La Cota Mil en domingo

Por Clodovaldo Hernández • @clodoher / Ilustración Jade Macedo • @jadegeas

Hay sitios de Caracas que tienen su atractivo permanente, pero adquieren un encanto especial ciertos días a ciertas horas. Hablo, por ejemplo, de la avenida Boyacá o Cota Mil.

Genuina arteria vial -más allá de la muletilla periodística- es de verdad útil para el endiablado tráfico capitalino, y es bella, pues toma prestada la hermosura del Waraira Repano y se vale de su altura para ofrecer lindas vistas de la ciudad.

Esas virtudes cotidianas se potencian y consiguen un brillo especial los domingos entre las seis de la mañana y la una de la tarde, cuando a la arteria le ponen unos torniquetes y la cierran al tránsito de automóviles. Entonces, la Cota es territorio de caminantes, trotadores, corredores, ciclistas, patineteros y patinadores de todas las edades.

Gente muy exigente dice que no le encuentra el sentido a pasear por una carretera, pero quienes gustan de hacerlo saben que la Cota es mucho más que eso, sobre todo por ser la frontera de la urbe con su serranía. La temperatura, los olores y los colores campestres invaden la cinta asfaltada en una interacción muy peculiar para los urbanitas prisioneros de la ciudad.

Andar un domingo por la Cota Mil es un acto de reconciliación y de reencuentro del habitante de Caracas con la cordillera a la que estamos casi siempre de espaldas. Ese enorme ser vivo parece decirnos: “¡Acércate, que no muerdo!”, y no creo equivocarme si con esas visitas han comenzado amores mucho más profundos, pues son muchos los que experimentan la necesidad de seguir ascendiendo, más allá de los mil metros sobre el nivel del mar, tomando alguno de los muchos senderos del parque nacional.

La Cota el domingo temprano huele a naturaleza abierta, a rocío mañanero, a sol que empieza a calentar. Se detiene uno a mirar la ciudad y saborea cierta satisfacción de gente madrugadora que tiene el privilegio de presenciar un espectáculo del que se pierden los dormilones.

La Cota a media mañana dominical ya está llena de gritos infantiles y de las enérgicas demostraciones de los deportistas. El sol comienza a hacer de las suyas, forjando bronceados urbanos para ser lucidos en la semana.

La Cota en horas del mediodía, ya con clima de playa seca, sigue bullendo de gente agotada pero feliz, recargadas las baterías con esa dosis concentrada de turismo sin salir de la ciudad.

Luego de la una de la tarde del domingo, la Cota vuelve a ser la carretera perimetral de bellos paisajes, el balcón de la imponente ciudad llena de contrastes sociales. Hasta el siguiente domingo. ¿No es eso lo que llaman un sitio mágico?

ÉPALE CCS Nº 479