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DE CARLOS NOGUERA/ILUSTRACIONES L. “RAZOR” BALZA

Capítulo 24
LA DULCE LOCURA (XI) (DONDE HENRIQUE Y PATRICIA ME CONVENCEN DE QUE SON UNOS PERSONAJES A TODO DAR)
Elijo una ubicación imaginaria cerca del jardín que rodea la piscina, me seducen estos sitios simultáneos y gratos que se ajustan a mí y a la narración. Celebro la diferencia entre este sillón árido frente a la Olympia portátil y aquel fresco recinto que aloja el invernadero, con jardineras internas a nivel del piso y paredes de cristal cubiertas de estanterías llenas de recipientes de todos los tamaños con plantas inimaginables, esmeradamente cultivadas por manos hábiles; reconozco las cotidianas, las que agotan mi memoria botánica: hortensias, orquídeas, rosas, girasoles, claveles, corazones, novios, helechos, uñas de danta, dalias, gardenias, gladiolas, calas, amapolas, lirios, violetas, damas de noche, azucenas, tulipanes, un bosque transportable de olores que satura mi olfato.

Todo está listo para la escena: papel, máquina, cinta nueva, cigarrillos y café sobre mi mesa de trabajo, aquí; piscina, playa, jardín, invernadero, flores, arena, cielo borrascoso, viento, casa de dos plantas, mar, alcatraces, gaviotas, salitre, allá en la costa central. Lo real y lo imaginario vinculados por un nexo inexistente, el lenguaje.

Hasta aquí, hasta este mullido sillón donde me sitúo para dirigir la escena, llega el sonido seco de las sandalias que descienden por la escalera desde la planta alta. También Patricia está lista. Henrique, a quien he imaginado recostado sobre la puerta de metal que abre hacia el invernadero, la espera, impaciente. Ya estoy, dice ella, y él la recibe, abandonando por momentos la tarea de rebotar la pelota de ping-pong hacia arriba, en un raqueteo individual, monótono.

Patricia ensaya un primer acercamiento: su rostro recuerda aquel otro reproducido a millares donde aparece sonriéndole a un champú, sacudiendo su pelo, ágil, desciende los escalones, hamacándose del pasamanos en su último salto para caer cerca de la puerta donde Henrique la espera.

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Sus enormes cristales apenas dejan entrever una zona minúscula de ese territorio que hemos concebido como la síntesis de toda perfección. Sostiene el amplio sombrero de sisal que se mece contra el viento, cuando abandona el interior del inmueble y atraviesa primero la puerta que ofrece tres metros más acá la posibilidad de entrar al invernadero, y luego, lanzándose a los brazos de Henrique, toda la luz y los corpúsculos del aire se adhieren a su piel para revelarnos un cuerpo dorado, ágil como un animal de pradera, que se ata por momentos al torso de Henrique, las piernas alzadas al aire, girando en volteretas disímiles, suspendido, para caer luego, apoyado sobre los pies desnudos, perdidas ya las sandalias, sonriendo.

No.

Abandono la mesa de trabajo. En la cocina, dos o tres dedos de café dentro de la vasija me garantizan unos minutos de ocio. Inmovilizo a Henrique, dejo la sinuosa columna vertebral de Patricia haciendo equilibrio sobre un pie, levantando con el otro las sandalias. Fijo con clips sobre la página, sobre la imaginación, los cuatro personajes que se desperezan alrededor de la piscina. Detengo el viento, las hojas, las ramas tensas de los árboles. Contengo, irisada, la superficie cristalina del agua. Inmovilizo toda nube, toda gaviota, todo alcatraz, toda palmera posible. Presiono y giro a la derecha la llave del gas, más allá del bajo muro que protege el lavadero, tres pisos más abajo, la conserje instruye al muchacho: habrá que liberar el colector de basura. El líquido marrón rechina y burbujea contra las paredes del stainless steel, me advierto acerca de la conveniencia del agarra-ollas, una taza, una cucharilla, la azucarera, los elementos del ritual, tendré que terminar el esmalte de la biblioteca, recuerdo, cuando miro su cuerpo izquierdo al regresar.

Nuevamente la silla, nuevamente el papel, nuevamente los cuatro dedos sobre las teclas, desentierro la imaginación, libero los cuerpos de Henrique y Patricia, agito los árboles, la hierba, dejo correr las nubes, rápidas, contra el cielo borrascoso, concedo que el espejo de la piscina copie de nuevo las trémulas imágenes de la vegetación, detrás y aquí, debajo de la piel, la combustión  irregular del lenguaje me lanza, recurrente, a un nuevo pozo, pleno y solitario, frente a la Olympia.

Esta vez Patricia no descenderá las escaleras, desde el invernadero escucharé su voz en el momento de llamar a Henrique. A Henrique le habré quitado la raqueta y la pelota de ping-pong y lo habré hecho ser perspicaz con su hambre y la del resto del grupo (que, como ya se sabe, no habrá comido desde ayer) de modo que habrá tenido que viajar dos o tres kilómetros de regreso por la carretera hasta el abasto, entonces lo veremos descender del Mercedes 200, nítido contra el paisaje con sus pantalones blancos en juego con sus zapatos ajustados sin medias, y su chemise lacoste azul, saltando descalzo desde el interior del vehículo, cruzará el cuadriculado de grama y piedra que conduce desde el estacionamiento hasta la casa, a través de una parte del jardín, excitará el apetito de Adriana y Elizabeth cuyas cabezas apenas sobresaldrán del nivel de la piscina, dentro del agua, enseñándoles las bolsas con enlatados y panes y carne para parrilla y sazón completa y cerveza pilsen, desde aquí, desde la entrada posterior, frente al invernadero, desde donde observo. Será en ese momento cuando escuche el llamado de Patricia desde arriba, desde la terraza, de manera que para poder hablar con ella tendrá que caminar unos cuantos pasos hacia atrás, casi hasta el carro de nuevo, hasta el sitio donde precisamente habrán quedado los zapatos blancos reposando sobre la grama, arrojados allí con descuido, para poder superar el inconveniente que creará la amplitud enorme que medie entre la pared propiamente dicha y la culminación de la terraza, si es que la dejamos de esa manera, inalterable en la imaginación como la hemos concebido originalmente. Calculo que Patricia se inclinará entonces sobre el antepecho, exponiendo su cuerpo totalmente desnudo hacia el jardín, un diminuto soplador de pompas de jabón trabajará entonces, incesante, en cada vértebra de la columna de Henrique en el momento en que el viento despeje el enredijo rubio de la cabellera de Patricia, y sus manos traten de domar las hebras, sosteniendo contra la cabeza el sombrero de amplias alas, y el viento y la mirada vuelvan a taladrar, mediato e inmediato, los senos al aire, hasta que Patricia se deje llevar por una natural oleada de seducción, de excitación a distancia, hasta que los pezones se endurezcan y las caderas se disuelvan.

No.

Dejo la mesa de trabajo, a través del balcón que mira hacia el parque, verifico las gruesas gotas que caen sobre los maceteros, despliego las cortinas, cierro las hojas de vidrio: la noche y la presencia de la lluvia han reducido la realidad hasta dotarme apenas de este pequeño espacio, iluminado en intermitencias por los fogonazos de los relámpagos. En la cocina, las manos de mi mujer practican una antigua y cotidiana alquimia sobre los alimentos: será una noche blanca, de picó portátil sobre la alfombra, suéteres y vino tinto, se lo digo y su sonrisa viaja los cuatro metros que nos separan hasta cobijarme, cálida. Todos los ruidos del exterior se han extinguido y sólo el murmullo apagado de la lluvia danza en torno, monocorde y largo. La débil lámpara de la sala ilumina a medias antiguas notas extraviadas: frases, poemas diseñados sobre servilletas de café, citas, diálogos posibles, secuencias de acciones, esbozos de personajes, destinos simultáneos ahora tal vez irrelevantes. El tacto helado de la cerveza sobre mi garganta disipa la áspera textura dejada por los  cigarrillos; agoto el contenido del vaso en tres enviones y me aprovisiono para arrancar.

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Desciendo el vaso: la trayectoria de mi mano es una tramoya lenta que me revela gota a gota otro universo probable.

novela 04_1Patricia no habrá salido de la habitación a saludar a Henrique desde la terraza, desnuda, no. Al descender del Mercedes 200 se sentirá cansada, decidirá que tal vez una ducha fría la reanime. Henrique regresará al carro para invertir la ruta hasta el abasto y traer las provisiones, pero, entre una y otra señal temporal, Patricia lo despedirá, bajando la cabeza hasta casi chocar la barbilla contra el pecho, pasando la mirada por encima de los cristales lila que bailarán a uno y otro lado en equilibrio sobre la punta de la nariz, dibujando un chaíto con la mano, la palma hacia adelante en movimiento de rotación como si limpiara un vidrio empañado, las sandalias enganchadas en la punta de los dedos, los pantalones ajustados, recordándonos qué clase de magma bulle debajo, tierno y burbujeante, delineado por la tela. Para el momento en que Henrique regrese, todo el resto del grupo estará disperso; calculo que Ernesto y Mónica recibirán la lluvia en la playa; Graciela y Guaica estarán utilizando el dormitorio del fondo, el que precisamente corresponde a Graciela cuando papi y mami y la nena vienen a la casa uno que otro fin de semana; Adriana y Elizabeth, ya sabemos: estarán en la piscina; Henrique abandonará el vehículo apresurado, a medias cubierta la cabeza por un periódico viejo, se refugiará de paso en el invernadero, sacudiéndose el agua, escurriéndose, secándose parcialmente con alguna toalla, puede ser roja, por ejemplo, y amplia como las que se utilizan  para tenderse en la playa, que Mónica habrá olvidado en su presurosa ruta hacia Ernesto, media hora antes. A Patricia, entre tanto, la mantendremos reposando en el dormitorio principal, nuevamente desnuda, adormilada en el centro del lecho, su cuerpo a todo lo largo de la sábana, el sonido de la lluvia creciendo, penetrando al interior del recinto, prolongando de alguna manera en contrapunto el otro sonido, ronco, de las olas que revientan contras las rocas, 100 metros más acá, para entonces relegado a un segundo plano, como fondo armónico y dilatado, los brazos cerrando un arco, reposando sobre su cabeza; la cabellera extendida toda hacia arriba; el rostro levemente virado, sereno a despecho de la respiración, rítmica y acompasada a causa de la prolongada vigilia; un paisaje de piel bronceada, apenas interrumpido por el rosado tono de los pezones, por la sombra leve que la luz que penetrará a través de la terraza demarcará sobre el torso, sombra que resbalará y se perderá silenciosa en las axilas, oquedades que centrarán el fiel de la balanza, porque más abajo, a la altura de las caderas, otra breve oscuridad nos detendrá en el pubis, en los tersos valles a uno y otro lado de un eje central, imaginario.

Henrique salvará de un salto la distancia que separa el invernadero de la puerta y nadie responderá a su llamado desde el pie de la escalera. Subirá y se excusará, haciendo chistes, con Guaica y Graciela, en el dormitorio del fondo. Intentará luego con la otra puerta, y la corriente de aire, rápida y húmeda, que correrá desde la terraza hacia el pasillo interno, atravesando la habitación, bastará para despertar a Patricia de su sueño, cuyo cuerpo virará entonces en dirección al viento, cara a Henrique dentro del cual una súbita incandescencia arderá, entonces, y por segundos la duración escapará, y el espacio todo se poblará de esa emanación violenta que será la piel de Patricia, eterna todavía para Henrique, a pesar del conocimiento pretérito, nunca agotado.

novela 05_1Los dos cuerpos, entonces, volverán a enlazarse, a fusionarse una vez más prolongando la historia y el lenguaje del sexo. No habrá, sin embargo, ocasión para largos aperitivos, para seducciones marginales; la penetración será agresiva, creciente, y en ese clímax instantáneo no encontraré alternativa de vacilación por mi parte, mientras ambos cuerpos se penetren, silbando el viento, las cortinas flotando en el recinto, serán ellos los que me piensen a mí, los que me suspendan e imaginen. Vivientes, ellos encarnarán la realidad y yo el sueño; el vínculo se invertirá y cada gimoteo, cada grito, cada mordisco, me disolverán poro a poro hasta hacerme desaparecer, volátil e invisible fuera de la novela, después de este punto hacia la nada.

Próxima semana: Capítulo 25

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