ÉPALE300-CATRINA

EL PUEBLO MEXICANO ES AGUERRIDO Y CRUEL PERO TAMBIÉN SABE REÍRSE DE SÍ MISMO Y DE SUS PENURIAS. LA “CALAVERA GARBANCERA”, REBAUTIZADA POCO DESPUÉS POR EL PONTIFICADOR DIEGO RIVERA, ES UN BUEN EJEMPLO DE ELLO

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Creo recordar la primera vez que vi una catrina; fue en vivo y directo por Venezolana de Televisión, el 19 de septiembre de 1980. La vi en blanco y negro porque para ese entonces solo los ricos tenían televisor a color y nosotros éramos unos pelabolas.

Johnny Owens se llamaba aquel boxeador, galés y muy flaco, flaquísimo, del peso Gallo. Ese muchacho de 24 años, pálido y de cara triste, estaba metido en el problema de su vida: tenía que enfrentar al campeón mundial mexicano Guadalupe Pintor en el Olympic Auditorium de Los Ángeles, que viene a ser lo mismo que pelear en un barrio de la capital mexicana. El público mexicano o mexicanófiloa rabiar iba a ser su contrincante más feroz, después del gladiador de Cuajimalpa.

La pelea fue brava, dura, muy pareja; nadie podía creer que aquel joven esmirriado y jipato aguantara cada golpe de Lupe Pintor, a la postre uno de los mejores pesos Gallo de todos los tiempos, y no solo eso sino que el hombre respondía golpe por golpe y la pelea se empezó a poner dura y sangrienta. Owens cayó a la lona en el sexto round, después en el noveno y por último en el duodécimo. Fue la última vez que cayó en esa pelea y la última vez que lo hizo en su vida: Owens murió poco después en un hospital. Nunca pudo recuperarse de los golpes recibidos.

Aparte de ese detalle monstruoso, dos cosas me impactaron de la puesta en escena, del escenario: eran miles de fanáticos de Pintor, crueles y sanguinarios, o simplemente hemofílicos, gritando toda clase de insultos al pobre hijo de Gran Bretaña, y algunos de ellos portaban unas pancartas que eran, a un mismo tiempo, una burla al aspecto del pobre retador y homenaje de la cultura mexicana del campeón: viles papeles en los que figuraba un esqueleto con guantes. Porque eso era lo que parecía
Johnny Owens. Y en eso se iba a convertir, efectivamente, poco después.

Después de someterse a una sesión de esa naturaleza ya es casi imposible quitarse la impresión de encima: el pueblo mexicano es tan aguerrido y cruel como lo anuncian todos los prejuicios, leyendas e historias aztecas.

De paso, y para proseguir: Pintor se llama Guadalupe, como el artista plástico que a finales del siglo XIX convirtió eso de ilustrar calaveras (composiciones en verso, que él acompañaba de esqueletos vestidos como los burgueses que querían ser, pero no eran) en su arte y especialidad mayor. Y un 2 de noviembre, Día de los Muertos y fiesta nacional de México, pero 20 años después de aquella pelea mortal, Lupe fue invitado a develar un busto de Johnny Owens, allá, en el pueblo natal del joven malogrado.

Demasiada muerte, demasiado México profundo.

Lo demás está demasiado dicho y repetido: un catrín es un sifrino o patiquín en el habla y en la memoria de México, y la primera catrina fue llamada la Calavera Garbancera (vendedora de garbanzas), caricaturizada para siempre como lo que era: desclasada y creída, llevaba un sombrero francés con un plumón elegante o estrambótico a pesar de ser una chica del pueblo pobre, probablemente indígena, que en tiempos de Porfirio Díaz logró colarse hasta las alturas y se le vio renegar de sus orígenes nomás probó la miel del poder. “Catrina” la llamó medio siglo después Diego Rivera para inmortalizarla en un mural y catrina ha seguido llamándose como ícono visual del pueblo mexicano, tan dado a reírse de sí mismo y de sus penurias.

La catrina original y el símbolo en que se ha convertido fueron siempre denuncia contra el poder, documento hecho por un artista del pueblo y para el pueblo. José Guadalupe Posada fue un cronista gráfico cuyo aporte se quedó grabado (y un grabado era aquella catrina fundacional) en lo esencial del alma del México naco, el más pobre. En estos días (2 de noviembre) volverá a ser el ícono más visto del México popular, el que celebra a los muertos desde su ser más vivo.

Y por supuesto que catrina es, también, un recordatorio de lo que al final todos seremos: aquella imagen que convirtió en símbolo Posada nos retrata en este cuerpo físico, que al final quedará reducido a vil manojo de huesos si la muerte que nos espera no viene acompañada de alguna llamarada o artefacto de triturar.

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