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POR CARLOS COVA• @CARLOSCOBERO / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

Mucha gente coincide en reivindicar La Atarraya como el restaurante más antiguo de Caracas, cuestión indiscutible si damos por cierta la relación del establecimiento ubicado en la plaza El Venezolano con la pulpería que allí operara junto al antiguo mercado de San Jacinto a principios del siglo pasado. El hecho es que no existe tal relación. Aunque las fuentes son poco precisas, hay un paréntesis cronológico sensible entre la creación del primero y la desaparición del segundo. Tampoco se trata de la misma edificación, aunque la casa colonial ocupada hoy por el restaurante es aledaña a la que entonces albergara a la pulpería. Finalmente, está la diferencia de ramos comerciales. La Atarraya original era una bodega donde se ofrecían productos cultivados en haciendas cercanas a la capital, y en donde los esforzados carreteros que traían sus productos al mercado solían recobrar el ánimo ingiriendo licores aromatizados a base de hierbas como berro, yerbabuena, menta, malojillo, etc., circunstancia que le otorgará al lugar fama de doble filo: muy buena entre los “mozos de mulas”; muy mala para la decimonónica y conservadora sociedad caraqueña.

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Esta pintoresca memoria no desmerita el hecho de que La Atarraya sea hoy el restaurante de mayor tradición en el centro de Caracas. Ya en los años 70 era reconocido como excelente comercio gastronómico en el ámbito remozado de la plaza El Venezolano, donde, por cierto (y vaya uno a saber por qué), se han ido acopiando anodinos ornamentos urbanos como las esqueléticas fuentecillas de agua, el soso reloj de sol o el colosal obelisco diseñado por Farruco Sesto.
La Atarraya propone una carta de carácter criollo complementada con platillos mediterráneos en tres ambientes para diferentes gustos y posibilidades. Según describe Ramiro Zambrano, capitán de mesoneros con 35 años de labor en el establecimiento, son las especialidades a la brasa las más solicitadas por la clientela. En efecto, el criterio parece ser consecuente en la presentación de carnes jugosas y de sazonado gusto. En esta opción incluimos, además de la consabida carne de res, el pollo y el cochino.

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Ofrecen también dentro de las alternativas criollas el pabellón, el asado y el tarkarí de chivo. Aunque no los ha probado este sibarita, el menú incluye, como correspondería a un lugar con tal remoquete, variedad de pescados (atún, mero, curvina, lebranche) y mariscos, así como preparaciones de origen mediterráneo como callos, paellas, fideuadas, asopados, etc. El ala derecha del local conforma la sección económica, configurada como lunchería, donde además del siempre propicio pollo a la broaster se despachan cachapas y jugos.

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Consideradas las altas y bajas que los comercios de larga data experimentan en su devenir, es oportuno anotar que la relación precio-calidad que hoy muestra La Atarraya es la más sobresaliente de los últimos 20 años.

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