Jacobo árbenz: otro derrocamiento “modelo”

El día que fue expulsado de su patria rumbo a México (ese México de la tradicional hospitalidad a perseguidos políticos), el presidente derrocado dos meses y medio atrás, al llegar al aeropuerto de la capital de Guatemala, fue sometido a una singular humillación: fue obligado a quitarse la ropa ante las cámaras de la prensa arrastrada a EEUU para que lo revisaran públicamente, porque a algún Nelson Bocaranda del momento le dio la gana de acusarlo de llevarse unas joyas de oro robadas. Por supuesto que no le encontraron joya alguna; aquel estúpido gesto era apenas un trámite más del proceso de destrucción de su honor. Era 1954 y ya la maquinaria del “periodismo” al servicio de los poderes hegemónicos sabía hacer su trabajo. Jacobo Árbenz ya no volvió a regresar con vida a su país.
La propaganda y las operaciones psicológicas de la época, esencialmente iguales a las que están activadas hoy día, intentaron embadurnarlo con la acusación más mortífera del momento para todo adorador de EEUU: lo llamaron comunista. Esa versión se convirtió con el tiempo en historia oficial, pretendido insulto que ha pasado a convertirse en honor.
El militar guatemalteco, presidente de su país desde 1951, no era exactamente un comunista ni un socialista, pero había tenido el coraje de enfrentar a una de las mafias más poderosas del siglo XX: expropió las tierras de la United Fruit Company y decretó el pago de un impuesto a las exportaciones de banana para financiar programas sociales. Fue apenas un ángulo (bastante filoso, por cierto) de la Reforma Agraria que pretendió, y que casi logró por completo, sacar al hermoso —pero empobrecido— país de la lógica semifeudal y colonial, y colocar algo de los recursos de la explotación del cambur guineo al servicio del pueblo pobre. Fueron 500.000 hectáreas las que recuperó de los tentáculos gringos, medio millón de campesinos beneficiados con créditos por muchos miles de dólares. De paso, en 1954 alguien detectó en ese territorio la presencia de un muchacho argentino, casi médico y con cara de agüevoniao, de quien se decía que era un peligroso comunista: un tal Ernesto Guevara, a quien todavía no llamaban el Che. Algo andaba “mal” en ese reducto que EEUU gobernaba, saqueaba y mandaba a chaparrear a su gusto, para que ahora viniera un militar alzao a pretender que eso dizque era un país.
Meterse con los intereses de la United Fruit era en ese momento como meterse con algo más grave que Dios, que el gobierno y que la mamá del presidente de Estados Unidos. La CIA entró en acción y empezó la fabricación del expediente: Árbenz, comunista; Árbenz, agente secreto del gobierno soviético; Árbenz, ateo y propulsor de antivalores contra la familia, la propiedad privada y la religión.
Asediado por la CIA y rodeado de gobiernos enemigos y títeres proyanquis de El Salvador, Nicaragua y Honduras, se produjo una invasión de mercenarios financiados por Estados Unidos (qué raro, qué novedad). Árbenz, militar de carrera, tenía fuerza y tácticas con qué defenderse e incluso derrotar, al menos, a la primera avanzada de apátridas; pero, sorpresivamente, el 29 de junio de 1954 renunció a la presidencia y solicitó asilo en la embajada de México. Allí permaneció varias semanas, hasta que obtuvo el permiso para salir; se produjo entonces la escena de la humillación en el aeropuerto y comenzó la etapa final de su vida.
Ya que tanto lo habían mortificado por su relación con los comunistas, su largo periplo por el mundo lo llevó en la década de los 60 a Cuba. Árbenz era un hombre acostumbrado a mandar, pero su estilo, su procedencia y sus convicciones no encajaban del todo con la Revolución cubana, que no era un gobierno acusado de comunista, sino un experimento de construcción del comunismo por todo el cañón. Vivió en Cuba unos años, pero de muy bajo perfil y sin ninguna incidencia en los asuntos cubanos. De hecho, Fidel Castro no perdía ocasión de hacerle un poco de bullying cada vez que EEUU lo amenazaba: “Los gringos como que creen que Cuba es Guatemala y que yo soy Jacobo Árbenz”. El buen Jacobo tal vez no se merecía este tratamiento, pero ve tú a saber qué tensiones se suscitaron en su relación con el comandante.
Árbenz tuvo otros domicilios y otros episodios dolorosos en su vida. Su separación fue objeto de escándalos y chismes devastadores, ni él ni su esposa se salvaron de la propaganda sucia, que seguía persiguiéndolos años después de su renuncia. Árbenz se entregó al alcohol y sucumbió a la depresión. Su hija, asediada también de muchas maneras, objeto de abusos y vejaciones, se suicidó en 1970. Pocos meses después, en 1971, el digno militar murió en la tina de su baño, quemado, electrocutado o ahogado de una manera de difícil narración, un poco extraña, incluso para ser narrada en esta revista.
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La metáfora de Jacobo Árbenz culmina con una buena noticia y varias noticias muy malas: 1) ya no existe ni es viable la United Fruit Co.; 2) ahora existen estructuras de tan enorme poder y perversión al servicio de EEUU que, al lado de éstas, la United Fruit parece el departamento de juguetes para niñas delicadas de la Unicef; 3) Estados Unidos sigue derrocando presidentes dignos, México les sigue dando asilo y tal parece que no hemos aprendido lo suficiente de nuestra dura lucha secular contra los poderes imperiales.

Épale CCS /POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE /Fotografías ARCHIVO