JACINTO CONVIT

EL CÁNCER ES UNA ENFERMEDAD TAN POTENTE Y MUÉRGANA EN LA VIDA QUE SE LE SALVÓ AL DOCTOR JACINTO CONVIT. PERO EL PASTOREÑO GANÓ OTROS IMPORTANTES COMBATES

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE /  ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

Durante miles de años la lepra ha sido (sigue siéndolo), más que una enfermedad, un pretexto para la humillación y segregación de seres humanos. La lepra produce lesiones cutáneas graves, destruye los nervios y provoca deformidad y pérdida de sensibilidad en varios lugares del cuerpo. Peor que la lepra es la enfermedad colectiva que decidió apartar a estos seres del resto de la sociedad: se les aparta porque se les teme y porque no es agradable compartir con alguien que puede contagiarte. Cuando el joven estudiante de medicina, Jacinto Convit, visitó por primera vez el leprocomio de La Guaira, hacia 1938, tuvo ocasión de confirmar esa miserable e inhumana faceta de la humanidad. En ese lugar se encontraban cientos de pacientes, que aparte del hacinamiento y las condiciones que ustedes se imaginan, encerrados bajo ese calorón y ese salitre de la playa pero sin la playa, muchos habían sido encadenados y estaban custodiados por la policía. Su delito era haber enfermado de un mal del que, incluso, la sagradísima, santísima, excelentísima y estupidísima Biblia habla feo (no crean que ese libro solo habla mal de las mujeres).

De las pocas cosas que se sabían de la lepra había una que espantaba a aquella sociedad, mucho menos informada y, al parecer, más ignorante y prejuiciosa que la actual: para que usted se contagie de lepra basta que un portador de ese mal tenga contacto con usted, estornude o escupa cerca; y esa era suficiente razón para mantener a los enfermos aislados y apartados del resto del mundo, en lugares de peor índole que las cárceles.

Los fragmentos bíblicos en los que se habla de ese mal son toda una experiencia de sicoterror. Dice un tal Levítico (así se llama un capítulo de la Biblia; me perdonan si ese no era el nombre de un tipo, lo que pasa es que ahorita no quiero averiguarlo), en el Antiguo Testamento, que Dios les dijo esto a dos profetas: “Leproso: es inmundo. Y el sacerdote lo declarará luego inmundo: en su cabeza tiene llaga. Y el leproso en quien hubiera llaga llevará vestidos rasgados y la cabeza descubierta, y embozado deberá pregonar: ‘¡Soy inmundo! ¡Soy inmundo!’. Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada”. En la Edad Media los leprosos eran obligados a llevar unas tablitas y hacerlas sonar como una clave cuando caminaban por las calles, para que la gente se apartara o saliera corriendo al escucharlas.

Increíblemente, hay un libro más cómico que la Biblia en ese renglón. Se trata de Súsruta Sámrita, una especie de guía médica del siglo III, muy apreciado en la India. Dice: “Un leproso eliminará esta enfermedad si observa una dieta adecuada, una conducta intachable, si practica toda clase de penitencias expiatorias (como dar dinero a los sacerdotes brahmanes) y si recurre a los medicamentos adecuados”.

Así que ya lo saben: a pagar el diezmo, niñas y niños.

CONTRA LOS PEORES MALES

En estos días estaría cumpliendo 105 años (murió a los 100 exactos) Jacinto Convit, un caraqueño de La Pastora, quien después de visitar a enfermos tan destruidos física, sicológica y socialmente hizo lo contrario a lo que hacía casi todo el mundo: en lugar de huir espantado, el muchacho de 25 años decidió que esa sería su área de trabajo y de investigación. En pocos meses Convit se convirtió en médico, amigo, consejero y odontólogo de aquellos seres humanos. Odontólogo: esa gente que mete las manos en la boca de sus pacientes, así la saliva sea una vía de transmisión de su mal. Una de las primeras medidas fue exigir para los pacientes un trato más digno: nada de cadenas, aquellos eran pacientes, no criminales ni monstruos. Medio siglo estuvo investigando esa dolencia con su equipo médico, hasta que en los años 80 dio con lo que habría de ser la vacuna capaz de erradicar ese mal milenario. Ya no existen leprocomios en Venezuela (en muchos países todavía los hay) porque gracias a Jacinto Convit ya es posible curar la lepra. Con igual pasión se entregó a la resolución de otra pesadilla deformante y mutilante: la leishmaniasis, una dolencia que destruye la piel y también, según el tipo, algunos órganos vitales.

No le alcanzó la vida para derrotar al cáncer, aunque este mismo año una revista internacional reconoció la efectividad de un método para obtener una vacuna específica contra el cáncer de mama. Se trata de una “autovacuna”, en la que las células enfermas del paciente producen su propia sustancia sanadora. Lo llaman inmunoterapia: el sistema inmune es estimulado para producir su vacuna, que será personalísima y de ninguna manera comercializada. ¿Cuánto pagaría usted por una sustancia producida por su propio cuerpo?

Por cierto que el doctor Convit no cobró nunca a ningún paciente por atención médica ni por un tratamiento. Así que, al menos en el nivel personalísimo de sus luchas, derrotó también al cáncer del hambre de riquezas.

ÉPALE 294

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