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LA PIEL BONITA, MORENA CURTIDA Y LISA. EL PELO AÚN OSCURITO LE CRECE FUERTE Y ABUNDANTE. TIENE UN PERFIL AL QUE SE LE OLVIDÓ ENVEJECER Y LA COMPLEXIÓN FÍSICA DE UN MUCHACHO DE 14. TRAS ESA ESTAMPA, 102 AÑOS DE HISTORIAS

POR MALÚ RENGIFO • @MALURENGIFO  ⁄  FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Tal como lo sospechaba, Caracas hace cien años era solo un pueblecito. Me lo dijo una persona que estuvo ahí y que todavía hoy camina la ciudad con andar seguro y ligero, usando el bastón casi como un protocolo, añadido a la indumentaria diaria para que le crean la edad. Se llama Juan Mijares Camargo y nació el 29 de marzo del año 1915 en las montañas de San Diego de los Altos. Diez meses después, ya estaba viviendo en Caracas.

“Mi papá hacía carbón allá en San Diego. Cuando todavía no había nacido se venían mi mamá, mi papá y mi hermana a Caracas a vender el carbón que hacía él. Con eso se mantenía la familia. Luego, al yo nacer, nos vinimos todos a Caracas y mi papá cayó enfermo del hígado y murió cuando yo tenía 10 meses. Mi mamá me contó que se le secó el hígado, como se decía en esa época, quizás por cosas de su oficio de carbonero; pero después supe que también le gustaba la bebida y que el hígado se daña por eso, así que digo que, a lo mejor, fue una cirrosis lo que lo mató.”

—¿Y SE REGRESARON A SAN DIEGO?

—No, nos quedamos aquí. Mi mamá comenzó a trabajar en una casa de familia limpiando y cocinando, ayudando en la casa. No fui a la escuela, no tuve estudios, pero en esa casa me enseñaron a leer y a escribir. Después mi mamá se cansó de trabajar ahí y nos mudamos. Eso es otra cosa: antes mudarse aquí era facilito. Mi mamá ni siquiera salía a buscar lugar sino que buscaba una carreta, montaba todas nuestras cosas y salía con el carretero a recorrer en búsqueda de un lugar, un cuarto, una casita en alquiler, y siempre se conseguía. No como ahora, que conseguir donde vivir es un problema.

—¿Y LUEGO?…

—Luego mi mamá se puso a hacer arepas para vender. Cuando ya tenía 6 años ella me daba las arepas, salía a venderlas y le llevaba el dinero, antes era así. Uno cuando estaba chiquito usaba unos pantalones cortos, así, por las rodillas; entonces, siempre digo que el 2 de enero de 1931 me alargué los pantalones y me fui a buscar trabajo. Conseguí un trabajito en una farmacia en la esquina El Viento, y ahí trabajé tres veces en la vida: primero ocho años como repartidor, después tres y luego 12 años más, pero ya como auxiliar de farmacia, porque el tiempo que estuve ahí aprendí mucho. Tanto así que después, como vivía en El Cementerio y por allá, por el cerro, no había farmacias, hacía cremas y perfumes y las subía y la gente me compraba porque era el único que llevaba esas cosas. También trabajé 12 años en la gobernación del Distrito Federal, hasta el año 1977. Después puse una bodega en mi casa, donde vendía cambures y otras cosas.

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Juan Mijares es miembro activo de la Universidad de la Tercera Edad

—¿Y TUVO FAMILIA?

—Claro, tengo 14 hijos más uno que murió. Mi esposa se llamaba Carmen Juanita Blanco, la conocí en 1937 y nos casamos en 1939 en San Juan. Pasamos más de 70 años juntos. Ella murió en 2008, a un mes de cumplir sus 90 años. De mis hijos te puedo decir que dos son maestros, dos son camioneros, uno es tornero, albañil o utility, como se dice. Tuve nueve varones y seis hembras; y entre hijos, nietos, bisnietos y tataranietos tengo 127 descendientes.

Juan Mijares, con más de un siglo de edad, está muy vivo y cuenta historias con una candidez y una dulzura que solo pudo haberse traído de aquella época de mudanzas en carreta. Cuenta que en una ocasión se la vio muy mal económicamente, no conseguía trabajo y su esposa estaba a unos meses de dar a luz a su primer niño:

“Tuve una época en el boxeo. No fue porque quería sino por necesidad. Estábamos tan mal que hasta tuve que mandar a mi esposa para donde su familia para que no pasara hambre. Resolvía yéndome a pie para El Paraíso a comer mango y un día un amigo, que sabía que hacía mucho ejercicio, me dijo: “¿Bueno, pero a ti no te gusta el boxeo?”. Ese mismo día me fui a anotar al Nuevo Circo y me dieron una pelea para ahí mismito. Por esa pelea me dieron 40 bolívares y, como antes las cosas eran muy baratas, ese dinero lo agarré y la mitad se la di a mi mujer para que comprara telas y cosas que se necesitaban para el niño, y la otra mitad la gaste en bastante comida. Pero eso no fue mucho tiempo, como boxeador solo estuve unas tres o cuatro peleas.

—¿PENSÓ QUE VIVIRÍA TANTO?

—Noooo, ¡que va!, ¡antes la gente se moría mucho¡, !jovencita! Cuando tenía 12 años recuerdo que decía: “Con vivir hasta los 35 me conformo”, porque la gente se moría mucho. A mí se me murieron hermanos de 9 y 12 años.

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Guarda vivo el recuerdo de los pregones de los antiguos vendedores ambulantes caraqueños

—Y SI PUDIERA VOLVER A NACER SABIENDO QUE VIVIRÍA TODO ESE TIEMPO, ¿QUÉ HARÍA?

—Bueno… me siento muy orgulloso porque he tenido una vida muy correcta. Ahorita hay mucha deshonestidad. Por eso, a pesar de que mi vida fue difícil me siento contento, y si volviera a vivir viviría la misma vida; lo único es que buscaría el conocimiento, aprender cosas. Siempre quise estudiar para ser maestro, hasta busqué trabajo barriendo el Ministerio de Educación para ver si por ahí me salía una oportunidad y lograba ser maestro. A mí siempre me ha gustado mucho leer y aprender.

—¿QUÉ LE RECOMIENDA A LA GENTE JOVEN?

—Primero, aprender Aritmética y Castellano, lo demás se aprende leyendo. Aprender conciencia revolucionaria, conocer nuestros ancestros y nuestros héroes. Cuando Gómez no había casi escuelas, pero se enseñaba: clases de moral, honradez; ayudar a los viejos, a los ciegos. Ahora a esas cosas la gente joven no le presta atención. Hay que eliminar la religión, la religión es la enemiga número uno de la sociedad venezolana, desde muy joven me di cuenta de que los curas no eran nada buenos. También hay que darles clases a los padres para que sepan conducir a sus hijos: uno tiene que hablar con sus hijos para que no se les dañen. Y hacer mucho ejercicio: todavía hago yoga, flexiones de piernas, de brazos y cuando me duelen las piernas salgo a caminar y, al rato, se me quita todo.

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