Jacinto Ven a Veinte

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

“Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento».
Ramón María del Valle-Inclán

El origen del teatro es el mismo origen de la humanidad. Esta no es una manera de recalcar la solera del teatro, es una descripción que da cuenta de que todo hecho teatral está vinculado al devenir humano.

En el mundo occidental, el nacimiento del teatro está marcado como un fenómeno muy reciente, algo más de cinco siglos antes de nuestra era. La tragedia es la expresión de ese nacimiento. Entre el origen ancestral y complejidad y profundidad de la tragedia se le podría conferir al teatro un aire trascendente, místico, serio…

Sin embargo, desde los mismos inicios ha habido una ruptura, una diversión del camino solemne, que no solamente le ha otorgado al quehacer teatral una condición profana, sino que en casi toda su historia se le ha atribuido a sus oficiantes una dudosa reputación, porque si la tragedia es la expresión acabada e inaugural del teatro occidental, las orgías místicas (unas festividades religiosas en la que los participantes desataban y practicaban sus apetencias sexuales, se emborrachaban, se drogaban y dejaban salir la represiones que ninguna otra celebración les iba a permitir) eran las celebraciones que derivaron en ese arte acabado y trascendente. Por ello, no es de extrañar que al lado de la tragedia se desarrollara la comedia, por eso es que el símbolo del teatro son esas dos máscaras que todo el mundo reconoce.

El teatro, entonces, se ha desarrollado dando cuenta de esas dos caras. Después de un largo camino que no cabe en este texto, al teatro lo fueron confinando a una cárcel que si bien le permitió alcanzar una enorme dimensión estética, también hizo que sus posibilidades de expresión cotidiana y liberadora fueran vistas con muy malos ojos: los ojos del desprecio. El teatro tenía que ser trascendente, escrito, representado desde unos parámetros que dictaba la “cultura”. Es inolvidable en la película Moliere, en el que este se empeña en montar tragedias a lo Racine, pero ni al rey -que era su mecenas- ni al público y ni siquiera a los de su propia troupe le gustaba, así que un día, en plena representación interrumpió sus parlamentos trágicos y arrancó con un texto y una actuación cómica, lo que logró que todos los que estaban a punto de abandonar la sala se devolvieran a sus asientos y aplaudieran hasta rabiar.

En esta dicotomía entre ese teatro serio, “culto” y celebrado por ciertas academias y un teatro popular y alejado de la pompa, un español comenzó a escribir, a hacer su teatro soslayando la solemnidad, acercándose a la tradición popular, y al mismo tiempo escribiéndolo como dictaba la norma. Esto produjo maravillas como Los intereses creados, una de sus mejores obras, la acogida popular y elitista, el premio Nobel y una enorme difusión en el planeta fueron su recompensa.

Homenaje

Cuando Aquiles Nazoa comienza a escribir “Teatro para leer”, se le ocurre utilizar el seudónimo Jacinto Ven a Veinte. De esta manera sintetiza un montón de cosas, tales como homenajear a Jacinto Benavente, el español en cuestión, dar cuenta de ese teatro humorista, basado en la comedia del arte que usó el dramaturgo premiado por los suecos y, tal vez lo más importante, que se toma a broma tanto al dramaturgo, al premio, y a lo muy de moda que estaba en Venezuela este escritor madrileño.

Jacinto Ven a Veinte inaugura  su “Teatro para leer” en la revista humorística El Morrocoy Azul. Terminó escribiendo 34 piezas, en su mayoría parodias de obras teatrales, narraciones literarias o acontecimientos históricos, esto hace que el seudónimo también le venga al dedo por su carácter paródico. Otras piezas de su “Teatro para leer”  están muy vinculadas a la estructura del sainete, que es una de las expresiones teatrales más arraigadas en la Venezuela a finales del siglo XIX y bastante entrado el siglo XX, de hecho José Ignacio Cabrujas se valió del sainete para escribir parte de su obra.

Aquiles Nazoa escribe un teatro con profunda raigambre popular. Sus códigos, estructura, giros son de las voces de la calle, los chistes. Frases y usos que se podían escuchar en cualquier barrio caraqueño. Al mismo tiempo que estas están escritas de manera magistral, con alto vuelo poético en tanto métrica, imágenes, construcción y gran conocimiento de los referentes.

Un buen amigo al principio y enemigo jurado después de Jacinto Benavente, fue Ramón María del Valle-Inclán, creador de una forma teatral “El esperpento”, este autor viene a cuento porque su dramaturgia la declaró como teatro para leer,  las acotaciones estaban elaboradas con características literarias y poéticas, esto lo hermana con Aquiles Nazoa, quien también hace de las acotaciones parte de la proposición estética. En ambos casos crearon un teatro para leer que fue y es llevado a escena innumerables veces. Por otro lado, estilística, ética y políticamente hay más cercanía entre estos dos escritores que entre Nazoa y Benavente.

Aquiles Nazoa es un maestro de la parodia, su manera de abordarla trasciende la intención de hacer humor para convertirla en un vehículo que le otorgar varios significados a lo que escribe, nos dice de manera subyacente: “Esto es la versión de algo escrito anteriormente, que tiene carácter universal”; “con ello estoy haciendo una crónica del modo de ser del venezolano”, “aprecie cómo suena esto en venezolano y en clave de humor”, también dice: “Podemos escribir esto con nuestro propio lenguaje de la calle”, intenta descifrar los códigos de la obra original por el contraste que establece con su pieza. Es decir, convierte la parodia en una exégesis de la pieza original, al igual que en su momento hizo Aristófanes con su comedia que terminada siendo una parodia de los trágicos. De hecho  El credo de Nazoa, tantas veces dicho en escena, es una parodia de un rezo católico.

Aquiles Nazoa echa mano de Jacinto Ven a Veinte para inaugurar su “Teatro para leer”, y con ello le brindó a la humanidad una excelente dramaturgia, que ha sido acogida, no solo para ser leída sino representada, haciendo divertidamente amable ese vínculo indisoluble del ser humano y el teatro.

ÉPALE 371