Juana de Arco mujer arrecha

Si a esa figura cimera de Francia se le quitaran la aureola mística y la leyenda de su talento guerrero, todavía le quedaría lo esencial: levantó la moral de todo un país (¿o quizá sólo de una monarquía decadente?)

Por José Roberto Duque@DuqueJRoberto / Ilustración Erasmo Sánchez

En el siglo XIV Francia debió enfrentar la plaga que acorralaba a toda Europa, África y Asia: la Peste Negra. Olvídense de tapabocas, de Bolsonaros y de vacunas rusas: la pandemia más mortífera que ha conocido la especie humana se llevó en los cachos a más de la mitad de la población de Europa y, aproximadamente, a 200 millones de personas en los tres continentes.

Olvídense también del tema sintomáticos y asintomáticos: al que lo agarraba la peste se sentía bien en la mañana, hacia el mediodía estaba ardiendo en fiebre, poco después empezaban los vómitos de sangre y la aparición de bubones (que reventaban y despedían un olor fétido) y ya en la noche el afectado era una especie de mondongo espantoso, liquidado por una bacteria cuyo nombre no viene al caso y ni siquiera hay por qué nombrarla por aquí, zape gato. Esto, hacia 1340 y 1350.

Como suele ocurrir, y ustedes dirán si les suena conocido el caso, los anglosajones de la época, los ingleses, ponían en práctica su diversión favorita: aprovechar un momento de tragedia colectiva para montársele encima a algún débil y multiplicarles la destrucción y el sufrimiento. La víctima en este caso era Francia, un reino que, de paso, tenía por soberana a una familia de imbéciles e incompetentes que se dejaron sabotear e imponer autoridades (reyes y ese tipo de vainas) por los ingleses durante un largo período de destrucción, aplique y bullying que se conoce como la Guerra de los Cien Años.

Desde 1437, durante toda la pandemia de la Peste Negra, y hasta los primeros años del siglo siguiente, Francia no lograba levantar cabeza ni economía ni población ni vergüenza ni moral ni polvo ni nada: era un país desmoralizado, despedazado en sus aspiraciones, sometido por los reyes del país vecino en una pugna familiar ridícula pero estúpida, larga pero interminable, ilógica pero incomprensible.

De pronto, en 1412, nació en un campo minúsculo y apartado de los grandes centros de poder una especie de arañera de Sabaneta, que habría de darle un vuelco a la situación.

A punta de visiones místicas

En la segunda y tercera décadas del siglo XV la situación de Francia era igual de patética, y peor aún la de la monarquía francesa: un rey que enloqueció o ya era loco y no lo sabía (Carlos VI), un hermano y un primo de éste que se echaban cuchillo y zancadilla bello para quedarse con el trono, una reina (Isabel de Baviera) que en los episodios de locura del pobre rey atarantao iba y le montaba cachos con su hermano Luis, el Duque de Orleans; mientras el primo, Juan Sin Miedo, le secuestraba a los hijos, potenciales herederos del rey: la película mexicana más escabrosa. De paso, una facción de la familia encontró el negocio de su vida vendiéndosele al invasor inglés, así que Guaidó ni siquiera puede reclamar originalidad: vendepatrias han existido siempre.

Cuando toda esa gente terminó de matarse, encarcelarse y exiliarse los ingleses estaban felices, porque con autoridades así Francia no iba poder reaccionar nunca a la opresión inglesa ni a nada: aquello no era un país, sino un peladero infecto. Hasta que de pronto apareció ella, Juana. Muchacha campesina de unos 16 años, flaquita y tal pero con una pasión desbordante, un verbo que echaba chispas y un carácter que no había tenido ningún aristócrata francés del último siglo.

Mediante una cantidad de trampas y artes prohibidas (entre ellas el disfrazarse de hombre para poder atravesar el país: cosa mala y prohibida que le metieron en el expediente criminal) la joven consiguió que la llevaran a reunirse con el rey nominal, Carlos VII (no olvidar que los ingleses tenían en el poder a sus autoproclamados), porque tenía algo importante que decirle: desde los 13 años de edad ella había tenido visiones y apariciones místicas, en las que el Arcángel Miguel y otros personajes le ordenaban ponerse al frente de las tropas francesas, coronar por fin a un rey francés y liberar a Francia de Inglaterra. Era 1429, ya la Guerra de los Cien Años iba por más de 90 y los franceses debían sacudirse el aplique, que era tan feo y tan humillante que hasta Dios y sus arcángeles se pusieron en contra de Inglaterra (dicen que dijo Juana).

Por supuesto que en un primer momento se burlaron y la rechazaron. Pero, por pura inspiración y, además, porque la Iglesia examinó a la muchacha y dictamino que no se trataba de una bruja, sino que posiblemente sí tenía visiones y recibía mensajes de lo alto, le prestaron la armadura y el caballo que pidió y la pusieron al frente de un ejército para que fuera a liberar a Orleans, porque así mismo lo solicitó ella. Esa fue la primera acción en la que no sólo sirvió de estímulo e inspiración para que los franceses le ganaran una a los ingleses, sino que además demostró la primera parte de su profecía: ella estaba cumpliendo una misión encomendada por el altísimo, susto.

Misión cumplida

A lo largo de ese año la muchacha encabezó varias acciones armadas, probablemente sólo en plan de conductora y lideresa que levantaba el ánimo de los guerreros (luego ella declararía en juicio que no había matado a nadie con las armas). Marcó con su espíritu arrollador la campaña del Loira, territorio que fue limpiando de ingleses; recibió más de una herida de guerra, entre ellas un flechazo entre el cuello y el hombro; fue guiando a las tropas francesas hacia la emblemática ciudad de Reims, en cuya catedral se produjo el acontecimiento que sus apariciones místicas le habían encomendado: llevar hasta allí al rey legítimo para que se coronara (julio de 1429), cosa que no ocurría desde hacía más de un siglo.

Luego de varias batallas, heridas de guerra y de varios erróneos manejos políticos a la sombra por parte del monarca, Juana logra entrar triunfante con el Ejército francés a París, pero luego comienzan los desatinos. En mayo de 1430, en una vil emboscada, es capturada por una facción proinglesa y entregada a Inglaterra. Allí comenzaron su calvario, su martirio y su viaje a la santidad.

Acusada de herejía y de docenas de crímenes más (entre ellos de travestismo: era una falta espantosa eso de disfrazarse de hombre), fue ejecutada en la hoguera el 31 de mayo de 1431. Un día antes se había salvado de esa muerte espantosa, al negar ante el jurado aquello de la comunicación con los santos y la misión divina. Pero después corrigió su declaración y dijo que sí, vale, que Dios a través de un arcángel y varias santas de la Iglesia católica le habían dictado su misión, y murió en su ley a los 19 años de edad. Su muerte no evitó que la Guerra de los Cien Años empezara a llegar a su fin.

Varias décadas luego del femicidio la Iglesia inició un proceso de anulación del juicio o rehabilitación de la figura de Juana, que fue beatificada en 1909; y luego, en 1920, canonizada. Francia, a instancias de Napoleón Bonaparte, la considera su símbolo nacional.

ÉPALE 396