ÉPALE283- JUAN LUIS GUERRA

DECIR QUE EL MÚSICO DOMINICANO “PARTIÓ EN DOS” LA HISTORIA DEL MERENGUE ES UN INSULTO A LA POESÍA, QUE NO TOLERA LUGARES COMUNES. PERO DE QUE LA PARTIÓ, LA PARTIÓ

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

En los años 80 el trabajo de la generación de merengueros marcas Johnny Ventura y Cuco Valoy rindió sus frutos. Hablando en términos de industria musical (tú sabes: cuántos discos grababas, cuántos premios obtenías, cuántas veces aparecías en los sábados sensacionales de todos los países que orbitan alrededor de la gusanera de Miami) el merengue era, hasta entonces, un producto despreciado por los delicados oídos de cierta clase media, hasta que un músico-empresario le apostó al ritmo y ganó. Después de realizar dos o tres presentaciones como segundón en la Fania, Wilfrido Vargas decidió que lo suyo era el merengue y armó la grande desde su país.

A este señor se debe la masificación de fenómenos tipo Las Chicas del Can, Bonny Cepeda, Rubby Pérez y demás. Hemos llamado “ritmo” al merengue de manera automática, y no porque se nos escape que no consiste en un simple repiqueteo uniforme sino que es todo un movimiento y un género. El caso es que la gente escuchaba letras como:

Nunca olvidaré

el día que

sentado en el parque la besé:

los niños volando,

las palomas jugando…

Y era la gloria. Nunca antes el merengue había sido asociado tan acertadamente a lo que ciertos círculos llaman poesía. Decíamos en esa época: “El merengue llegó a su más alta cumbre”. Claro que uno escuchaba basura tipo Tengo un traje de Yves Saint-Laurent, un perfume de Paco Rabanne… y se percataba de que eso de llegar a la más alta cumbre es una forma elegante de decir que algo se ha estancado, que ya no puede elevarse más, que se anquilosó y se jodió. Cosa que resultaba evidente cuando, después de varios años de atiborrar la radio con letras estúpidas, tal vez para darle protagonismo al ritmo, uno de los hits que medio le dieron un respiro al negocio del merengue fue aquel nefasto e insólito “Merengue sin letra”. El ejercicio onomatopéyico o prosopopéyico tuvo un antecedente notable, autoría de Wilfrido Vargas: “El africano”, una pieza que tampoco decía un coño y que consistía en burlarse de los gritos, presuntamente africanos, de un carajo que hacía grandes esfuerzos por bailar feo y cantar peor.

Pero a finales de los 80, cuando se suponía que ya “ese” merengue sepultaría para siempre, en los afectos del bailador, a la pobre salsa apocadita en sus variaciones dizque “erótica” y “romántica”, sucedió algo que destrozó todo concepto de cumbre, poesía, merengue y música. Ese algo hizo que los merengueros de los 80 se retiraran tranquilamente a sus casas: cuando Juan Luis Guerra y 4:40 se soltaron a vender discos, los demás entendieron que ya no había nada que hacer sino sentarse a escuchar lo que traía el nuevo genio musical del siglo. Pudo el buen Wilfrido, por fin, tirarse en su chinchorro a descansar, ya que ninguna paloma o niño volando y ningún “Te veré caé” podían competir con creaciones de alta factura como cualquiera de las que echó a volar este Juan Luis Guerra, que anda cumpliendo años en estos días.

ESTO NO ES MERENGUE

Nadie en la historia de la música caribeña (tómelo quien quiera como una metáfora, pero no lo es) le había dicho a una mujer cosa tan misteriosa, sutil y apabullante como aquella que chorrea la canción Coronita de flores”:

Tengo una curita en las venas

para que tu amor no me duela si ha de salir.

Prendo una velita en la esquina

de mi alma para no sufrir.

Y tengo una casita en el pecho

si acaso se te pierde un beso

mordido de abril.

Y una coronita de flores

para que te acuerdes de mí…

Nadie sino Juan Luis Guerra es capaz de meter tantos diminutivos en una estrofa sin parecer gay. El hombre tuvo que explicarnos que esa cosa tierna y contundente se llamaba “bachata”, hija del bolero y de los cantos de desahogo o ceremoniales de los esclavos en las plantaciones de caña.

“DE TU BOCA” Y “GUAVABERRY” SON CAPACES DE PONER A MENEARSE A UN SOFÁ, SIN NECESIDAD DE ANDAR BURLÁNDOSE DE LOS AFRICANOS Y SIN NECESIDAD DE PONER A JUANA LA CUBANA A PARARNOS EL MACHETE CON SU QUIEBRE DE CINTURA (QUE TAMBIÉN SE VALE, CLARO QUE SE VALE)

Otra bachata monstruosa, “Frío, frío”, resultó otro fino poema que pudiera funcionar como single para esas duchas que nos permiten controlar la temperatura, pero que resulta otra creación poética colosal. Esta pieza es tan soberbiamente arrecha que por ahí salió una versión a dúo con Juan Luis y Romeo Santos, y suena buenísima: ni siquiera la inmensa mediocridad del Romeo logra dañar la obra maestra. Usted agarra “Estrellitas y duendes” y “Bachata rosa” y los lee en cualquier recital, sin la orquestación, y allí verá a esas letras regodearse en profundidad poética con cualquier Vallejo, Montejo o pendejo con ínfulas de poeta.

A ver, Cadenas, acércatele a los tobillos a esta construcción:

Amor, / eres la rosa que me da calor, / eres el sueño de mi soledad, / un letargo de azul, /un eclipse de mar. / Amor, / yo soy satélite y tú eres mi sol, /un universo de agua mineral, / un espacio de luz /que solo llenas tú.

Obvien todos los “ayayay” y esos condimentos destinados, únicamente, a llenar huecos para que la melodía no continúe sola el camino.

Todo eso, sin dejar de entrarle a lo salvajemente lúdico, a la verdad del merengue: “De tu boca” y “Guavaberry” son capaces de poner a menearse a un sofá, sin necesidad de andar burlándose de los africanos y sin necesidad de poner a Juana la Cubana a pararnos el machete con su quiebre de cintura (que también se vale, claro que se vale).

Por cierto, el tiempo del estallido de Juan Luis Guerra fue un tiempo de quiebre, de definiciones, de épocas que morían y otras que comenzaban a nacer. Lo percibí personalmente en 1990, cuando el tipo se presentó en la Plaza del Rectorado de la UCV: quienes lo vimos y escuchamos allí pertenecíamos a una generación que llamaron “boba” (y bien boba que fue), y que estaba en el trance de despertar violenta y amargamente a la política luego de la masacre del Caracazo. No solo el merengue, tal como lo conocíamos en y desde América Latina, moría de mengua y de falta de pulsión artística. También las sociedades nuestroamericanas se estremecían y es fama que antes del Caracazo hubo otra convulsión en República Dominicana por las mismas causas: era el ser humano de un viejo tiempo rebelándose contra el monstruo neoliberal y avanzando hacia otro distinto. En los años 90 Latinoamérica entró en un “veremos” desesperado y desesperante (en Venezuela estuvimos tan confundidos que le pateamos el culo a CAP pero volvimos a elegir a Rafael Caldera), y en esa misma época el merengue, marcado a fuego por Juan Luis Guerra y 4:40, se diluyó en una vaina también confusa y también “veremos”: Elvis Crespo y, luego, Olga Tañón.

¿Y Juan Luis Guerra? ¿Años 90? Pues el hombre se agotó personal y existencialmente y terminó abrazando el pentecostés y toda esa regorgalla evangélica. Creyó todo el mundo, menos los evangélicos, que esa conversión significaría su destrucción como creador, y miren cómo nos pelamos: el carajo reapareció por ahí predicando la palabra y tal, pero aun así el genio le alcanzó para cantarle a Dios otra piezota para la Historia:

Jesús me dijo que me riera / si el enemigo me tienta en la carrera. / También me dijo: no te mortifiques / que yo le envío mis avispas pa que lo piquen.

Y nos picaron esas cochinas avispas del sabor, incluso con un Juan Luis reconvertido.

ÉPALE 283

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