POR PEDRO DELGADO / FOTO ENRIQUE HERNÁNDEZ

ÉPALE245-MINICRÓNICASPude haberme aproximado y explicarle: “Oiga amigo, no es una meada cualquiera la que usted está echando detrás de la estatua de tan insigne hombre, por su rango de político, ingeniero y educador, entre otros títulos. Fundador del célebre Colegio Santa María en 1859 y del Colegio de Ingenieros de Venezuela en 1869, donde siendo director del Laboratorio Meteorológico se hizo el primer registro oficial de pluviosidad, temperatura y humedad en el país; ministro de Fomento cuando José Ruperto Monagas, entre 1869 y 1870; cofundador del Asilo para Huérfanos de Caracas…”.

Pude indicarle el pelón ortográfico de un rústico grafiti colgado en uno de los árboles de la plaza (“Ojo. Prohibido haser uso sanitario”), a riesgo de escuchar un: “¡Cállate, pajúo!”. Pero creí que era mejor obviar semejante sacrilegio fisiológico como ese: sacárselo a pleno mediodía, a la vista de quien a él le dé la gana, para mear a espaldas de don Agustín Aveledo, a pocos metros de su vecino Juan Crisóstomo Falcón, que está más al centro. Que si hubiese sido bajarse los pantalones y lanzarse una meridiana agachada, también lo hubiese hecho completando el concéntrico círculo de desechos excretados a troche y moche.

De todas las céntricas plazas, la de Las Mercedes es la que está más a expensas del descuido y maltrato público. Sus mañanas y tardes transcurren casi a la espera de noches de Sodoma y Gomorra. Al día siguiente evidenciará el despelote: un cuantioso basural de papeles, colchones, pitillos, cartones, botellas, condones, completado con la alfombra de hojas desprendidas de la arboleda (alrededor de un inocente y sintético parque infantil) que ya no servirá de sombra a visitantes e inquilinos.

Agustín Aveledo Tovar nació en Caracas el 1° de enero de 1837 y murió el 5 de julio de 1926 en la misma ciudad. ¿Será que para el aniversario de su fecha natal —con trasnocho de nuevo año y todo— o para el de su muerte —día patrio— se asome alguna comitiva hasta una plaza coronada de pulcritud a llevarle una coronita de flores, aunque sea? Quizás la interrogante tenga como respuesta un nanay, nanay.

Allí seguirá él, convertido en bronce y mármol, estoicamente observando hacia el Este, como buscándole salida al follaje para ver hacia los caminos de la montaña, la que exploró llegando a la Silla de Caracas y luego, en 1878, hasta el pico Naiguatá para precisar sus 2.782 metros de altura.

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