POR ANDER DE TEJADA / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE246-CRÓNICAS PEATONALESLa ciudad suele estar en un constante período de cambios que, más que drásticos, parecen cambios en el humor, como si nuestra ciudad no solo fuera un valle sino, además, un valle que siente y piensa y es capaz de doblegar sus apariencias ante lo sentido. A pesar de conservar su estructura básica casi intacta, la ciudad puede ser una ciudad caliente o fría, una ciudad hostil o amable. En algunas fechas del año se viste de gala y adorna todos sus espacios con lo mejor de sus atuendos. Otros días se desnuda y deja sus brazos descubiertos. Algunas veces parece una noche estrellada, pero al revés; otras veces parece un desierto bajo la luz de la Luna; dependiendo de la agitación de la noche parece un eterno día feriado por su, también, eterno festival de petardos. Dicen que hay unos días extraños, siempre separados entre sí por muchos años, en que Caracas es una ciudad normal.

Últimamente Caracas se ha disfrazado de vampiresa. Cuando asume este rol desecha sus necesidades de iluminar el paso y deja la calle despojada de luz. Lo que se puede pensar es que tan solo se trata de otra etapa de la ciudad, que después de un tiempo se dará cuenta que los modismos de la adolescencia no solo se pueden sino que se deben trascender para darle paso a la adultez. La rebeldía caraqueña, a veces, es ubicada en la punta de los barrios, en los sujetos que luchan contra el devenir diario con la integridad y la entrega de un animal que pelea por la vida, en el conuco improvisado e, incluso, en el Ministerio de Agricultura Urbana. Pero lo que no han sabido los analistas es que esa no es la rebeldía caraqueña sino la de sus habitantes.

Para encontrarse con la rebeldía caraqueña, per se, no hace falta irse tan profundamente al corazón del pueblo sino lanzar los ojos por las arterias principales del distrito entero. Tras hacer ese simple ejercicio empírico, quien mira puede darse cuenta que dicha rebeldía es manifiesta, y que no es sino la rebeldía de una adolescente intentando forjar su identidad a partir de la ruptura con el status quo.

Caracas, para ello, apaga la luz, se sombrea los ojos y se pone un maquillaje negro.

El peatón debe tomar en cuenta estas transiciones anímicas, pues cuando la ciudad desea hacerse al máximo con la expresión de sus complicados sentimientos, queda bastante indefenso porque, al fin y al cabo, ¿quién coño carga una linterna en el bolso? ¿Cuántos días del mes se cuenta con luna llena?

Por eso, el peatón debe caminar lentamente, abrir bien los ojos, forzar la vista y tratar de desarrollar las capacidades oculares de un felino. Cuando, por fin, puede cumplir el objetivo de ver sin luz, lo mejor es que se calce una chaqueta negra y que camine con naturalidad hacia donde haya luz. Repito: con naturalidad, lentamente, sin llamar la atención, para poder mimetizarse con la noche y no levantar el hambre de otras criaturas que se aprovechan, como un abusador cualquiera, de la rebeldía de una ciudad.

Si por casualidad el peatón se pone una ropa verde, blanca, amarilla o roja, quizás tratando de identificarse en épocas de convulsión política —¡ay!, los disfraces—, entonces respire profundo, contraiga los esfínteres y camine rápido hacia la misma luz.

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