POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE286-FILO Y BORDEEl cuarto mandamiento tiene la solidez suficiente como para que su redacción no haya requerido remozamientos. “Honrarás a tu padre y a tu madre” no ha requerido adaptaciones para nuestro siglo. Se lee más extensamente como “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que el señor tu Dios te da”. Es decir, el cuarto mandamiento pareciera orientarnos a mantenernos fieles a nuestros orígenes, tanto biológicos como culturales y sociales. Nos exige un vínculo con nuestra raíz y con nuestra tierra.

Factores de poder, como el Opus Dei, quisieran despojar al precepto de su llamado a la identidad y la unidad, para estirarlo más allá de los padres y lograr que arrope relaciones jerárquicas de su interés, “… a los deberes de los alumnos respecto a los maestros, de los subordinados respecto a sus jefes…”, es decir, para que reproduzca el sistema. Pero lejos de esa intención, debemos entender este mandato como un principio de unidad y libertad. Recordemos que, según la narración bíblica, estas leyes de Moisés nacieron en una sociedad de pastores, recientemente salida de la esclavitud, que se movía entre enemigos en busca de un territorio. Para lograr su meta precisaban mantener la unidad, identidad y asegurar un relevo.

En nuestro caso, aunque los sociólogos y los antropólogos lo sabrán mejor, siento que nuestra cultura tiene un centro afectivo consolidado en la figura de la abuela. Así que este mandamiento pasa por ese centro desde donde ocurre el encuentro amoroso con el mundo y cuyo próximo eje se establece en la imagen de la madre. El padre, cuando lo hay, configura otro centro vital. Esta relación pasa por nuestro barrio, por nuestra ciudad y por nuestra patria. Nuestro concepto histórico de “padres” a quienes honrar incluye a nuestros pueblos originarios, a los precursores de nuestra independencia, a nuestros libertadores y a los cientos de mártires que dedicaron su vida para conquistar nuestra soberanía plena, nuestra democracia participativa y protagónica.

Lo expreso así porque, aunque suene contradictorio, soy un ateo cristiano. En Filosofía me siento ateo. Soy una de las formas culturales que puede generar una sociedad como la nuestra, tan cristiana. En términos éticos me inclino a entender estos diez mandamientos y a mirarlos desde la experiencia actual. Y creo que si uno quiere un ejemplo claro de apego al cuarto mandamiento puede verlo en el comandante Chávez. El vínculo a su tierra, a Sabaneta es inequívocamente profundo y amoroso. Igual podemos apreciarlo en la relación con su abuela y sus padres y, desde allí, ese amor y ese respeto se extiende a todo su origen, y no solo a la patria sino que alcanza a todos los pobres y los trabajadores del mundo.

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