Juan Vicente González la malos tiempos

NACIÓ Y VIVIÓ EN LAS ÉPOCAS MÁS MORTÍFERAS DE LAS GUERRAS VENEZOLANAS, Y SALIÓ MÁS O MENOS ILESO DE LA AVENTURA. PERIODISTA Y ESCRITOR DE PRIMERA, DOCENTE DE SEGUNDA Y POLÍTICO DE CUARTA CATEGORÍA, APORTÓ UN REGISTRO DEL SIGLO MÁS VIOLENTO DE NUESTRA HISTORIA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

A finales del siglo XVIII y principios del XIX era común en Caracas la exposición de niños. “Exponer” consistía en esperar la madrugada para abandonar a los recién nacidos frente a casas de familias pudientes, para que éstas se ocuparan de él o ella. Abandonaban a sus hijos las mujeres que no podían mantenerlos, las que salían embarazadas fuera del matrimonio y querían ocultar su pecado (uy, qué grave crimen) o eran obligadas a hacerlo. A los niños así entregados, y que jamás conocieron a sus progenitores, se les llamaba expósitos. Casos de expósitos notables: Simón Rodríguez y Juan Vicente González.

Hacia 1810, el año crucial para el proceso de independencia y la creación de repúblicas, Caracas tenía unos 40.000 habitantes, ocho iglesias, cinco conventos y un gran teatro con capacidad para 2.000 personas. Que un hombre preñara a una mujer y se largara era cosa común, pero no me vengas a decir tú que en tantos lugares propicios para la sabrosa confidencia y el chisme nadie iba a filtrar quién era hijo de quién o a cuál mantuana o esclava se culeaba equis viajero, funcionario, cura o militar.

Se corrió por ahí la pelota de que su madre biológica era una Juana Aristeguieta, pero nadie sabe si por sincera ignorancia o para proteger a su verdadera madre, fuera quien fuera Juan Vicente González escribió sobre la suya algo tan difuso como “una mujer del pueblo formó mis entrañas”; y, sobre aquella que lo crió, “una mujer que amaba al pobre, compañera del que sufría”. Esta última era la esposa del realista Francisco González, frente a cuya casa lo abandonaron a las pocas horas de nacido. La doña se llamaba Josefa Palacios. Años después, cuando Juan Vicente logró casarse, le rindió tributo a sus impulsos edípicos contrayendo nupcias con una mujer que también se llamaba Josefa, por supuesto.

LIBERAL PERO GODO

También quedaba el trámite de esperar que el niño creciera a ver a quién se iba pareciendo en la medida que crecía, pero con el pobre Juan Vicente pasaba algo complejo: no se parecía a nadie ni a nada. Sobre su fealdad escribieron y hablaron mucho sus contemporáneos, sobre todo sus rivales políticos, pero nadie igualó en todo ese siglo su capacidad para la descripción de las fealdades humanas, interiores y físicas. Sobre el tribuno Coto Paúl, el estruendoso agitador de 1811, plasmó este retrato: “No es un hombre ese cíclope, con dos agujeros por ojos (…) de cabeza enorme cubierta de erizadas cerdas, de ideas febriles servidas en una voz de trueno (…) con su cara de toro que la viruela convirtió en colosal avispero”. No podía ser él el más raro de los venezolanos, así que llenó páginas de ese tipo de descripciones horrendas. Pero la imagen que desplazaba por Caracas, a sus 50 años de edad, ha trascendido también: un gordo alto y desproporcionado, pelo largo, apoyado en un bastón, con los bolsillos llenos de arepas de chicharrón mezcladas con periódicos y papeles.

Se volvió bolivariano furibundo en 1827, debido a un acontecimiento que también conoció y celebró todo el mundo. Ese año, un Bolívar ya consagrado y lleno de gloria vino por última vez a su ciudad natal y las autoridades le rindieron un tumultuoso homenaje a su héroe. Caracas fue una fiesta colorida por varios días, y uno de los actos consistía en una lectura de textos en honor del Libertador. Juan Vicente, quien ya para entonces se había ganado el sobrenombre de Tragalibros, por su insólita capacidad para aprender y recitar en varios idiomas, fue uno de los encargados de leerle algunos piropos patrióticos. Cuando Bolívar vio a ese muchacho arrugó la cara y se le quedó mirando durante unos segundos, impresionado, y mire que Bolívar había visto vainas feas en sus dos décadas de guerra y destrucción. Juan Vicente también quedó impresionado con la mirada de fuego del prócer y, a partir de ese momento, se convirtió en el exégeta más apasionado del Libertador

Liberal después de 1830 y godo después de pelearse con Antonio Leocadio Guzmán, su paso por la política se caracterizó por un odio extremo a todo lo que no fuera bando conservador. En 1848 estaba en el Congreso el día de la masacre o batalla campal: las hordas furiosas se metieron a la sala de sesiones y mataron a varios diputados. Juan Vicente acababa de lanzarse un discurso citando a Páez, que los invitaba a “morir como romanos”, pero cuando entraron los sediciosos a echar plomo y cuchillo se las arregló para huir como caraqueño, volando por encima de unas tejas: era bueno llamando a los demás a la guerra y mucho mejor corriendo para no participar en ella.

Diez años después, cuando estalló la Guerra Federal, maldijo a los federales, bendijo a la bala que mató a Ezequiel Zamora y fundó el periódico El Heraldo, nada más que para convocar al país a detener a esa horda de marginales. Él, que se decía hijo de una mujer del pueblo y criado por una que amaba a los pobres, no soportaba el espectáculo de los pobres en rebelión.

Murió en 1866, escribiendo textos sobre su desilusión y su cansancio.

ÉPALE 345