ÉPALE296-MÚSICA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE  ⁄  FOTOGRAFÍA LA PATANA PRODUCCIONES

DE TEMPLO EN TEMPLO

Yo veía descargar a Orlando Poleo a principios de los años 90 en una pizzería que cerró hace rato, La Delia, adonde íbamos en peregrinaciones los días viernes desde la UCV para ver a esa gente más o menos desconocida, pero que tocaba tan sabroso. Aquello era un templo de la salsa, aunque sus dueños y asistentes no se enteraron nunca de eso: que Trina Medina y Yarake hubieran tocado y cantado allí, aparte de otro puñado de cantores noveles y en vías de consagración, no nos decía gran cosa, seguramente porque la caña y el desenfreno no nos dejaban ver las cosas (y los personajes) con perspectiva histórica. Un cuarto de siglo después acudí a otro templo actual de la música, La Patana, y allí estaba el mismo Poleo, la misma sonrisa de bicho pícaro, el mismo tumbao de barrio caraqueño, la misma potencia para reventar los cueros.

Hay varios agregados, aparte de los veintitantos años: Poleo es ahora un músico reconocido en el mundo de la salsa y el jazz, reconocimiento que se fue ganando a pulso en una Francia un poco agresiva con los inmigrantes, pero más bien respetuosa de la buena música. Pero esta vez sí, epa: lo vimos y escuchamos con perspectiva histórica, y la visión de las cosas y de las personas cambia.

LA CLÍNICA

Coleado e impertinente me metí en una clínica dictada por el percusionista en La Patana de Altamira. Se supone que una clínica es una sesión para iniciados, en este caso, para percusionistas. Muy poco, o un carajo, iba entendiendo las lecciones que el conguero les iba dando a los asistentes (cómo le entras a un 5×8 desde un guaguancó y cosas por el estilo), hasta que uno de ellos le hizo una pregunta no tan esotérica: cómo hago para no salirme de la clave en una improvisación; cómo hago para no “irme” mientras la orquesta descarga y yo improviso. La pregunta, lo mismo que la respuesta, me sonó tan pertinente y crucial como para conectarla con nuestro tiempo venezolano: cómo caramba no salirnos del carril mientras improvisamos y mientras la historia nos arrea, o intenta arrearnos, por donde debemos.

Poleo agarró su teléfono y seleccionó una clave electrónica, un 6×8 vaina con vaina y tal, y les recomendó a los participantes: “Un buen ejercicio es amarrarse siempre al primer compás: ¡pa! Improvisas, te sueltas, haces este repique, pero cuando llegue el primer compás vuelves: ¡pa!”.

Los músicos y los pueblos deben improvisar y crear, pero siempre regresando al punto inicial, a la raíz, al big bang: ¡pa! Te sales de esa clave y lo que se escucha es una estridencia sin son ni concierto (des-concierto: la sensación que deja el que no sabe concertar); pero si te quedas pegado en la clave sin inventar ni un poquito, entonces estás destinado a repetir fórmulas idénticas para siempre.

Después de la clínica tocó varias piezas con un plantel de músicos de alto vuelo. En una de ellas, homenaje a su madre, Ricarda Poleo, se lanzó cinco minutos de quitiplá: el toque ancestral que resuena igualito desde hace 3.000 años, el quitiplaquitiplaquitiplá y los músicos partiéndola desde afuera, sin salirse de madre. Madre: Ricarda. Madre: el quitiplá del ancestro africano. Poleo rezuma sonoridades de jazz pero siempre, siempre regresa al ¡pa! (quitiplá) fundacional.

Después, en un toque ya más bellaco y explosivo en La Patana del TTC, fue otra vez el mismo tipo de La Delia: salsero bravo entre cantares añejos y un nuevo repertorio. Así que la visita de Poleo fue un ejercicio para volver: volver a la salsa, volver a una Caracas nocturna que algunos asumen liquidada, volver al recuerdo y volver a la clínica inicial de la vida: hay que improvisar, pero hay que volver, siempre, a la norma o estallido que nos convoca.

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