces preterido en la escena que tú mismo has edificado, a fuerza de claudicaciones y subyugantes errores.

Algo debe andar muy mal por dentro, cuando basta una idea, una mínima dosis de obsesión para destruirme.

Abre la válvula, y permite que sea ella misma, la locura, quien te aniquile.

Me resisto a pensar en la noche cuando pierda mi último bastión y, asfixiada, la torre final se derrumbe hasta convertirse en aire.

Me resisto a pensar que ya está aquí y me devora, lenta, agazapada en un recodo del espíritu.

Implacable.

No te agotes hasta el vértigo tratando de evadirlo: tú eres la poción misma, ¿por qué insistes en mentirte?

Este lugar no existe, nos sueña.

Contemplas tu soledad como si no fuese el aire negro que siempre temías; asombra tu adaptación, la manera increíble como te acoplas a la tiniebla. No es que seas valiente, es sólo que ya no te restan fuerzas ni siquiera para oponerte a lo que sabes será tu último colapso.

A cada momento me extravío, suspendido siempre: idea o vapor tenue.

Después de todo esto, qué restará. Sólo la imaginación: la crueldad cotidiana.

Algo amargo hay en este juego, que no puedo operar por un pequeño estancamiento, por un descuido infinitesimal.

La vida, esa carroza inmóvil que no te eleva, a la que suples con alucinaciones e increíbles engaños.

 

CAPÍTULO 22
ATACADA CAMIONETA DEL EJÉRCITO POR GRUPO DE BANDOLEROS

Banda de guerrilleros que merodean por las montañas vecinas a esta población atacó cobardemente a una camioneta del ejército que realizaba labores de cooperación con el campesinado. Se informó oficialmente que en el vehículo manejado por un suboficial viajaba un grupo de civiles desde el asentamiento El Caujarito hasta el cruce con la carretera de Maipoa. El atentado se produjo a las 10 de la mañana, en el sitio conocido como Pasoancho y se nos informó que, afortunadamente, no hubo bajas que lamentar.

El Capitán José Francisco Lunar explicó a los periodistas que, aunque es una irregularidad el transporte de civiles ajenos a las operaciones, en vehículos del ejército, en este caso tal hecho quedaba excusado porque se trataba de campesinos que se dirigían a comerciar el producto de sus cosechas, y ya se sabe, dijo, que una de las tareas de estos centro de operaciones es el colaborar con el bienestar y el progreso de los habitantes de la zona.

No se trata, insistió el Capitán, como algunas informaciones mal intencionadas han dejado entrever, de civiles armados ni de funcionarios de los servicios de inteligencia: quiero que dejen bien claro, se los agradezco, que los que viajaban en la camioneta eran habitantes del sector, sencillos campesinos que nada tienen que ver con las labores de profilaxia que nosotros realizamos, y no hombres armados sin uniformes.

No pudimos establecer contacto con ninguno de los campesinos, pero fuentes autorizadas nos indicaron que apenas hubo tres lesionados, ninguno de gravedad.

El mismo Capitán Lunar reveló que los bandoleros dejaron en su huida visibles manchas de sangre, que el ejército ya los tiene prácticamente acorralados y que su captura es cuestión de horas.

En la foto superior: el Capitán Lunar declarando a nuestro enviado especial.

En la foto inferior: el sitio de los sucesos.

CAPÍTULO 23
LA DULCE LOCURA (X) (DONDE ERNESTO Y MÓNICA JUEGAN CERCA DEL MAR)

Tiendes tu cuerpo en la playa, boca arriba sobre la arena recibes inmóvil y agotado la tempestad de polvo contra tu piel. Imaginas detrás de ti: el viento escurriéndose como un fantasma volátil entre las hojas verdes de los almendrones y las uvas de playa. Más allá tal vez Graciela y Guaica haciendo el amor todavía, detrás de la terraza abierta. Más allá tal vez Adrianita, Elizabeth, Henrique y Patricia dejando oír sus voces, alegres, alrededor de la piscina. Ella se sienta a tu lado, fresca, diminuto su traje de baño, una cinta anaranjada sosteniéndole el pelo a la altura del cuello, ella se tiende, te besa el pecho, se sorprende de contarte un lunar más que antes no estaba, te sonríe, repite la cuenta, tanto tiempo sin mujer, piensas; arriba, por encima de su cabeza, la brisa disuelve extrañas manchas de tinta sobre el cielo y las transporta, pero aquí, a tu lado, su cuerpo es una nueva fuente de luz que rescata dentro de ti el recuerdo de todos los cuerpos, su cadera contra tu torso, el cálido contacto de su piel, toda oscuridad se disuelve, roza tu piel, te sopla suave sobre los vellos para despejarte, te obliga a hacer perfil, me obliga a hacer perfil y sopla en mis oídos, se acerca más, sus labios te recorren ahora por las zonas más blandas, te muerde sin emplear los dientes, aplica el pulgar contra tu cuerpo, mira, dice, se te hacen manchas blancas, tú constatas las huellas y te sonríes, recuerdas otros rituales, otros preámbulos, cada caricia despierta una zona nueva que remite incesante a otra historia, a cualquier historia del pasado, laberinto de rostros que saturan tu memoria, imágenes translúcidas disueltas en el tiempo, reconstruidas y permanentes a fuerza de ser ajenas, gravitan sobre tu imaginación como un bosque de marionetas que se repite, espejo tras espejo, hasta desnudarte, no abras los ojos todavía, y te tapa con sus manos sobre las cejas, y comienza a bajar sobre tu cuerpo, elimina tres dedos, sólo el índice y el medio caminan ahora libres a lo largo de tu vientre, Gulliver se sorprendió, qué Gulliver, piensas, ¡ah, sí Gulliver!, y le miras la mano, ahora es una niña, el amor nos hace recorrer, agotar todas las edades, recuerdas, mucho gusto, mientras Gulliver vuela, sus dedos agitados en el aire, ejecutando una sonata imaginaria, Gulliver baila la danza de la lluvia, quiere hacerle la competencia a Graciela, dices, sintiendo la percusión sobre el abdomen, hay que atraer el agua, y agita sus dedos sobre ti. Y entonces, Gulliver se detiene, cavila porque está inmóvil, o al revés, dices, y empieza a caminar sobre tu pierna derecha, simple inspección, la curiosidad es la razón de ser de Gulliver, que sigue bajando, recorriendo minucioso tu cuerpo, ¿y por qué no haces a Gulliver con la lengua?, Gulliver no necesita la humedad, su locura es el movimiento, te dice, agitando las dos piernas del pequeño personaje sobre tu ombligo, camina, corre, repta, y una ventosa de cinco dedos transmuta a Gulliver en pulpo. Y luego es sucesivamente un conejo, una culebra, un dragón, marioneta esquizofrénica, buscando su personalidad, como yo, dice, y cuando Gulliver quiere hierbas ella se levanta, ágil, explora a tu alrededor, y pronto tienes un castillo de hojas sobre el ombligo, es para la hoguera, ¿tienes fósforos?, vénganse los dos Gulliver, dices, y le tomas las dos manos, y ella gozosa, dejándose, la última sombra de un pudor antiguo desgranándose en su interior, y le haces meter sus manos dentro de tu traje de baño, quiero presentarle un amigo a Gulliver, dices, el pobre está tan solo, dices agarrándote el pene, entregándoselo como si fuera una copa para que ella lo acune entre sus dedos, y mientras ella te lo toma, con cariño, con mucho cariño, tú te dejas caer hacia atrás, abandonándote sobre la arena. Se llevan bien, dices, ¿qué tal se llevan Gulliver y su amigo?, y te ríes, y cuando ella toma al amigo de Gulliver y lo pasa por sus mejillas, una onda dulce se desplaza dentro de ti, arrastrando en un movimiento sinuoso y modulado todo vestigio de sufrimiento o desesperanza.

3 calle 170Para hundirte, palmo a palmo, hasta cubrir de perfumes el último refugio de tu cuerpo, la ves entonces como la verás en el futuro, en esa remodelación de elementos incandescentes que desde este momento constituirán su imagen: hacia atrás su cabeza, los ojos entrecerrados en un testimonio de flotación que de alguna manera ensambla con tu frenesí apenas contenido, su cabellera larga, ligeramente recogida por una cinta anaranjada del mismo matiz del traje, una imagen durable cuya inminencia no basta para contener la explosión preterida bajo tu piel, una combustión lenta que hace llover color dentro de tu pupila, y te sorprende descubrir ese universo anaranjado, alrededor de ella y de ti, que prolonga la sensación de éxtasis, y así ocurre con el color de la arena, y con el color de los insectos, y de la hierba un poco más allá, y de las nervaduras de las hojas esparcidas a tu lado, y es una mujer anaranjada la que te sonríe por momentos, y se inclina sobre tu cuerpo para lamerte todo, descendiendo su lengua ávida hasta tu sexo, llevándote hasta los límites de una región de la cual ya no deseas escapar, y para asombro tuyo, su misma saliva exhuda ese vago olor a mandarina, a naranja, que alcanza hasta los viejos trozo de árboles húmedos que el mar deposita cerca de ti, un matiz cuyo nombre se desvanece en los bordes de este cuerpo que se dobla y te lame y se yergue de nuevo y te suelta un instante para desprenderse la parte superior del traje de baño, la mano detrás, soltando el pequeño gancho, ya, y entonces sus senos, firmes y redondos sobre ti, y ella sonriendo, soñando casi, aleteando sus pestañas, estremeciendo su cuerpo, erguida de nuevo, de nuevo sonriendo, cerrando sus ojos mientras tú intentas un postrer esfuerzo desesperado por alcanzar sus pequeños pezones.

Y ya para entonces la lluvia es inminente, y tienes la oportunidad de conocer para recordar la presencia de ese líquido, que resbala a capricho sobre su piel, irisándola en curiosos diseños, y a medias la ves despojarse, su hermoso rostro cubierto por las hebras adheridas sobre las sienes, sobre las mejillas, volando libres, cayendo a uno y otro lado de la cinta, el sostén del traje, y en fin la última tela que esconde su sexo, mientras acoplas su cuerpo, dulce y tenso, sobre el tuyo, a caballo sobre tus caderas, tú acostado boca arriba y ella cabalgándote, feliz, sacudiéndose, alternándose ritmos y movimientos, los sexos acoplados, y tú penetrándola, moduladamente primero, luego con violencia, las manos jugueteando sobre los senos, sobre la estrecha cintura, el universo diluyéndose alrededor y ella gimiendo, gimiendo, exigiendo su última recompensa, tú te incorporas sin dejar de penetrarla, sentándote frente a ella la ajustas aún más contra ti, enlazas su rostro contra el tuyo, y lentamente te dejas caer, abrazado a ella, contorsionándote hasta acostarla, hasta hacerla pasar sus piernas como tenazas cruzadas sobre tu espalda, y alcanzas a mirarla, un pequeño animalito debajo de ti, dulce por momentos, en la extraña expresión que le comunica la penetración al máximo, furiosamente, más allá del viento, más allá de la tierra, y un alcatraz se precipita y todos los alcatraces del mundo caen con él, mi amor, mi amor, se queja, y un desesperado abrazo conjura las últimas palpitaciones, y tú y ella, tú y ella, tú y ella, no son más que una sola realidad, latiente, feliz y lluviosa sobre la arena, hasta el desfallecimiento y la liberación.

Continuará…

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