ÉPALE246-JOSELO

FUE EL HOMBRE MÁS CONOCIDO DE VENEZUELA EN SU MOMENTO, EL QUE HIZO REÍR A DOS GENERACIONES. SU “SECRETO” FUE UNA OBVIEDAD: PARA SER ÍDOLO DEL PUEBLO HAY QUE SER HIJO DEL PUEBLO Y COMPORTARSE COMO EL PUEBLO

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE •@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

“Oigan” este chiste.

—Mire, señorita, ¿no quiere comprarme plátanos?

—No, gracias, no quiero.

—¿Y no quiere auyamas?

—No, no quiero.

—¿Y no quiere velas?

—Ah, ¿también vende velas?

—No, que si no quiere ve’ las auyamas.

Un chiste no es un chiste si no hay alguien que te lo cuente con gracia. La mitad del éxito de un chiste reside en lo francamente bueno o ingenioso que sea, y la otra mitad tiene que ver con la chispa de quien lo cuenta. Hay buenos chistes que fueron reídos y olvidados y otros que perduraron. Chistes que funcionaron para una generación y, luego, ya no funcionan para la siguiente. Las pequeñas historias familiares están llenas de anécdotas del chiste estúpido que el papá, el tío o el abuelo siguen contando como si lo acabaran de escuchar, y del que se sigue riendo, pero que a más nadie le causa risa. Hay hazañas humorísticas: lograr que uno escuche el cuento cientos de veces y siga haciéndote reír muchos años después, a nuestra generación y al joven que lo escucha por primera vez.

Existe un clásico insólito, una joya del pueblo antiacademia, antiengreídos; una pieza vengadora del pueblo catalogado de bruto e ignorante por los encumbrados y aspirantes a prohombres, sacado de uno de esos discos que alternaban un estribillo con un cuento: música con humor. El mismo dice:

—¿Tú sabes quién fue Einstein?

—No, no sé, ¿quién jue?

—Un científico. ¿Y sabes quién fue Gutenberg?

—No, tampoco sé.

—Pues fue el inventor de la imprenta.

—Mira, y ¿cómo haces tú para saber todo eso?

—Lo que pasa es que yo voy en las noches a la escuela, para no ser un ignorante como tú.

—¡Aaah!, ‘tá bien. Entonces, ¿tú me puedes decir quién fue Juan Currutaco?

—¿Juan Currutaco? No, no sé. ¿Quién fue ese?

—Bueno, ese era el que salía con tu mujer mientras tú ibas a la escuela en las noches.

Pero no lo lea, óigalo en Youtube: Joselo & Hugo Blanco, “La Marabunta”.

En los años 70, y primeros 80, bastaba que Joselo contara un chiste, soltara una frase estudiada, copiada o espontánea; bastaba que se le ocurriera un giro lingüístico para que al día siguiente la gente lo imitara y lo comentara en las calles muerta de risa. Hubo expresiones “joselísticas” cuyo éxito residía en el contenido (por ejemplo: el muy homofóbico “o somos moluscos o somos mariscos”), pero hubo otras que rebasan la palabra escrita y, por lo tanto, es imposible reproducirlas acá con toda su carga y comicidad: si usted es lo suficientemente joven nunca entenderá dónde está el motivo de gracia de un gritico agudo que decía: “¿Y no es veldáaa?”. Pero pregúntele a alguien que tenía los oídos abiertos en los años 70, haga una encuesta entre cuarentones a ver si, al menos, le suena la frase: “Pa’ mí que tú estás loco. No sé si pa’ este, no sé si pa’ aquel; pero, pa’ mí, tú estás loco”.

ESTO OCURRÍA MUCHO: JOSELO SE SALÍA DEL LIBRETO Y SUS ACTORES SOLTABAN LA RISA SIN QUE ESO ESTUVIERA PROGRAMADO. ANTE LA MIRADA DESCOLOCADA DE LA MUJER, JOSELO LE ESPETÓ ESA FRASE QUE USTED Y YO HEMOS DICHO U OÍDO ALGUNA VEZ, CON TODA SEGURIDAD: “TOCAR LA PUERTA NO ES ENTRAR”

_

Joselo implantó en el habla popular una expresión que todavía usamos los venezolanos, la mayoría sin saber de dónde viene. En un sketch el personaje El Mendigo simula que está muy enfermo y adolorido; la estrategia le funcionó porque fue llevado a un hospital y ahí no solo tenía una cama sino que lo alimentaban y consentían. Había una enfermera que estaba particularmente buena y en un descuido de ella, al pasarle por un lado, va el mendigo y le agarra una nalga. No sé si la memoria me traiciona o quiere deformar las cosas para contarlas como me suenan mejor, pero estoy casi seguro de que esa acción fue improvisada y que la actriz se volteó, genuinamente sorprendida (esto ocurría mucho: Joselo se salía del libreto y sus actores soltaban la risa sin que eso estuviera programado). Ante la mirada descolocada de la mujer, Joselo le espetó esa frase que usted y yo hemos dicho u oído alguna vez, con toda seguridad: “Tocar la puerta no es entrar”.

Es sabido que la mayoría de los chistes y sketchs protagonizados por José Díaz Márquez fueron escritos por el guionista y músico Hugo Blanco, pero en alguna entrevista el cómico reveló cuál era la fuente de esas expresiones y frases que se hicieron inmortales: Joselo las escuchaba en algún campo, calle o local lleno de pueblo; se las oía a sus amigos o transeúntes, las copiaba con su carga y entonación, les ponía algo de drama “joseliano” y no había manera de que no funcionara. Joselo era el pueblo viéndose y escuchándose en esa televisión llena de encorbatados y petulantes. Para aparecer en televisión había que andar correctamente trajeado y maquillado, pero en el programa más visto de la televisión venezolana quien mandaba era el múltiple personaje en que se transmutaba el cómico llanero: Joselo era mendigo, era perro (personaje fabuloso que entretenía y hacía reír sin decir ni una sola palabra durante varios minutos del programa), viejo verde, político corrupto, policía, niño malcriao; el Joselo niño (Joselito) fue otro fenómeno de radio y televisión.

DE HOMBRE A HOMBRE

José Díaz Márquez impactó de tal manera el negocio de la televisión que hubo un momento en que Venevisión puso al aire dos programas semanales suyos: uno los lunes en la noche, para competir con Radio Rochela (RCTV); y otro los miércoles a mediodía, para desbaratar todos los noticieros. Esto lo convirtió en el hombre raiting, el ser humano más conocido de Venezuela, sobre todo el más popular. En otra entrevista, para El Nacional, llegó a decir: “Tengo más plata que Gustavo Cisneros. Las empresas de él manejan mucho más plata, pero de hombre a hombre soy más rico que él”. Habría que oírselo en persona para precisar si esa declaración era un chiste o una convicción.

Aquello que más arriba llamábamos “chispa” no tiene que ver exclusivamente con el lenguaje sonoro sino también con el corporal, con la actitud, ese asunto misterioso que viene con algunos actores y comediantes de manera natural. Joselo hacía reír antes de pronunciar la primera palabra. Conservo un recuerdo personal de una visita suya a la Carora de mi niñez, donde fue con un equipo de beisbol de Venevisión para participar en el El Beisbol de los Artistas, una gira que solía hacer un equipo de figuras de la televisión para recabar fondos con fines benéficos. Cada vez que Joselo era anunciado por los altavoces las tribunas se desparramaban en aplausos y carcajadas. Cada movimiento del tipo era un show, un acontecimiento que provocaba la risa de la gente. Recuerdo que en uno de sus turnos al bate conectó un sencillo: el público soltó la ovación de la tarde. Pero el hombre calculó mal la velocidad y la distancia y fue agarrado entre primera y segunda; esa forma de tratar de escapársele al pelotero que lo seguía para ponerlo out, mirando para atrás como asustado, fue algo así como el espectáculo del año en mi pueblo.

Eso: cualquier pelotero queda atrapado entre dos bases y no tiene por qué ser inolvidable para nadie. Recuerdo ese episodio 40 años más tarde y estoy seguro de que no soy el único caroreño que conserva ese momento.

No por promotor de la risa y la felicidad escapó el fenómeno Joselo a las llagas sociales de su tiempo. Es por eso que sus piezas más difundidas hayan sido “Las gaitas de las locas”, un catálogo de chistes y burlas contra los homosexuales. En varios de sus discos “se le escapan”, también, chistes racistas y vejatorios en contra de gente con discapacidades varias. Joselo fue una expresión de nuestro pueblo herido y terrible, tierno e implacable, amoroso y rencoroso. De su honesta forma de burlarse de sí mismo, burlándonos y mostrándonos tal cual éramos o somos, emergió ese ícono de la cultura de masas que en estos días estaría cumpliendo 79 años de edad.

ÉPALE 246

Artículos Relacionados