POR MARÍA GABRIELA BLANCO • @PILARTOSH / ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

ÉPALE251-SOBERANÍASCorriendo llegó al establecimiento, entregó las llaves a su hermano que le esperaba ansioso en la entrada y allí, detenida, mirándolo, con disnea, se dio cuenta que hacía tiempo que no se ejercitaba.

Ella: Hice lo que pude —sintiendo que se ahogaba, se excusó. Él: Si hubiera sido una jeva habrías llegado a la hora que te pedí. Entremos.

En el recinto se suponía que iba a encontrar mucha gente conocida: examantes, amigos de antiguos trabajos, de su trabajo actual, los que le regaló la vida y, quién sabe, una que otra rapariga bonita —según su definición de bonita— que pudiera ganar su atención, ya que últimamente nada la impresionaba. Su hermano le había “manchado la rutina” esa tarde. Un par de días antes habían estado en el mismo local que ambos regentan; él, sin darse cuenta, quizás por culpa de las birras de esa noche, había metido las llaves en el bolso de ella, quien para esa tarde no tenía que haber estado allí. Sus planes eran otros.

El día de las birras estuvieron adecuando el lugar, era jueves. La fiesta sería el sábado y, como ya tenían casi todas las entradas vendidas, celebraban el innegable éxito de taquilla. Ella, inventora siempre, le dijo que el viernes lo tenía cuadrado para perderse con unas amigas, tenía el fin de semana libre. Ocurrió que las llaves pertenecían al depósito donde estaba guardado el alcohol. Tremenda falla. Ya no importaba, estaba allí recuperando el aliento, reconoció rostros que hacía tiempo no miraba y, de repente, detrás de ella, lado derecho, una voz tan sutil y armónica como las voces de Perotá Chingó se acercó a su oído: “Hola Inés, ¿te acuerdas de mí?”.

Esa frase y esa voz estremecieron a Inés, y su memoria removió recuerdos que creía olvidados. “Lo que no se escribe se olvida y no existe”, le decía su tutor, pero hay encuentros que aunque no se escriban quedan novelados en la parte delgada y plana de los huesos, cartílagos, tejidos y membranas de nosotros, los seres orgánicos.

Vino a su mente aquel congreso años atrás y, con él, se armó el guateque de las remembranzas. Se vieron compartiendo conocimientos, correos, sonrisas, hotel, habitación, miradas intercontinentales, una cerveza, dejando a un lado las vidas de cada una —el esposo de aquella y la novia de Inés—; prescindiendo del espectro de géneros binarios al que todavía las lesbianas somos arrastradas, la primera noche se reconocieron, la segunda se adaptaron, la tercera se acoplaron. Llegó la despedida, desahuciado el amor emigrante regresaron a la realidad.

Triunfó la fiesta esa noche. Inestabilizaron a Inés, que solo fue a devolver unas llaves.

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