POR MALÚ RENGIFO • @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE 231 CRÓNICAS PEATONALES

Trabajé durante un tiempo en Comunicalle, un grupo de teatro callejero que con frecuencia trataba los temas del momento, procurando brindar soluciones a nuestros problemas o mostrarnos a nosotros mismos nuestras actitudes, vicios o bondades para generar una reflexión transformadora.

Un día hicimos una acción comunicacional llamada La Cola, que consistía en que todos los actores llegábamos a una plaza y nos íbamos organizando afuera de un establecimiento imaginario, uno por uno, haciendo una cola y recreando comentarios y situaciones típicos de las colas del mercado. Había entre nosotros varios personajes: un bachaquero vestido de bachaco, un paco, una mamá lactante, un coleón, una sifrina grosera y así.

Era una acción que se improvisaba cada vez que se presentaba, no tenía un guión fijo sino una estructura que seguíamos, ajustando los diálogos a las reacciones que veíamos en el público a fin de invitarlos a participar, criticar o unirse en la búsqueda de soluciones. Comenzaba con un compañero que recorría el lugar susurrándole a la gente “¡hay jabón!, ¡hay pollo!”, y se iba haciendo la cola como un juego. Después yo llegaba y le preguntaba a un compañero, que hacía el papel de malandro, para qué era esa cola y él siempre me respondía “no sé, pero la estoy haciendo igualito”, y la gente se reía.

Una vez nos presentamos con esa acción en la esquina de Gradillas. La gente a nuestro alrededor no solo se metió en la cola sino que uno se coleó y, echando broma, jugando como si todos fuéramos niños, se pusieron a gritarle “¡coleóoon!, ¡abusadoooor!”. Más adelante, a una señora el cajero de mentira le daba su pollo imaginario y otra señora se lo disputaba porque era el último, y yo veía el pollo invisible pa’llá y pa’cá bailar entre las manos de las doñas que se tomaban su papel muy en serio, con la media sonrisa cómplice de quien hace una travesura colectiva.

Un niño corría hasta la plaza gritando que había jabón y el pollo se había acabado, y más gente llegaba a jugar hasta que fuimos un bululú masivo de unas 40 personas, más los mirones parados alrededor, en un desconcierto alegre. Fue todo un despelote. El bachaco gigante corría con cargamentos imaginarios alrededor de la multitud en caos, hasta que el personaje que hacía de policía terminó poniendo orden como pudo y todos le hicieron caso.

Nunca supimos si quedó una moraleja de aquella presentación, pero ese vernos unos a otros a las caras, conocidas o no, despelucados, eufóricos y sonrientes, aquel reírnos de nosotros mismos, parodiarnos tan espontáneamente en algarabía, es un recuerdo imborrable.

 

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