ÉPALE255-CCS MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

El origen del nombre del pueblo está documentado en forma de sabroso calipso que alguna vez los venezolanos de mi generación y de otras más hemos escuchado: Ajá, ajá, bandido, /estabas callado, / estabas escondido / buscando tu oro / muy cerca del río…

Sin hacer mayor esfuerzo ya deduce uno cómo fue la historia: el tipo encontró una veta de oro y estaba sacando él solito y en secreto sus riquezas, hasta que lo pillaron. La historia y nuestra manía de encontrar señales y símbolos en las vainas que vamos encontrando nos han llenado esa anécdota de paradojas.

Resulta que ahora, y de un largo tiempo para acá, cuando una cuadrilla de mineros encuentra un sitio donde hay oro, lo primero que hace es poner un explosivo y hacer volar por los aires el material más superficial. El gentío se vuelca sobre el lugar de la explosión, inaugurado por esa “bulla”, y bulla se le llama al rebulicio que se forma alrededor del lugar para recoger el producto de ese big bang, ese estallido fundacional, y da inicio a una posible comunidad minera en los alrededores, con plantas de moler y procesar material, bodegas, casas precarias pero casas al fin. Los habitantes fijos del poblado son poco más de 25.000, pero hace rato, cuando la mamá de todas las bullas hizo y sigue haciendo subir el precio del oro, la población flotante, de gente de todas partes que vienen a buscar riqueza o diversión, hizo que esa población rebasase los 100.000 habitantes.

La bulla niega y ridiculiza a El Callao originario e inmortalizado en el calipso: el que no anuncia con bulla que encontró oro es mal visto. Pero en El Callao actual el silencio tiene también un enorme valor; dices más de lo que tienes que decir y estás metido en problemas (o en un hueco de esos de donde no se sale nunca). Así que cambiemos un poco el tema; aspiramos a estar por aquí un rato.

En esos huecos (un metro de ancho, a veces 40 o más de profundidad), llamados “barrancos”, se meten los hombres a sacar piedra y arena que luego será llevada a un molino, donde se tritura y se pulveriza y de allí salen las “gramas” (gramos) de oro, que se han convertido en un extraño valor de cambio. Extraño: una grama de oro se la paga el comerciante al minero de 740 a 800 bolívares (principios de noviembre), y con una grama se puede pagar una noche con una puta. También se puede pagar un bulto de arroz, un combo de pastillas para combatir el paludismo o una pieza automotriz. A veces uno anda con alguien lo suficientemente espléndido o borracho y el tipo, de buena nota y todo, va y te regala una grama; tú verás si la vendes, la cambias por algo o te la llevas de recuerdo.

En toda Venezuela hemos visto perversiones extrañísimas de la economía, pero ninguna se iguala a las que pueden producirse por aquí: un pan dulce, que en Caracas ya cuesta 25.000, aquí se consigue en 40.000. Pero un kilo de café, que en las zonas cafetaleras de Trujillo ya rebasó los 50.000 bolívares, aquí se vende a 45.000. Se consigue de todo, pero vaya usted a saber el precio, que si es en efectivo es “menor” (eh: antes usted debió “comprar” ese efectivo con un recargo de 50%) pero si paga con punto de venta deberá pagarle al comerciante 10% más (5% de descuento que ordena Sudeban más 5% que al chino le da la gana de cobrar).

Continuará. O tal vez no continúe. Hay que hacerle honor al nombre del pueblo.

ÉPALE 255

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