1 NOVELA 172

DE CARLOS NOGUERA/ILUSTRACIONES DANIEL DUQUE

 

CAPÍTULO 25
MATERIALES DIVERSOS SOBRE PAPEL (O: INCONVENIENTES DE UNA RODILLA LESIONADA)

Hacía rato que el sol te venía dando sobre la cara, y tú pensaste, Ernesto, tal vez por distraer el escozor que por momentos te penetraba los ojos, lo que una vez te había contado El Gato sobre los procedimientos de tortura y el restregamiento de los cigarros prendidos sobre la piel, lo pensaste, Ernesto, como sólo un tipo que nunca ha estado preso puede hacerlo, de modo que era sólo a base de cabriolas con la imaginación y el recuento de otros relatos como ahora podías reelaborar esa sensación desconocida para ti, tan común a los que caían en aquella época, de prehistoria todavía para los cuerpos represivos oficiales aún no refinados en el arte de joder sin dejar huellas, antes, claro, de que los informes de las comisiones especiales del congreso los alertaran sobre la conveniencia que estas pequeñas sutilezas entrañaban para la salud y la buena marcha de los organismos de inteligencia, no, Ernesto, tu memoria no contaba con un reporte directo de estas sensaciones, apenas disponías del sol, ardiente, empezando en el zenit, para establecer ese símil impreciso, borroso a causa del estado de tu pierna.

3 NOVELA 172

Te tranquiliza sentir el brazo fuerte de El Gato, como un lazo alrededor del torso, aunque no sepas con precisión dónde estás ni cuánto tiempo llevas rodando, arrastrando a medias tu cuerpo, tu cabeza pendulando y sintiendo por momentos que desfalleces, pero te calma a medias el dolor de la pierna, donde me dieron fue abajo, no en la nuca, dices, decías: donde me dieron fue abajo no en la nuca, si la cabeza se me va para atrás es que me estoy muriendo, y volvías a ver, dando vueltas dentro de ti ese sol rojizo, como un enorme globo de piñata que se te hubiera escapado, es que me estoy muriendo, y cuando cogías apenas un respirito volvías a tocarte la pierna y ya no sabías si el sudor era de verdad sudor o era sangre, y para qué ibas a preguntárselo a El Gato, lo que importaba no era que El Gato lo supiera, y te prometiste preguntarle al médico cuando lo vieras, porque seguramente se había ido con el grupo que estaba barranco arriba, pero eso iba a ser un día después, Ernesto, no ahorita, no en este día anterior que ni tiempo te ha dejado para darte cuenta si es vivo que sigues estando y entonces echarle bolas y morderte los dientes, o si ya ni eso vale la pena, para dejar de pujar de una vez por todas y dejarte ir por la quebradita, corriente abajo, dejarte ir por el aire, como caminando dentro de una nube, volando, hasta que se te apague el último candilito.

—Tuviste una suerte del carajo —te dijo El Gato, mientras te pasaba un paño remojado por la frente—, pero se te olvidó recoger la pierna, mi loco —y lo viste sonreír mientras te llegaba el sonido de todos los ríos de la Tierra.

Estaban reclinados en una vertiente húmeda, en el fondo de un farallón estrecho, entre dos cerros, al lado de un hilo de agua.

—¿Y qué tal? —balbuceaste como si tuvieras dos años, haciendo una mueca imprecisa hacia la pierna, con las bichas aquí y enrollando un ocho imaginario con los dedos para que El Gato te contestara chévere y todos tus huesos volvieran a su sitio.

—Chévere —te contestó El Gato—. Un rajuñito; te ha sangrado bastante, pero ya le acomodé unas hojas, estás arreglado.

—¿Y los demás? —te enderezaste, un poco asustado.

—Tranquilo, quedamos de encontrarnos en Lomo Gordo, acuérdate, ya deben estar allá —sacó la cantimplora y te ofreció. Hacía mil años que no probabas ni gota, quiero decir, pensaste.

—¿Y a nosotros, nos falta mucho? —preguntaste, calculando que el terreno era demasiado escabroso y la pierna la tenías hinchada como una patilla.

—De hoy hay que olvidarse —dijo El Gato mientras trataba de convertir en reloj la sombra del sol que avanzaba en la punta del cerro, arriba—, mañana será otro día —y llenó la cantimplora sin tener que limpiar la corriente. Había dejado el morral a un lado y ahora te levantaba la pierna, acomodándola sobre una de las ramas bajas. Sentiste un dolor agudo y penetrante que te subía desde la rodilla.

—Con cuidado —dijiste, y pensaste que lucirías más solemne y valiente si en lugar de coño decías simplemente cuidado.

—Te va a doler, loco, aprieta ese rabo —dijo El Gato para darte ánimo, estableciendo un parentesco irracional entre la rodilla y el ano, y tú te tuviste que reír a pesar del dolor, pensando en Freud y el análisis de los chistes populares y todos los títulos de psicoanálisis que un marxista arrecho no debía consultar. A lo mejor si aprieto el rabo la rodilla se me encoge de verdad.

El Gato tomó la pierna haciendo palanca debajo del peroné y el fémur y forzó la resistencia tirándola fuertemente hacia arriba, hasta dejarla descansar sobre el saliente.

—Así está mejor, loco. La sangre te baja menos, ¿te dolió?

—Es un punzazo trinca, manito —contestaste, pujando casi, apretando un poco el culo, a ver quién quitaba. Dejaste descansar libremente la cabeza hacia atrás, sobre una protuberancia musgosa que destacaba de la vertiente. El paño húmedo sobre la cara te había aliviado, pero tal vez tenga fiebre, pensaste, y reabriste los ojos y te tocaste la frente viendo, por debajo del meñique, un pequeño nido de gonzalitos, en lo alto. El Gato se dio cuenta y

—Es lo más que podemos hacer por ahorita. Ya veremos lo que te dice el doctor
—dijo sin quitarle el título al médico, porque el médico era nuevo y porque de cualquier modo así era El Gato— si es que pudo echarle piernas a tiempo.

—¿Te acuerdas por dónde cogieron?

—Los que se tienen que acordar del camino son ellos, no yo. Nosotros hicimos lo nuestro hasta que pudimos.

EL GATO SE LIMITÓ A SUBIR LAS CEJAS Y A EJECUTAR UN GESTO INFINITO CON LA MANO IZQUIERDA, MIENTRAS CON LA DERECHA SE SOSTENÍA UNA PUNTA DE LA GALLETA QUE AMENAZABA CON SALÍRSELE DE LA BOCA

—No te habrán dado, ¿no?

—A mí no me pegan ni con cola —respiró El Gato, orgulloso, recostando sus 1,80 en la ladera mientras sumergía los pies en la quebradita—. Tenemos tiempo —se explicó, antes de que le recordaras el manual y el problema de quitarse las botas y la movilidad efectiva—, y además se me hace que ya los perdimos —viendo hacia el otro cerro, ladera abajo, donde ya no quedaba otra cosa que los ruidos y los colores del sol sumergiéndose.

—¿Y si no? —preguntaste a ver qué pasaba.

—¿Y si no qué?

—Digo si no los perdimos.

—Mira, loco, si no nos levantaron allá abajo en lo plano, con todas esas fucas y ese poder de fuego, cómo nos van a malograr ahora

—te convenció El Gato, tal vez más persuasivo por la mezcla del calé y los términos técnicos que por la solidez logística.

Agarraste de nuevo el paño mojado, pero esta vez lo abriste por completo para cobijarte la cabeza entera, como una monja, a ver si te llegaba un fresquito.

—¿Y eso? —se rio El Gato.

Te miraste en la superficie pulida de la lata de sardinas que El Gato había tirado momentos antes.

—Es bueno contar con el auxilio religioso para los últimos instantes, hermano mío —dijiste un poco por fregar, un poco porque a lo mejor en el fondo seguías pensándolo, de manera que dejaste de sonreír.

2 NOVELA 172

—¿No le metes? —te dijo El Gato, pasándote una sardina y una laja de pan duro que te recordaba a las panelas de San Joaquín.

—Es mejor morir con el estómago vacío
—bromeaste, pensando que lo que sí debía ser mejor era morir mamando gallo, sin darse mucha cuenta.

—No hables pendejadas, va a venir una brisita y te va a dejar con la boca envarada —dijo El Gato, para aleccionarte—. Métele ahorita que después quién sabe.

—¿Nos falta mucho? —y te avergonzaste de constatar que era la tercera vez que lo preguntabas, va a pensar que la herida me dio culillo, por mucho que me conozca va pensar que me enculillé. Por toda respuesta, El Gato se limitó a subir las cejas y a ejecutar un gesto infinito con la mano izquierda, mientras con la derecha se sostenía una punta de la galleta que amenazaba con salírsele de la boca.

—¿Qué tal estuve? —preguntaste, para constatar qué pensaba realmente de lo del culillo, es decir, de la emboscada.
—Me corto una si no le dimos a varios. Cuando la camioneta se fue contra el puentecito vi a uno que se encorvaba. El grupo que estaba detrás del tronco ha debido darle al chofer, me corto una —reseñó El Gato.

—O fue que el tipo trató de sacarle el cuerpo porque el tronco estaba en todo el medio, me consta —dijiste.

—Pero me fijé que la puerta no se abría, te lo digo porque mi blanco era de ese lado, un poquito para atrás, el que iba de primero en la carga. La movida hubiera quedado más a todo dar si no hubiera salido la Madsen del chiquitico, el que se metió detrás de la piedra.

El funcionario equipado con una subametralladora del modelo descrito la puede transportar con un máximo de comodidad, movilidad y eficiencia, colgándose el arma a la espalda, con la boca del cañón orientada hacia abajo, por supuesto, esta disposición está especialmente indicada para la marcha y se logra, claro está, colocando la correa de transporte sobre el hombro izquierdo, a través del pecho y por debajo del hombro derecho.

En otras circunstancias (por ejemplo, al hacerse la revista de inspección) se considera conveniente portar el arma francamente sobre el pecho, salta a la vista que esto facilita la labor de revisión, sin mencionar los beneficios que redunda a la estética y a la psicología de la brigada.

Habiéndosele ordenado esto, y estando el arma en su posición original, la de marcha, el funcionario empuñará con la mano derecha la boca del arma, para desplazarla de la espalda al pecho (huelga advertir que el funcionario alerta vigilará que el dispositivo de seguridad que inhibe el mecanismo de disparo esté en su sitio, no sería el primer caso que se ve de un disparo que se escapa por falta de previsión, segando así la vida de uno de nuestros valiosos efectivos), esto se logra haciendo deslizar la correa de transporte por encima del hombro izquierdo, hasta que la boca quede definitivamente apuntando hacia la izquierda y, por supuesto y lo que es más importante, hacia arriba.

—Con ese fue que me embragueté, tú sabes, vainas que tiene uno, y como el que me tocaba de verdad verdad se me había salido de la línea de tiro, zas, éste es el mío, fue que pensé, y me lo figuré a él viéndome a mí también y diciendo lo mismo, para cogerle más arrechera, como si fuera una vaina personal.

El funcionario se habrá dado cuenta ya de la calidad del arma que tiene en la mano. Es, sin lugar a dudas, uno de nuestros modelos más versátiles y las posiciones de disparo que permite son de las más diversas: de rodillas, sentado, desde la cadera, de pie, tendido, desde cualquier parte este maravilloso artefacto puede ser mortal, y ya se sabe que poco importa la posición si esos son los resultados finales.

En todo momento debe recordarse, sin embrago, lo que tantas veces el oficial mismo les ha recordado; se debe tener siempre la mano izquierda empuñando el alojamiento del cargador, con el pulgar apretando la palanca de seguridad, con la mano derecha en la empuñadura y la presión lista para abrir fuego.

Si el funcionario se apresta a disparar desde la posición de rodillas, debe insertar su mano derecha desde arriba entre su cuerpo y la parte posterior de la correa de transporte, levantando la subametralladora a la posición en que deberá estar apuntando y cuidando mucho de no enredarse con los salientes de la correa como le ocurrió a la mayoría durante el último entrenamiento; de nada les valdrá esta vez quejarse ante el jefe: ya se sabe que no somos militares, pero ellos son nuestros aliados en esta cruzada heroica y lo menos que podemos hacer es demostrarles que estamos dispuestos a combatir al enemigo común, con la misma eficiencia, con el mismo celo patriótico que ellos han puesto en su empeño.

Les recuerdo, al darse el mando de Blanco, ¡Fuego!:

1) Percatarse de que el seguro esté en F, y la flechita en TA o TS, según lo que se les diga.

2) Apuntar.

3) Apretar el gatillo el tiempo suficiente para disparar las ráfagas ordenadas.

4) Ajustar la puntería, otra vez, y

5) volver a apretar el gatillo hasta terminar el cargador, es todo.

—Claro que no es lo mismo un tiro más seguro, pero lento, que una ráfaga por más que sea dispersa, de modo que cuando vi que no le daba, porque no me dejaba ni para el resuello, zas, este Gato se pinta, y tú sabes… una retirada a tiempo; fue cuando te hice la señita, mano, calculamos bien, pero el gran carajo estaba como loco, ráfaga para todos lados, el salado fuiste tú.

¿En el tiro automático? Muy bien, compañero, puede bajar la mano, aquí está el oficial que bondadosamente nos ha cedido su tiempo, para explicarnos todas nuestras dudas. En el tiro automático, estando el indicador de tiro en TA, tanto el fiador como el interruptor en posiciones inclinadas, serán desbordados por la culata móvil que retrocede tornándose hacia el dispositivo recuperador comprimiéndolo. Este retorna la culata móvil hacia su posición delantera, repitiéndose así todo el ciclo, una y otra vez mientras continúe presionándose el disparador y la palanca de seguridad. Gracias, oficial, hasta luego. Y esto va con ustedes: no quiero más manos levantadas ni más pregunticas. El que no haya entendido la explicación que vuelva a hojear el cuadernito o que se las arregle como pueda. Qué carajo, para liquidar a un vendepatria no se necesitan palabritas sino de esto.

—A alguno de los que estábamos tenían que darnos, lo que te sale ahora es tranquilidad, porque al que le dan una vez y no tiempla, cuesta una y parte de la otra para que le vuelvan a dar.

—Okey, loquito, pero ¿qué tal me porté?

—preguntaste, porque ya te habías olvidado de la respuesta que El Gato te había dado, nuevamente, y nuevamente volvía a preocuparte la cuestión del miedo, o mejor, de lo que el miedo pudiera implicar para él.

—¡Medio chuzo! ¿La bala como que te afectó la sesera? Ya te dije que machete.

—Está bien, no te me agites que te fermentas. Lo que quería era saber qué había pasado, porque clarito me acuerdo que tú me gritaste ya cuando estábamos comenzando a arrancar.

—Lo que te grité fue que te apuraras. El único que nos tenía visteados a nosotros era el chiquitico, de los que quedaron la mayoría se encargó del otro grupo y la otra parte lo que estaba era loqueando de un lado para otro sin saber para dónde coger. Cuando vi que el chiquitico aflojó la presión y se aguantó, zas, pensé que iba a cambiar de chorizo, fue ahí que te grité que nos pintáramos, era la oportunidad de arrancar, pero tú te quedaste un poco en el aparato y cuando saliste ya debía haber cargado otra vez, porque enseguida empezó la bicha a escupir.

—Ahí fue que me dieron.

—Correcto. Ahí fue que te dieron, cuando dejaste la pierna afuera. Yo que volteo en ese momento y que te veo a ti pelando el cable, enrollado, comiendo tierra.

—De eso casi ya no me acuerdo, creo que traté de pararme y me fui de cabeza.

—Para mí que te ibas a arrastrar, te molestó más la pierna y zás, no aguantaste, como unos tres metros más acá te desmayaste. Lo importante, mano querido, es que traías la fuca.

Te cayó bien que El Gato reconociera ese gesto, por aquello de que uno nunca sabe. Tragaste saliva o, mejor dicho, la saliva impidió que te tragaras la lengua, de pura seca y amarga que tenías la boca. Ahora estabas más tranquilo y te aliviaba que tu honor hubiera quedado a salvo a pesar del plomazo y del desmayo.

que cae en tu cabeza, cuando recuerdas que necesariamente tendrán que subir; calculas que tus setenta y cinco kilos deben parecerle doscientos a El Gato tomando en cuenta lo empinado de la cuesta y el hecho concreto de que el viajecito no es que comience ahora, sino que prosigue. Ya hoy debe haber tenido bastante conmigo, piensas, y piensas que de vainita estás pensándolo, una mayor densidad en la maldita ráfaga y ahorita no serías cojo sino difunto, es más, aunque no te hubieran liquidado en ese momento con la resbalada y la desmayada que te echaste hubiera bastado para pelar el cable, como se dice, porque recuerda que ya era retirada general y con que tú te quedaras tendido, allí como estabas a la orillita del camino y medio encunetado y sin saber de ti y con aquella herida sangre y sangre por aquella herida, nadie hubiera dado, te lo juro por ésta, nadie hubiera dado un medio de mierda por tu vida, Ernesto, nadie. Sientes una vocecita que te dice por dentro, nadie. Pero cuando temblaste de verdad verdad, fue cuando tomaste conciencia bien pero bien adentro, lo que se llama tomar conciencia de una cosa, de que por un azaroso y circunstancial gesto extraviado en algún lugar de la historia y del tiempo, en una insignificante montaña escondida en algún lugar del mundo, por un cotidiano y aleatorio movimiento humano tú todavía permaneces allí con tu conciencia lúcida todavía respirando todavía sobre toda la tierra que seguía siendo, como durante toda la eternidad había sido, verde, con un verde vaporoso de manzana, un increíble bello lugar, rincón del paraíso, jardín de los miles de aromas espacio del millón de colores increíbles genuinos y definitivamente puros, territorio donde cantan simultáneamente todas las aves todos los chirulíes y todos los picoeplata y todos los cristofué del mundo al unísono región donde todo tacto se excita llámese humedad llámese temblor llámese suavidad esa región conocida por todos los oídos con el nombre de Tierra y en el cual tú vuelves a tomar conciencia de ti mismo y a permanecer palpitante y a continuar viviente gracias a ese gesto que a pesar de todas las complicaciones con que quieras adornarlo procede en definitiva de un ser humano de nombre Juan Manuel Sánchez él, vecino de este país él, cédula de identidad 3040799 él, mejor conocido por los que dicen conocerlo de vista y trato con el vulgar apodo de Gato.

Continuará…

ÉPALE 172

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