Kennedy la profecía

Hacia 1780, hartos del exterminio al que eran sometios sucesivamente los pueblos originarios por esa vaina que hoy llamamos Norteamérica, los líderes de varios pueblos, entre ellos los shawnee, crearon una alianza de nativos y organizaron una rebelión indígena. Estados Unidos e Inglaterra ya avanzaban en su propia guerra imperial por el dominio del territorio de los aborígenes. Muy de pinga todo: aquel poco de blancos extranjeros matándose a plomo por los territorios de los habitantes ancestrales de esas tierras. Entre los líderes nativos que se pusieron al frente estaban dos hermanos: un personaje de enorme valor y estatura moral, a quien llamaban Tecumsé; y otro de nombre Tenskwatawa, líder espiritual y profeta de los suyos. Líderes de su pueblo, desaparecidos a plomo de la tierra y amenazados con ser desaparecidos también de la Historia, protagonizaron un curioso episodio que da origen a este recordatorio.

En los avatares de aquella guerra monstruosa, en 1813, cayó muerto en combate el aguerrido Tecumsé. Muchos después, cuando ya le tocaba también morir, Tenskwatawa (cuyo nombre se traduce con el inquietante anuncio “el que abre la puerta”) puso en práctica sus conexiones sobretarurales y lanzó la siguiente maldición o profecía: “Yo, que hago que el Sol se oscurezca y los pieles rojas dejen el aguardiente, les digo que el jefe blanco (el presidente de EEUU para entonces) morirá y, después de él, todo Gran Jefe escogido cada 20 años, de ahí en adelante, morirá; y cuando cada uno muera, todos recordarán la muerte de nuestro pueblo”. La cosa afectaba a todo presidente electo cada 20 años desde 1840, mientras estuviera en funciones; el primero en caer fue William Harrison, cuando aún no terminaba su mandato.

Después le tocó a Lincoln, electo en 1860, asesinado de un balazo. Más tarde aJ ames Garfield (elegido en 1880), a William McKinley (1900), Warren Harding (1920). En 1940, el presidente Franklin Delano Roosevelt era candidato a morir a sombrerazos también, y la cosa no parecía ni tan difícil porque en esos días ya sonaban los corotos de la II Guerra Mundial. El hombre se armó con una espantosa estructura de seguridad, del tamaño de la natural esquizofrenia gringa. Pero su peor enemigo no estaba en Alemania ni en el Kremlin, sino en sus adentros: el que se lo llevó en los cachos fue un ACV que derivó en derrame cerebral… y bórralo. La avenida que lleva su nombre en Caracas es bien peligrosa y bien fea. En 1960 resultó electo presidente John F. Kennedy.

Su papá era una ladilla, como lo son —o deberían— ser todos los padres. Pero a este se le pasó la mano. Era el patriarca de un clan político y empresarial que sobrevivió a todas las crisis económicas gringas. Diplomático y, además, magnate. Cuando le tocó viajar por el mundo en representación del imperio se llevó a sus muchachos, uno de los cuales (el John) padecía de una dolencia en la columna que de santa vaina lo dejaba vivir en paz. El viejo Joseph decidía cuál era la vocación de sus hijos y qué era lo que tenían que hacer; el pobre John tuvo que irse a pelear con los japoneses a pesar de que ya estaba exento del servicio militar a causa de su problema en las vértebras, pero como al patriarca le dio la gana de que el muchacho fuera a matar japoneses el muchacho fue, y de allá regresó con los problemas multiplicados. En los años siguientes tuvo que someterse a varias operaciones para que la columna medio lo pudiera sostener de pie. Pero para el viejo era inadmisible andar mostrando debilidades.
Joseph había decidido que John fuera periodista; a su hermano mayor, el tal Joe, le correspondía dedicarse a la política. Pero en la II Guerra Mundial, adonde también fue a parar Joe, el avión en que viajaba fue derribado y el muchacho murió. Adivinen entonces a quién le tocó ocupar su puesto en la carrera política. El papá le ordenó meterse a demócrata y a senador, para que más tarde compitiera por la presidencia.

John Fitzgerald Kennedy cumplió con el cargo y con la misión imperial de Estados Unidos, conforme a los dictados de su padre y de la hegemonía dominante. Pero parece que mientras estuvo en Gran Bretaña el Joseph se había ganado cierta fama de antisemita; y eso, en Estados Unidos, es bastante más grave que en el resto del mundo. El sionismo no tenía la enorme fuerza que tiene hoy, pero eso de que el clan Kennedy fuera esencialmente católico, mientras el espíritu imperial norteamericano y las conexiones con la hegemonía mundial eran organizadas tradicionalmente por los protestantes, le caía mal a un gentío, por allá, en unas alturas a las que nosotros los tierrúos no tenemos acceso.

El 22 de noviembre de 1963 Kennedy hizo su último viaje, y la memoria colectiva de la humanidad registra el famoso video de su asesinato. A estas alturas poca gente cree la versión de que esa limpia ejecución se debió a la puntada de culo de un loco, que decidió matar al presidente porque le dolía una muela. Llámese Lee Harvey Oswald, o James Files (quien dijo años después, poco antes de morir, que él era el verdadero asesino), es evidente que el sicario no trabajó solo y sin el apoyo de una estructura.

ÉPALE CCS 348 POR JOSÉ ROBERTO DUQUE/@JROBERTODUQUE
Ilustración Forastero LPA