Juancho Gómez: Gay de pelo en pecho

Por Marlon Zambrano @marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Y esa noche, por la disputa del amor de un joven puertoriqueño de aspecto fornido, a Juancho Gómez le asestaron 27 puñaladas.

Corría el año 1923, y mientras Europa recogía los escombros de la Gran Guerra Venezuela mantenía un velo que desplegaba a su antojo la estirpe de los Gómez, encabezada por el benemérito Juan Vicente, tirano nepótico que reformó a su medida la Constitución Nacional para instalar como vicepresidente de la República y gobernador del Distrito Federal a su hermano Juan Crisóstomo Gómez (Juancho); como segundo vicepresidente e inspector del Ejército a su hijo (con su primera esposa, Dionisia Bello) José Vicente Gómez Bello; y como presidente del estado Táchira a su primo Eustoquio Gómez.

La trama no está completa si no se agrega el suicidio de la hija de la pareja Gómez-Bello, Margarita Torres Bello, quien se pegó un tiro luego de que su prometido, Santos Matute Gómez (primo del dictador), le dejara el pelero al recibir casquillo de Juancho (Juanchito en la intimidad), quien le juró a éste que aquella era una perdida y tenía las pruebas: él se la pegó.

Aquel huelemelachancleta novelesco, a la altura de Pasión de gavilanes, desencadenó una lucha de intrigas palaciegas donde interviene Eustoquio (bicho maluco que, en 1935, cayó tiroteado frente a la gobernación de Caracas) para azuzar los fuegos, al mantener en alerta a Juancho en nombre de la línea conservadora del gomecismo, que aspiraba a la primera magistratura como sucesor de El Benemérito. Había que observar con mucho ojo a “los muchachos”, que era como llamaban a los más jóvenes, cercanos a Vicentico.

La madre, Dionisia Bello, jura venganza tras el arrojo fatal de su hija, con unas palabras que sacaron lo peor de sus más oscuros ardores, al confrontar en persona a Juancho en Miraflores: “Esa me la vas a pagar, te lo juro”.

A la sombra fluía una historia paralela de plumas y encaje, donde se movía a sus anchas el capitán Isidro Barrientos, de la Guardia de Palacio, quien fungía en la oscurana del machismo andino-gubernamental como el encargado de conseguirle zagaletones a Juancho para sus correrías homosexuales, que las había por montón.

El desencadenante: Juancho le robó un novio a Barrientos, un puertorriqueño de buen ver; y éste, instigado por doña Dionisia, que planificaba meticulosamente su venganza para zanjar el suicidio de su hija y el ascenso de su hijo al máximo trono, decide ejecutar el golpe el 9 de junio en Miraflores.

En la víspera, Juancho disfrutó de una deliciosa tanda cultural en el desaparecido Teatro Olimpia, adonde fue, vio y se dejó ver junto al socialité de aquellos años: Vito Modest Franklin (mejor conocido como el Duque de Rocanegras). A la vera, doña Dionisia esperaba vestida de hombre la consumación del crimen. Un cómplice de palacio, Encarnación Mujica (primo de Barrientos), le da de beber a Juancho un guarapo con somnífero que ingiere con toda confianza antes de irse a dormir, para ser hallado en una ciénaga de sangre por una doméstica que avisó enseguida al temido Tarazona; y éste, a su vez, al Presidente, quien dormía en la habitación contigua.

Tras su asesinato, se desencadenó una conveniente persecución política que le permitió a Gómez encarcelar a los periodistas Francisco Pimentel (Job Pim) y Leoncio Martínez (Leo), pero era obvio que el crimen venía de adentro. Inmediatamente se desataron los hilos de la trama y detienen al responsable material, que muere al poco tiempo tras las torturas conferidas en La Rotunda. Mientras, doña Dionisia fue obligada exiliarse en Francia, de donde no regresaría jamás.

ÉPALE 359