ÉPALE250-CCS MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE •@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

El temperamento de los pueblos suele manifestarse en el lenguaje, en los modos expresivos, en las formas y trasfondos del uso de la palabra. Entre los venezolanos se ha usado desde hace décadas la expresión “todero” con aires de burla, reproche o desaprobación, para referirse a aquellos sujetos que para sobrevivir o rebuscarse son capaces de hacer hasta lo que no saben: el tipo que dice que sí cuando le preguntan si sabe de plomería, mecánica, repostería, filosofía y/o artes marciales. No parece ser casual que en un país lleno de carajos dispuestos a aprender haciendo o echando a perder se haya hecho universal un pobre maestro de padre desconocido, execrado y visto en su época con algo de conmiseración, que puso en la palestra de la Historia la frase o concepto “inventamos o erramos”.

Pariente del todero y confirmación del espíritu contenido en la máxima rodriguista, es el improvisador. El que “lo que no sabe lo inventa”, el de “como vaya viniendo vamos viendo”. El ímpetu de esa inteligencia, que ante una situación difícil inventa de súbito una respuesta o solución, está tan atornillado a la cultura venezolana que hace rato forma parte de su acervo musical. En muchas culturas y países del mundo existen los improvisadores de versos o coplas (a los improvisadores los llaman “repentistas” en Cuba: de repente componen un poema en rima), pero en Venezuela existen varias expresiones y eso no creo que sea tan frecuente: aquí se improvisa en las muchas parrandas, desde la Cruz de Mayo hasta las navideñas, desde Cojedes hasta el llano, los Andes y Oriente; improvisadores de clase son los galeronistas, violentos y geniales los llaneros.

El contrapunteo llanero es la máxima expresión del versador obligado a componer dos cuartetas de octosílabos sin ninguna pausa. Y cuando el animador de los festivales o el duende de las dificultades quiere ponerla más sabrosa la norma ordena verso tramao: los rivales tienen que construir sus versos repitiendo las dos últimas coplas del otro. Uno cree que domina la palabra hasta que escucha a estos tipos fajándose en duelos de versos casi perfectos y no ensayados.

Esa noble y hermosa (y a veces violenta y peligrosa) práctica nos viene del ancestro español, y comenzó a pervertirse o debilitarse en el siglo del capitalismo industrial, a causa de la irrupción de la industria musical y sus formatos. Las fiestas de antes estaban hechas de improvisadores y duelos que duraban hasta el amanecer. Por supuesto que esos versos echados al aire y sin teléfonos ni cámaras que los registraran, se perdían como documento pero quedaban grabados en el cuerpo de la gente en forma de felicidad. Así en el llano como en la costa el pueblo era su propio músico y cantador, los tambores solían sonar hasta que amanecía y los músicos e improvisadores de versos quedaban exhaustos.

De un momento para acá resultó que los fabricantes de discos ordenaron comprimir la música de la gente para que cupieran en discos y programas de radio; de pronto se descubrió que no era rentable ni viable ni atractivo grabar canciones de cuatro horas sino remedos llamados “canciones”, esas cositas lindas y famosas y comerciales que duran por lo general de 3 a 4 minutos, y no más que eso. Las canciones las componen personas que tienen todo el día para echar lápiz y acompañar con instrumentos, ensayar, corregir, grabar y tal. De las fiestas interminables e improvisadas del pueblo queda algo por ahí en los pueblos y caminos. Y por allá lejos hay que ir a buscarlas.

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