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POR ANDER DE TEJADA • @EPALECCS / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Según las estadísticas, hay un dato cierto: a partir de los años 70 comienza una baja poblacional de tiburones. La causa es lo que se debate, pero muchos afirman que se debe, justamente, a la proyección de la película Tiburón (1975) del director estadounidense Steven Spielberg, basada en la novela de Peter Benchley. La historia cuenta los infortunios en la isla Amity, cuyos ingresos netos se disparan en el verano debido a sus bellas playas, donde tras la llegada de un tiburón blanco con atributos cuasihumanos -el animal no solo caza por hambre sino por razones que se pudieran acercar a la maldad- la vida veraniega de la isla se sacude. El jefe de la policía, Martin Brody, junto con el cazador Quint y el oceanógrafo Matt Hooper, se encaminan en la aventura de librar a la población de la amenaza, ya que las autoridades oficiales, fieles a su tradición mercantil, no se disponen a establecer las limitaciones necesarias para evitar los ataques.

Uno de los cambios más observables opera en la cosmovisión que comenzó a privar en los imaginarios estadounidenses. El pez vengativo, malvado, con ansias de desestabilizar la prosperidad de un pueblo inocente y trabajador, de pronto se convirtió en una verdad para los pescadores. Se registra entonces, para la época, un alza en la caza de tiburones, con el único fin de llevarlos a tierra y exhibirlos en los muelles como trofeos.

Hay muchas interpretaciones sobre las significaciones de la película. El mismísimo Fidel Castro, un fanático de la taquillera entrega, se refirió a ella como una obra sobre los efectos devoradores del sistema capitalista en la sociedad estadounidense. El zoólogo Edward Wilson, en cambio, refiere que es un ejemplo de la necesidad del ser humano de sentirse preparado: la propensión a crear narrativas sobre el mal hace que el mismo ser se prepare. Cosa que, según él, de una manera muy tribal, hace que amemos nuestros monstruos.

Por otro lado, el filósofo esloveno Slavoj Žižek sin negar las otras interpretaciones impone la suya: el tiburón es el ejemplo de cómo opera la ideología en una sociedad como la estadounidense, que se maneja día a día entre mares de miedos, entre amenazas a su estabilidad. El tiburón, en cierto modo, es un objeto que amalgama todos estos desequilibrios. Para que la ideología funcione, todo lo terrible, todo lo naturalmente malo tiene que tomar vida en un objeto que se pueda expulsar, que se pueda señalar, que se pueda aniquilar en medio del océano. Por ejemplo: los judíos en el régimen nazi, los inmigrantes en los contextos actuales.

Recuerdo las palabras de uno de mis tíos políticos, nacido y crecido en el Norte, después de que vimos la película. Se refirió al momento en que aquella obra salió en cartelera. Describió el miedo que sentían sus conocidos en un pueblo montañoso, lejano al mar. Pero el miedo se tenía que sentir en otros lados. Así fue. No hubo excepciones. El animal simbolizaba otra cosa, y las piscinas, que bien sabemos de agua dulce, se convirtieron en el terror durante unos años.

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