Entrevista para la revista Épale CCS nº260

EL JOVEN INSTRUMENTISTA Y COMPOSITOR ES PARTE DE ESTA GENERACIÓN EMERGENTE DE CULTORES DEDICADOS A LA MÚSICA VENEZOLANA. DESDE LO TRADICIONAL CONSTRUYE UNA PROPUESTA VANGUARDISTA QUE ABARCA OTROS CAMPOS MUSICALES

POR MERCEDES SANZ • @JAZZMERCEDES ⁄ FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

Pareciera que la mandolina habla por él. En el escenario demuestra la gama de texturas y colores que tiene ese instrumento desconocido por la mayoría acostumbrada al arpa, cuatro y maracas. Aquel muchacho de baja estatura, delgado y con rasgos asiáticos, cuando comienza a tocar, y en la medida en que avanza en sus ejecuciones, va dejando de lado los cánones académicos para entrar en una interacción natural, y hasta chamánica, con su herramienta de diez cuerdas. Es como si se dejara poseer por ella.

No es casual que Jorge Torres aparezca en los créditos de numerosos discos de distintas corrientes y que, además, lo inviten a participar en propuestas que van desde música tradicional venezolana hasta jazz, rock, pop y experimentos inimaginables. Lo que pasa con Jorge es que no tiene complejos a la hora de adaptarse a sonoridades nada comunes para él: “Hay que salirse de la zona de confort para poder construir y hacer cosas nuevas. Eso también es parte de nuestro aprendizaje”, dice pausadamente.

Musicalmente, Torres tiene un amplio territorio recorrido

Musicalmente, Torres tiene un amplio territorio recorrido

El mandolinista caraqueño invita a que lo vean, a que lo escuchen, a que sientan su música porque él no es de esos que se explayan en anécdotas, todo lo contrario: es reservado y formal. Realmente logra expresar más a través de su arte.

BUSCAR LAS RAÍCES

En tarima, las luces se encienden lentamente. De repente aparece él solo con su instrumento. Presenta a los músicos acompañantes, al evento y empieza a sacarle brillo a esa mandolina particular, que emula la del brasileño Hamilton de Holanda, una de sus grandes influencias. La tradicional —conocida y usual en el oriente del país— tiene ocho cuerdas. Pero la que utilizan Holanda y Torres fue cambiada en su morfología: le agregaron dos cuerdas.

“Esta mandolina tiene la bondad de permitir un registro más amplio en la parte grave y darle un enfoque guitarrístico. Con ella se puede descubrir otra forma de hacer música. La tradicional tiene un registro más agudo”, comenta el músico acerca de la diferencia entre ambos estilos de mandolina. La que él emplea ya se está elaborando en nuestro país, siendo el lutier Cosme López Garnier uno de los fabricantes y quien se la diseñó.

Jorge Torres no sale de la nada. A sus 32 años tiene un trecho bien recorrido. Fue parte de Ensamble Kapicúa, Movida Acústica Urbana, Rock and MAU, Joropo Jam y participa en muchísimos proyectos como Pepperland, Mi Juguete es Canción, Atapaima, por nombrar algunos.

Se trata de un joven inquieto. Ha colaborado en varios álbumes, produce para otros artistas, organiza conciertos y ahora tiene dos grabaciones en solitario: Estado neutral (2011) y En la cuerda floja (2017). Además de afianzarse como compositor, en ambas placas explora la música venezolana, el jazz, sonidos brasileños y latinoamericanos.

Su amor por la mandolina no fue a primera vista. Empezó con el cuatro en el Instituto de Educación Integral, y de allí pasó a estudiar teoría y solfeo en la Escuela de Música José Reyna, donde conoció la mandolina. A partir de ese momento su vida tomó otro rumbo. “El instrumento lo elige a uno y no al revés. Comencé con el cuatro, pasé por la guitarra y cuando llegué a la mandolina la cosa cambió, funcionó bien, la comunión entre el instrumento y yo fue amorosa”, señala.

A todo aquel que quiera estudiar mandolina Torres le dice “que se acerque a las instituciones que estén a su alcance; pero hay algo muy importante: que no abandone la música de su país, sus raíces, que busque a los cultores, trabaje la música desde el placer y se trace retos musicales que, quizás, la academia no le va a dar”.

ÉPALE 260

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