ÉPALE277-RECETARIO

POR MALÚ RENGIFO • @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN MALÚ RENGIFO

Ella se levanta el día 21 de su viaje, a 2.539 kilómetros del hogar al que regresará 20 días más tarde. Está en el medio de su ruta, de esta curiosidad no se dará cuenta sino hasta un par de horas después, cuando ya todos se hayan ido.

Son cuatro: todos trabajan en el mismo lugar, entran a la misma hora y ella los ve desfilando desde las 8 hasta las 9:30, del baño al cuarto, del cuarto a la cocina, de la cocina al baño, del baño a la sala, luego al otro cuarto, el cigarro antes del desayuno, ¿cuál desayuno?, ya no me da tiempo; toma las llaves no las pierdas, avisa cualquier cosa, ¿tienes dinero?, y así. Esa es una de las dos oportunidades que tiene en el día para ver a su hermana. La segunda, después de las 9 de la noche, cuando llegan los cuatro, otra vez a fumar y a comer cualquier forma de carbohidrato o combustible comprado afuera, para seguir aguantando el sueño hasta que el cuerpo aguante, que no suele ser mucho y que, si lo es, es contraproducente; aunque es la única forma que tienen de sentir que viven fuera de los barrotes de las órdenes del jefe, de la rutina dentro del negocio donde cantan cumpleaños, comparten cuentos, cursos, alguno que otro almuerzo, las historias y la vida privada de cada masajista, los amores de cada peluquera con el mensajero, las buenas y malas vibras y todo lo que ayude a mantener la ilusión de que tienen una vida de verdad.

Hace poco que ya todos se fueron: reina el silencio y ella lo aprovecha para limpiar y cocinar. Comienza por ordenar las sábanas que aún cubren el mueble que la deja estirar los pies pero le hace doler la espalda. La noche anterior durmió en el otro mueble, una especie de diván convexo y corto, que le deja los pies colgando (como quien duerme sobre una esfera) por lo que amanece con el abdomen adolorido como si se hubiera estirado mucho hacia atrás toda la noche, que sí es el caso. “Estoy en la mitad del mundo —piensa—. Y la mitad de este viaje es el día de hoy”.

Mientras barre se consigue varias monedas, con ellas luego compra algunas cosas y prepara una pasta con salsa que alcanza para los cinco, y sobra: los últimos años le enseñaron a rendir y multiplicar la comida. La receta para servir entre cinco y ocho porciones fue la siguiente. Puso a sofreír 300 gr de carne molida y una cabeza de ajo machacado en un sartén. Al rato agregó diez tomates picados en trozos grandes, un calabacín picado en cubitos, sal, orégano, un poquito de azúcar y candela media con la olla tapada hasta que los tomates y el calabacín soltaron todos sus jugos y la salsa se convirtió en salsa. A esta preparación no hace falta echarle agua. Agregó pimienta, albahaca, cebolla en polvo y pudo haber añadido cualquier otro aliño sabroso si lo hubiera tenido. Por la noche comieron los cinco y compartieron bastante. Todos estaban contentos: “Aunque el dinero te alcance para comer en la calle todos los días —dijeron—, no hay nada mejor que el sabor de la comida cuando se prepara en casa”.

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