calle 173 portadilla

DE CARLOS NOGUERA / ILUSTRACIONES HENRY ROJAS

Viene del número anterior
—Por eso es que la gente se vuelve loca
—dijiste en voz alta, como si siguieras siendo el ser anónimo en el lugar anónimo que habías imaginado.

—¿Que, qué? —cacofoneó El Gato, encarnándose en el segundo ser que empezaba a poblar el mundo.

La voz era grave, con ese matiz que cualquiera que conociera a El Gato no hubiera dudado en catalogar de inevitable, quiero decir, de inevitable que fuera él, precisamente, quien la tuviera, pero tú estabas tan ido que más que la voz de El Gato lo que escuchaste fue el recuerdo de la voz de El Gato.

—¿Que, qué, qué? —replicaste magistralmente (agrego este adverbio, alevoso, irónico, no sin pedirte excusas, porque comprenderás, Ernesto, que no es lo mismo tener la experiencia directa de una desyoización, al anochecer, herido tú en medio de una montaña, que simplemente ensamblar ante una taza de café, cómodamente sentado yo, la reseña de una desyoización, seis años después, ante la máquina).

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—Que qué dijiste —dijo El Gato, tal vez cansado de los qué.

—Bolserías —abriste los ojos pesadamente, como si tuvieras los párpados cosidos, porque a pesar de todo tuviste de pronto lo que se dice un pálpito y te pegaron unas ganas irreprimibles de constatar si de verdad estabas en aquel estrecho farallón, si de verdad atardecía, si de verdad estabas vivo y el que te respondía era El Gato, corpóreo y único, y no simplemente un sueño.

Para tu alivio, nuevamente los ojos volvieron a comunicarte con la realidad y allí estaba El Gato, y el sol que declinaba y el arroyo escurridizo y el tupido monte y las sombras y los animales sin nombre y las piedras, estaban el mundo y la vida, más allá de toda duda razonable. Miraste cómo El Gato apuntaba su fusil hacia lo alto y sin querer te estremeciste esperando el disparo que no llegó.

—¿Una iguana?

—No he visto ni una por aquí. Hacía pulso.

—Para qué coño haces pulso: ni se ve ni puedes disparar; para qué coño.

—Tú no eres ninguna plumita ni ningún bailarín de balet, loco, tengo el brazo encalambrado de tanto meterte el hombro. Cómo va eso —dijo El Gato, señalándote la pierna con un movimiento de la cabeza.

Te observaste la rodilla como si no fuera tuya:

—Para mí que bien.

—Por un momento creí que te la habían vuelto mierda. Ese sangrero y esa hinchazón, a éste se lo sonaron, palabrita que fue lo que pensé.

—Si me la volvieron mierda es que la mierda es un anestésico de pinga, porque ya ni me la siento, palabrita.

—De todos modos te sale un reposo para largo, y hay que ver lo que te manda Rodríguez, a lo mejor tienes que bajar.

—Deja el vacile que no es para tanto, yo no bajo ni de vaina.

—Ojalá que no. Pero todavía tenemos que darle la vuelta al cerro, me huele que con el agite te va a quedar como barriga de perro envenenado.

Por un momento calculaste la trayectoria aunque sabías que era una tentación fallida, el error sería tal vez de kilómetros y de cualquier manera la simple operación imaginaria te descomponía ya no la rodilla, sino hasta el último rincón del espíritu mismo, así que dijiste qué carajo, para adentro, y te relajaste.

—Palabra que me arrecha.

—¿Qué?

—Qué va a ser: tener que joderte con esta pierna, si no fuera por mí ya hubieras hecho contacto, ahora quién sabe.

—No digas pendejadas, te sonaron y a mí no, yo estoy contigo, por lo tanto tengo que ayudarte, ¿no?, somos dos y punto.

—Pero si no me hubieran dado.

—Pero te dieron, ¿estamos?

—¡Coño! Ya sé, claro que me dieron, pero si por lo menos pudiera echarle bolas solo o fuéramos tres.

—¡Vuelta a lo mismo! Es una pendejada que estés pensando en lo que pudiera haber pasado o en por qué pasó lo que pasó. Lo que pasó, pasó y ya está. Hay una vaina que llaman soliradidad.

Definitivamente, El Gato era un tipazo, te sonreíste con cariño pensando en las veces que lo habías corregido, solidaridad en vez de soliradidad, página treinta y cuatro de la edición en multígrafo del manualito, qué carajo podría importar ahora.

POR UN MOMENTO CALCULASTE LA TRAYECTORIA AUNQUE SABÍAS QUE ERA UNA TENTACIÓN FALLIDA, EL ERROR SERÍA TAL VEZ DE KILÓMETROS Y DE CUALQUIER MANERA LA SIMPLE OPERACIÓN IMAGINARIA TE DESCOMPONÍA YA NO LA RODILLA, SINO HASTA EL ÚLTIMO RINCÓN DEL ESPÍRITU

Qué carajo podía importarme entonces, que lo dijera como le saliera, lo que contaba para mí, aunque resulta cursi decirlo, pero es que no hay otra forma, era aquella traducción viviente de lo que en otras circunstancias hubiera resultado un vocablo inerte. Recuerdo que me conmovió la amistad, la seguridad, algo parecido a una corriente tibia que aquella tarde de junio del 65 me comunicaba invariablemente con aquel tipo espontáneo que por los azares y por la historia se encarnaba en mi salvador; es lo que se llama un tipazo, pensé, y se me ocurrió que no podía haber otro sentimiento más parecido a la camaradería, por su parte, y al agradecimiento, por la mía.

—Gracias, loquito —le dije.

El Gato ejecutó entonces un gesto de fastidio, el símbolo más frecuente de su lenguaje.

—Gracias hacen los monos, panadería, ya me tocará a mí, no te preocupes —dijo un poco sonriente, un poco orgulloso, con un rostro muy distinto al que pondría años después, en la fiestecita de Arle, cuando todavía con tu pierna adolorida, en esa recaída que te habría obligado a bajar, le recordarías el viejo incidente, y él, esos eran otros tiempos, hermano, te diría y te tomaría del hombro y te obligaría a cambiar de sitio y pediría otro trago para cambiar el tema y tú sabrías o intuirías que ya de eso no se le puede hablar y casi escondería la mirada y haría un comentario cualquiera sobre Graciela o Patricia o Mónica, quién sabe, esa jevita está durísima o algo así, y te preguntaría por qué no se la presentas, sin mucha convicción, más bien con unas ganas horribles de irse de allí, y la conversación se transformaría, inevitablemente, en un diálogo frívolo, y estoy encuerado, ¿sabes?, tal vez te diría, y te verías entonces obligado a pedirle razón de la mujer y él, El Gato, te contaría, casi con nostalgia te contaría prolijamente de sus hijos, un tanto nervioso, la pequeña historia de una vida enrevesada, deteriorada a fuerza de errores y de oscuras jugarretas del destino, yo ya no doy para otra cosa, y de nuevo inevitablemente tendrían que despedirse, con tristeza, más bien lamentando un encuentro que no debió haber ocurrido, le estrecharías la mano sin juzgarlo, qué carajo, pensarías como siempre, y cuando le dijeras que de cualquier manera nunca olvidarías que le debías la vida, él, El Gato, tal vez por los tragos que tendría, que tendrá encima, volverá, a sonreír con esta misma mueca de ahora, en la montaña, y tú lo verás por última vez desde la puerta del apartamento de Arle, mientras el prenotado del ascensor se apague, hasta la vista hermano, sin sospechar nada, mientras el ruido que provenga del interior apenas te permita escuchar una final palabra de despedida y tú le preguntes a Arle, qué coño hacía El Gato en la fiesta, y Arle: vino a traerme los puchos que me debía, está en el negocio, mano, qué es lo tuyo; pensarás por un momento las vainas que tiene la vida, mejor: lo dirás en voz alta, y la soliradidad de recuerdo pasará a nostalgia y de nostalgia pasará a olvido, como cualquier otra vulgar emoción humana. Pero mucho antes de la fiesta, mucho antes del olvido, éste de ahora no es un sentimiento bastardo y éste de ahora es El Gato que tú siempre has conocido aunque en el tiempo, en el futuro, su personalidad posterior te sorprenda como un estallido disímil, casi aislado: ahora es junio, es el año 65 y la fiesta de Arle no es todavía un pretérito inamovible.

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De manera que

—Okey —dices—, pero ya te veré mañana. Si la rodilla me sigue así te puedes ganar la vida, después de la revolución, como levantador de pesas.

—Ya habrá tiempo para ganársela, ahorita lo que nos sale es salvar el pellejo. Hay dos vainas: descansar y poner la mente en blanco, mañana ya veremos. Así que olvídate de la rodilla y déjale esa vaina a Rodríguez, si no se lo sonaron, él sabrá lo que tienes que hacer.

Rodríguez rasga todo lo que te queda de pantalón, toma el porta-instrumentos y te ordena descansar hacia atrás, los músculos relajados. Contigo son tres los heridos, ninguno de gravedad. Cuando despertaste a mediodía, sentiste la pendulación de la hamaca y por un momento creíste que te habías mareado, más allá de la tiendita semidesplegada habías visto el cuerpo de El Gato extendido a lo largo de aquella especie de encerado, recién adquirido con el contacto de Los Pocitos, que había subido quince días atrás hasta la mitad, tal vez hasta El Bejuco. Habías reconstruido de una manera bastante torpe, aunque adecuada si consideramos tu estado, toda la caminata desde la hondonada donde habías descansado —¿el día anterior?— junto a la quebrada, hasta este sitio que no alcanzaste a reconocer hasta bien entrada la tarde, es decir, hasta este momento en que la delgada y filosa silueta de Rodríguez se inclina sobre tu pierna, y te tantea la rodilla y remueve nuevamente en ti este dolor que ya es un antiguo camarada, y más que una terapia lo que intenta suministrarte es una cierta dosis de sosiego, apelando a tus últimas reservas de confianza. Claro que no tiene que esforzarse mucho, bastan los rostros sucios y barbudos, basta el olor familiar del sudor de las ropas de campaña, bastan las bromas y la reconstrucción de las anécdotas, basta esta hamaca y esta camaradería para retomar la paz: por momentos recuerdas que salvaste el arma y que supiste retirarte a tiempo, lo demás poco importa. Le gritas un coño a Rodríguez que te aplica una inyección quién sabe para qué, y esperas el dolorcito en la bajada para preguntar por los otros. Dos bajas: Joaquín se quedó en el puente mismo, y Diógenes mientras lo transportaban, hamacándolo entre dos.

Rodríguez se mueve con facilidad, mientras Dianora lo auxilia tratando de hacer valer cualquier vaina para que no la bajen, piensas, y le sonríes: la única mujer del grupo.

—Okey, ahora trata de moverla hacia atrás a ver hasta dónde te llega —te dice Rodríguez.

Abanicas la pierna hacia atrás y hacia adelante y no entiendes lo que te dice del menisco y de la rótula, así que

—¡Ya! —le gritas, con unas ganas tremendas de mentar madre en genérico—, ¿cómo la ves tú?

—Hay dos lesiones, una del disparo y otra traumática, debe haber sido una caída, la del disparo es arriba y no te afecta la rodilla, la otra fue más abajo y debe ser la que te molesta más —dictamina Rodríguez, mientras te sonríe y continúa diciendo sí con la cabeza, como siempre, un gesto que siempre te arrechó en él, sin que supieras muy bien por qué.
—Lo que a mí me interesa es caminar.

—Tú ves, eso sí que va a estar difícil. Yo soy partidario de que bajes, aquí no te puedo hacer gran cosa.

—¿Entonces? —le dices, mientras te comienza a llegar el vaho tibio y agradable de la fogata que prepara Dianora.

—Entonces nada, compadre, a Ud. le sale berlina de honor cuando arranquemos. Nada de caminatas ni de agites: palo atravesado, hamaca y dos buenos hombros como los de El Gato y estamos hechos. Ya veremos cómo evoluciona la hinchazón —y se pasa la mano por el mechón lacio, el que venía con fijador en la foto—. De todos modos tú puedes bajar sin problemas, no tienes tanta publicidad como yo.

Rodríguez te dio una palmadita por el estómago y se acercó al fuego, tenía razón: si algún día, por cualquier circunstancia, te veías obligado a bajar, tendrías pocos problemas.

Ernesto el anónimo, el que nunca ha sido apresado; lo que son las vainas, pensaste y te fuiste quedando dormido, escuchando el ruido de las brasas cuando ardían, un diminuto punto de luz en la montaña.

Cuando despertaste, era El Gato el que manejaba la pala.

—Quiubo, loco —te dijo—, ¿todavía vivo?

—Todavía y para largo —respondiste, sonriéndole.

—Ya arrancamos, porsia: el radiecito tiene armado un alboroto con la emboscada. Les dimos duro.

La pala enterró las brasas apagadas y las latas de sardina. La vanguardia ya había salido, te dijo Dianora, todo estaba listo para seguir. Te tocaste la pierna o imaginaste que te tocabas la pierna. Justo y Gregorio te levantaron para transportarte y desde el lecho móvil le sonreíste a El Gato, mientras las copas de los árboles comenzaban a viajar lentamente hacia atrás, diluyéndose, bajo la lluvia.

CAPÍTULO 26
LA DULCE LOCURA (XII)

(O: consagración de la primavera frente al mar)

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De nuevo el viento soplando contra las ventanas, suspendiendo los cortinajes hasta lanzarlos a volar como fantasmas en el centro de la sala, Graciela y Patricia ahora desnudas recorriendo el ámbito, sus gestos de danza creando una atmósfera irreal que insiste y se transforma a plazos como un calidoscopio, Vivaldi resurgiendo desde el tocadiscos, obedeciendo el mandato de Mónica envuelta apenas en su diminuto traje, sazonada de arena y sal su piel, los cuerpos que se desperezan contra las paredes, sentados sobre el suelo, tú, Ernesto, desde la habitación del fondo, reconstruyendo la playa, la cintura de Mónica, su sexo, el áspero tacto del polvo en su cabellera, su sinuosa duración volviendo sobre ti, cantando, los collares vibrando sobre los senos desnudos de Graciela y Patricia, Guaica pasándole el cigarrillo de hierba a Henrique, Henrique pasándolo a Patricia, Patricia tomándolo, aspirándolo, corriendo descalza y desnuda sobre el aire, flotando, pasándolo a Graciela, sonriendo, arqueando los brazos, bailando alrededor de Guaica y volviendo, feliz, aspirando y dejando caer su cuerpo sobre el piso, el collar de cuentas deshaciéndose y miles de puntos luminosos arrastrándose sobre el granito pulido, Graciela asando el cigarrillo a Adrianita, Adrianita a Elizabeth, Vivaldi persistiendo, continuando la lluvia, la realidad afuera, más acá del mar y sus sonidos, del silbido lánguido y armónico de las palmeras, tú, Ernesto, acercándote, recibiéndolo de Elizabeth, volviéndote, saltando sobre Graciela, entregándolo a Mónica, transportando tú la nube que era Mónica entre tus brazos hacia la cuna en la habitación del fondo, colocándola allí, besándola, meciéndola, Mónica chupándose el pulgar y entrecerrando los ojos, volviendo al seno materno, a la primera oscuridad en busca de la nada, afuera el mar, la lluvia, el viento, y las cortinas dentro, evaporándose sobre la sala, Vivaldi, la tormenta y el viento soplando entre los brazos, el salitre, la neblinosa penumbra en el jardín, los cuerpos desnudos de Patricia y Graciela danzando por la habitación toda, diminutas gotas de lluvia deslizándose sobre la piel, una humedad dulce cuyo olor se fusiona y retorna con el del césped mojado, en el jardín, los dos cuerpos saltando a través de la puerta, a través del corto espacio que media entre el umbral y el invernadero, antiguas recolectoras de cosechas rescatando un collar de flores diversas, decorando con ellas su piel, una flora polícroma enmarcando ahora las cabelleras, esta vez los rostros de regreso, sonrientes y frenéticos, asomando de nuevo desde el invernadero, Patricia distribuyendo flores, deshojando las ramas, recubriendo con dos inmensos pétalos desconocidos sus senos, Graciela arrodillándose en el centro, Guaica aproximándose en una pantomima de baile, flotando casi, Henrique tomando a Patricia; Adriana recostándose de Elizabeth, tú, Ernesto, celebrando a Mónica, sobre la cuna ella, adormilada y distante, adentro otro paisaje, otra realidad, el recuerdo apenas lejano de que están vivos, mirándose, tocándose, besándose de nuevo, acariciándose, todo olor y todo color recreados reencontrándose bajo una nueva percepción, esta realidad escurriéndose y deslizándose hasta el fondo de la pupila, hasta el fondo mismo del oído y del tacto, dos, tres, cuatro cuerpos siendo una sola realidad danzante, amante, sobre el granito pulido entre las cuentas de los collares, ahora dispersas, resbalando por toda la sala, y las flores, con este nuevo hábitat irreal, respirando sus propios perfumes y donándolos, compartiendo y multiplicando todo acto y no dejando, por fin, otra realidad que la imaginada, otro espacio que esta penumbra rodeada de viento y de lluvia, persistente, que satura cada cuerpo, cada espíritu, cada sensación antigua o recobrada, hasta ensamblarla en una sola respiración, en una flor única que compendia y celebra todo hálito, toda esperanza, toda felicidad que flota y renace, pura, sobre el mar.

Fin

ÉPALE 173

 

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