LA TRAMA COTIDIANA POR RODOLFO PORRAS

 

“Elijo convertirme en un villano (…) Ya puse la conspiración

en marcha y todos los manejos peligrosos, con falsas profecías, cartas, sueños, para enfrentar al rey

contra mi hermano Clarence, en un odio mortal”.

William Shakespeare en Ricardo III

ÉPALE 228 TRAMA

 

A finales de los años 90 trabajé en el periódico Letras, cuya sede en esos días quedaba en el Callejón de la Puñalada. Desde mi ventana pude observar muchísimas escenas dantescas. Recuerdo a una mujer desdentada, cuya tarea era iniciar a principiantes de la prostitución en el consumo de la piedra. Era pavoroso ver como se iban deteriorando esas jóvenes. Una vez escuchamos unos gritos y nos asomamos. Era un joven marginal, totalmente drogado, que trataba de escapar de la policía. El muchacho comenzó a embadurnarse con sus propios excrementos para evitar que la policía lo tocara. El ardid le funcionó, los policías lo dejaron allí, vociferando y alardeando de su victoria.

Todos los que vimos la escena quedamos perturbados. Era una forma muy ruda de ganarle a la policía. Sobre todo, porque la estrategia se convertía en una forma de autodenigración. “No me puedes atrapar porque me infringí un castigo, me convertí en un ser asqueroso, es decir, que produzco asco”. El fugitivo alcanzó el nivel del excremento, de lo que se expulsa, de lo que huele mal, de lo que mueve a la repulsión. Todos entendimos que el muchacho se había degradado hasta el punto de lograr una identidad con la mierda; para él era normal, una astucia, un triunfo.

Siempre nos referimos al hecho como “la escena de la mierda”, confiriéndole una atmósfera teatral al acontecimiento. Y por ello me es difícil recordar el suceso sin que me venga a la memoria un protagonista shakespeariano: Ricardo III. Uno de los personajes mejor logrados de este dramaturgo. Este rey deforme, contrahecho, basaba su triunfo, su acceso imparable al poder en el hecho de que su ética, su práctica devenía de la correspondencia de su espíritu, de su alma con su apariencia horrible. Él era igual por fuera y por dentro.  El resultado era la violencia desmedida, la maldad, las ansias de poder.

El muchacho del Callejón de la Puñalada asumió una identidad con el excremento, entendió que esa materia fecal que había expulsado seguía siendo parte de él, de su expresión, de lo que él era. Maloliente, corrosivo, contaminante, degradado por sí mismo. Era un humano que se había consustanciado con la mierda. Como Ricardo III, el espíritu de ese joven era igual que su gesto y estaba hecho de la misma materia.

 

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