EPALE 215 Jerson Mezzone 1

ADICTO, INDIGENTE, CONOCIÓ EL INFIERNO Y REGRESÓ. HOY DIRIGE UNA FUNDACIÓN PARA ATENDER A PERSONAS CON DISCAPACIDAD Y ACLARA QUE TODO EL QUE ADMITE SU ENFERMEDAD SE SALVA. ÉL LO LOGRÓ

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Las ráfagas de plomo eran cualquier vaina. Venían desde La Fila, pero abajo respondían a discreción. Así pasaron una tarde entera hasta que le dieron al Niño Rápido, el primo del difunto Iván Tovar, el único que no consumía en todo el barrio. Jerson lo fue a buscar. La balacera era cerrada, el día pasaba sus cerrojos. El diálogo fue sencillo: “Hermano, vengo a que me entreguen a este pana, si me quieren matar, mátenme, pero me lo llevo”. “¡Coño, mano!, agárralo y arranca”. Lo arrastró como pudo al Santo Sepulcro, no podía llamarse de otro modo en medio de El Cementerio. “Tengo ganas de orinar, Jerson, tengo ganas de orinar”. “¡Coño, marico, achanta!, ya viene una ambulancia”. “No aguanto, men”. Empujado por la adrenalina, bajó el cierre del pantalón de su amigo y le sacó el miembro. Lo que orinó el Niño fue chorros de sangre. Le habían dado 17 tiros. Y se salvó.

Jerson Mezones se había convertido, a sus 16 años, en el único capaz de avanzar en territorio enemigo a recuperar a sus muertos o heridos. Luego volvía a su trinchera, a disparar. Las bandas tenían sitiado al barrio Los Sin Techo y un trastornado gigante, hecho de ébano, defendía su territorio por el control de la plaza, como buen azote. El bazuco se vendía a destajo. Las estrellas de televisión se aprovechaban de la única calle que subía y bajaba discretamente hacia la autopista, haciendo de la transacción una operación para nada traumática.

A los 8 años, finales de los 70, ya le habían dado a probar. La muestra era gratis, los narcos se estrenaban en el barrio. Los pelados empezaban probando y después se dedicaban a vender para pagar sus dosis. Cuando llegaba un carro, era como un mercado persa: todos se le lanzaban a “los conejos” como niños debajo de una piñata, ofreciendo su mercadería a través de las ventanas.

Eran como 20 preadolescentes que se reunían en su casa a fumar. Una vivienda humilde, de dos habitaciones colonizadas por los miembros de su extensa familia, incluyendo tías con sus maridos e hijos. Al final, los únicos que no se arrebataban eran su abuela y su mamá.

Casi 30 años después, con las neuronas achicharradas, los reflejos adormecidos y la dignidad abolida, mientras se dedicaba a orientar a los conductores que necesitaban parquear sus vehículos en la vía, para sacar la plata que le garantizara el crack, escuchó a dos escolares que perseguían a una carajita explotada: “Vamos a violarla, el papá es piedrero, si se mete, lo quebramos, ¿a quién le va a importar?”. Pensó en sus hijas Naimelys, Naikelys y Nayandú. Hizo un paneo sobre su estampa: unas cholas roídas, la camisa desmigajada y un chor. Indigente. En el siguiente autobús de los de la granja Oasis se montó.

“Vamos a ver si es verdad que Dios existe”, fue lo último que dijo antes de abandonar el infierno.

LOS OJOS

“El deporte es fundamental para salir de las drogas”, dice quien estuvo en el foso

“El deporte es fundamental para salir de las drogas”, dice quien estuvo en el foso

De 2,03 metros de alto y talla de zapatos 50, lo que más me impresiona son sus ojos. Superado el asombro de verlo indefenso, sentado como un niño abandonado por sus padres en una mesa solitaria de la panadería donde nos dimos cita, reparo en el naranja ambarino que se fue tornando en gris cansado. Yo sabía de ojos que cambian de tonalidad. A una de mis ex, el gris se le volvía rojo fuego cuando no fregaba los platos, negro ceniza cuando sospechaba de un cacho y amarillo pollito cuando le adelantaba la quincena.

Nació porque estaba señalado en el olimpo de los prodigios. Su madre, abandonada por un marido, intentó abortarlo introduciendo ganchos en su vagina, tomando pastillas, bebedizos. Pero nació sano, aunque signado por el sello lacrado del rechazo. Era un hijo bastardo y eso lo marcó como un excomulgado. Contra él se afincaron los castigos familiares, las golpizas, el abandono.

Se hizo un chamo tremendo y la rebeldía tomó un cariz épico a raíz del encarcelamiento de un tío, circunstancia que le permitió recorrer la mayoría de las penitenciarías del país.

“Yo me llegué a fumar 1 kilo de bazuco en tres días con una mujer en una habitación. Siete cajas de cigarro, seis bombonas de anís. Y mientras más fumaba, más quería”, comenta. “Fue una época muy fuerte de enfrentamientos de bandas entre los barrios 1ero de Mayo, Las Marías, Los Sin Techo y La Sin Ley”.

—¿QUÉ FUE LO MÁS DIFÍCIL?

—Cuando caí en el fondo, terminé viviendo debajo de un puente.

—¿QUÉ CONSUMÍAS EN ESA ÉPOCA?

—La piedra. Eso te quema el cerebro. Me metía un coñazo de piedra y quedaba seco, pero de pronto empezaba a sudar, a morir. Y así, aún salía a buscar real para más droga. La persona adicta es muy charlatana, uno llega a convencer a cualquiera para quitarle dinero. Llegué a matar a mis hijos —figurativamente—, sacar comida de mi casa para vender, a todas las mujeres que tuve las robé y a la última llegué a venderle hasta las pantaletas, champú, jabones, la ropa de la niña y hasta una cadena de bautizo de mi hija.

Durante sus pasantías en las catacumbas conoció de todo. Recuerda a un hombre con una colostomía, también adicto, con la capacidad de sacarse “el tripero” para salir a pedir. Luego de la colecta diaria regresaba al escondrijo y succionaba hasta que reintroducía el contenido abdominal, con una habilidad pasmosa.

—¿POR QUÉ LLEGASTE A ESO?

—Los problemas familiares, la crianza, lo que viví. Estuve con personas consumiendo, que tenían muchísimo dinero y consumían más que yo, porque los padres estaban trabajando y no los podían atender. En fin, cada quien tiene sus problemas pero no todo el mundo los comenta.

Cuenta su periplo de drogadicto interoceánico, cuando ingresó en la Marina. “Yo consumí drogas en medio mundo, que ni siquiera habían llegado a Venezuela. En Estados Unidos, en Francia, en México, en Portugal, a donde iba, llegaba pidiendo, era sencillo. “Pana, ¿dónde hay drogas por ahí?”. Siempre salía el que decía ‘métete esto, inyéctate esto’. Entonces el cristal, el LSD, el éxtasis, el popper, todo eso lo conocí antes de que se conociera aquí”.

—¿ROBABAS?

—Siempre trabajé, nunca robé. Llegué a tener empleos buenos, trabajé hasta en la Polar. Cuando una persona se ganaba en un sueldo semanal 37 bolívares, yo me ganaba de 150 a 180. Casi todo me lo consumía de viernes a sábado. Cuando empecé el consumo de crack, arrancaba a las 4 o 5 de la mañana en mi trabajo y pasaba todo el día drogado.

LA VIDA

Para 2002 había mucho daño en su cuerpo. Su rostro estaba marcado por los zarpazos de la calle. Había esquivado las balas, las rehabilitaciones, una extraña ola de asesinatos de indigentes. En la granja Oasis de Kempis, estado Miranda, logró darle un vuelco a su existencia con la ayuda del pastor Ricardo Romero. No es un símil barato: durmió corrido y al tercer día se levantó, literalmente, de entre los muertos, como un cristo negro.

La abstinencia la fue sobrellevando con una mezcla de leche en polvo, fororo, azúcar y avena. Así controló la ansiedad.

Lleva casi 15 años “limpio” y ese tiempo lo ha dedicado, aparte de recuperar su vida, a trabajar en la atención de personas en situación de discapacidad, gracias al apoyo de una amiga que recuerda con dulce nostalgia: Belkis Cárdenas, reconocida en el ámbito de “los patulecos”, como ella solía llamarlos con cariño militante.

Es recurrente ver a un gigante como el Corcovado de Río atravesar la meta de los maratones más conocidos del país. Nunca llega de primero, pero siempre llega, aunque al principio se desmayaba a cada rato.

Estudió enfermería en la Unefa, aunque los tropiezos burocráticos no le han permitido culminar, y todos los cursos y talleres imaginables en atención al discapacitado. Crea Fundamor (Fundación Amor, Trabajo y Constancia sin Límite) y se dedica, junto a un nutrido grupo de colaboradores, a conseguir ayudas técnicas de sillas de ruedas, bastones, operaciones, paseos recreacionales y organizando viajes y entregando ayudas entre esta población vulnerable con la ayuda de diversas instituciones públicas y privadas.

Los martes, miércoles y viernes se jubila del planeta: se dedica de 7 a 10 de la mañana a entrenar a un invidente, cuatro personas con discapacidad intelectual, dos síndrome de Down y dos amputados en una sala de entrenamiento de Guatire, donde reside actualmente.

—¿TODA PERSONA SE PUEDE SALVAR?

—Toda persona que sepa reconocer que tiene una enfermedad y necesita una ayuda. De parte de él queda ingresar en la etapa de restauración o no.

—¿CÓMO HACES PARA CONSEGUIR ZAPATOS?

—No me lo vas a creer, pero ahorita tengo diez pares. Dios no me falla.

 

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