POR MARÍA GABRIELA BLANCO @PILARTOSH / ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

ÉPALE 232 SOBERANIASLas nuevas novias salieron cada una con su grupo, se encontraron en la rumba y luego de un par de tragos comenzaron a bailar juntas. La más joven la invitó a fumar. La otra, la de lentes, aceptó, pero mejor fuera del local por respeto a los no fumadores. La más joven sonrió porque pocas personas acataban la resolución del Ministerio del Poder Popular para la Salud sobre los ambientes 100% libres de humo de tabaco. Una de las cosas que le gustaban de la chica de lentes: era diferente. Una hora después, mezcladas en el mismo grupo social, la primera botella estaba liquidada, la segunda recién destapada y ya la fiesta era de ellas, besos en público, agarraderas de mano, cantando a coro el trap que más suena, bailes sin prejuicios; sucede lo que ya ellas pronosticaban: comienza a llegar más gente a la fiesta, personas del pasado lejano y reciente que tienen en común, se pone en juego la confianza, corazón de toda relación amorosa.

“Voy al baño”, dice la de lentes, que es también la más alta. La más joven, la de ojitos chinos, se va a fumar a las escaleras. Es el primer momento desde que comenzaron a salir que se separan en un lugar público. Siempre hay una primera vez, todo dependerá del tratamiento de la situación. Se le acerca a la de lentes un amigo, que venía de las escaleras, que a su vez vio un movimiento extraño que incluía a la más joven, una ex y una tercera, y se hizo una mente. Cuando la de ojitos chinos se une al grupo, ya la novia había mordido el anzuelo. Un par de frases irónicas desorientaron a la fumadora, que ignoró los indefendibles celos. Bastó que el amigo de las dos le pidiera explicaciones para que la más joven se fuera del lugar. Un error de principiantes.

Al día siguiente, la más alta recibió un mensaje al teléfono: “La desconfianza es la cosa que más odio de una persona, creo que no te he dado motivos, y eso fue lo más chimbo que has podido hacer”. Las malas experiencias pasadas te hicieron desconfiar de la novia que hablaba con otras chicas, de las amigas que hablaban con tu novia, desconfiar de las horas que permanece desconectada de sus redes sociales, de las sonrisas que no son para ti, de sus padres que ocupan espacio en su vida-casa, desconfiar del teléfono que conspira en tu contra cuando se queda sin batería, de las aplicaciones que tiene ella en su teléfono y que también le agotan la batería, desconfías del sueño porque deja tus conversaciones con ella a la mitad, desconfías de tu capacidad para satisfacerla emocionalmente, económicamente, socialmente, sexualmente. Miedo, se lee miedo.

Tener miedo a una relación nueva nos pasa a todas, pero como diría Joaquín Sabina, si te gusta comer de verdad, beber de verdad, besar de verdad, amar de verdad y poner tanto en todas esas cosas, lo más normal es que salgas llena de cicatrices, pero como le dijo la más joven a la de lentes: “Si no confías en tu pulso, ¿cómo disfrutarás que me enamore de ti?”.

 

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