La culpa no es del huevo

 

EL BOICOT A LOS ALIMENTOS QUE DISPARAN, SIN JUSTIFICACIÓN, SUS PRECIOS PARECE SER LA ÚNICA SALIDA A UNA ESCALADA SIN PRECEDENTES EN LA ECONOMÍA PATRIA. ES UNA INICIATIVA POPULAR ANTE LA FALTA DE RESPUESTA DE LOS ORGANISMOS QUE DEBEN VELAR POR LA CORDURA DE LOS COMERCIANTES. EN ALGUNOS CASOS HA INCIDIDO POSITIVAMENTE, PERO EN MATERIA DE HUEVOS PARECE QUE NO. LOS MÁS OSADOS APUESTAN POR CAMBIAR, DE UNA VEZ, DE CULTURA ALIMENTARIA

POR MARLON ZAMBRANO@MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

Huevo, güevo, huevón, weón, agüevoninado (ada), güevonada, güevada y la grosería más extendida en el lenguaje honesto de la calle: “mamagüevo”, que en algunos casos no tiene distinción de género, pero cuando sí lo tiene aplica como “mamagüeva” y hace alusión casi a cualquier cosa como insulto y muletilla en femenino. Son diversas aplicaciones de un sustantivo masculino cuyo origen latino (ovum) se refiere al “cuerpo redondeado, de tamaño y dureza variables, que producen las hembras de las aves, o de otras especies animales, y que contiene el germen del embrión y las sustancias destinadas a su nutrición durante la incubación”.

Ese huevo, también conocido en nuestros predios como ñema o postura de gallina, constituye un urgente objeto del deseo nutricional de nuestra cotidianidad. Está envuelto, hay que advertirlo, de connotaciones sexuales, que transforman su sola mención en una imprudencia lingüística asociada a nuestra facilidad de humor con doble sentido, que es una de las mejores maneras que tenemos los venezolanos para aguantar la gravedad incómoda de las cosas serias. Por eso, este trabajo fue escrito —y será leído— bajo la sospecha insidiosa de las implicaciones del huevo. Más de un indulgente terminará diciendo, al acabar de ojear estas páginas: “Medio huevooo…”. Otros, simplemente, mascullarán: “¡Qué güevo!”.

EL BOICOT

Hace poco más de dos semanas se decidió por diversos medios —sobre todo el boca a boca y las redes sociales— imponer un bloqueo a la compra de huevos en sus presentaciones de medio y un cartón, como medida emergente frente al atropello que implica el incremento cotidiano de su valor y dado el éxito alcanzado con medidas parecidas en relación a la cebolla, el tomate y el pimentón. Cuando comenzó a rodar la etiqueta “no more huevo” (con sus memes, mensajes de texto, WhatsApp y sucedáneos), el medio cartón (la presentación más habitual en el menú de compras del venezolano) se cotizaba en Bs. 35.000, en promedio. El cartón entero, por su parte, ascendía a Bs. 67.000, más o menos, tomando en cuenta que aunque los precios se estandarizan a conveniencia del comerciante, en nuestra economía trastocada hay quien siempre le pone un pelín más, a ver si cuela.

En los alrededores del mercado de Quinta Crespo, donde se pulsa el termómetro del consumo alimenticio de la ciudad, sobre todo en lo que se refiere a las transas más viles de la especulación, el medio cartón de huevos, chiquitos, se deja para su venta, preferiblemente, en efectivo. Los huevos más grandes se cobijan en un costado suspicaz, solo para el trueque: otra de las modalidades imaginativas en que la economía inercial de los caraqueños ha decidido sus pactos de ocasión. Ese intercambio es solo por tres productos de 1 kilogramo, preferiblemente arroz, pasta y azúcar. Válgame Dios si a usted se le ocurre proponer “truequear” por menos de eso, o se atreve a mencionar un nombre proscrito en el imaginario intercambiable del bachaqueo: las lentejas.

“SI EL PUEBLO ORGANIZADO, SIN LOS CONSEJOS COMUNALES, SI LAS COMUNAS O LA MILICIA NO PUEDEN IMPONER UN BOICOT DECIDIDO Y CONTUNDENTE CONTRA LOS COMERCIANTES ASESINOS Y LADRONES, OLVÍDENSE”.
(JOSÉ SANT ROZ)

José Sant Roz, al inicio de las hostilidades contra el huevo, auguraba en un interesante artículo: “Lo vamos a decir de manera serena y directa: el Gobierno nunca podrá controlar los precios. ¡Olvídense! Si el pueblo organizado, sin los consejos comunales, si las comunas o la milicia no pueden imponer un boicot decidido y contundente contra los comerciantes asesinos y ladrones, olvídense, esta guerra nunca tendrá fin. Solo el boicot nos haría fuertes y libres, y en algunas ocasiones ha funcionado, como por ejemplo, en el caso de los cambures y los plátanos, de los aguacates, cebolla, tomates y pimentones… que se han llegado a podrir por toneladas en muchos comercios, y han tenido que bajarlos”.

 

LOS RESULTADOS

Miles de años después de que los indios domesticaran a la gallina, y cuatro siglos desde que Velásquez pintó su afamado Vieja friendo huevos, que se exhibe en la Galería Nacional de Escocia, el lunes 9 de septiembre pasado se escuchó el pistoletazo de salida del boicot, pretendiendo que el vendedor se viera obligado a bajar los precios para que su producto no se dañara y terminara por botarlo. Un “sí Luiiiiiis” resonó en los laberínticos escondrijos de la usura.

Dos semanas después, en Acarigua, estado Portuguesa, por ejemplo, un cartón llegó al escandaloso precio de Bs 100.000, considerando que se trata de una tierra de producción agrícola. En Caracas y sus alrededores el asunto fue más graneadito: los costos que no escalaron se mantuvieron incólumes y giraron en torno a los 37.000 y 70.000, llegando en algunos casos a 40.000 y 80.000, el medio y el cartón entero, respectivamente.

Los consumidores que recurren al huevo como único recurso de proteína animal, frente a los precios de la carne (por encima de Bs. 80.000 el kilo), pensaron que lograrían impactar en los costos, en momentos en que la dieta básica se cubre por invocaciones milagrosas. La recomendación era sabotear el queso y la carne también; pero, al parecer, esa iniciativa quedó extendida a un segundo plano para imprimirle fuerza al asunto del huevo, sin logros plausibles.

“Para mí no dio ningún resultado, porque vi muchas personas comprando y siguen carísimos. Y lamentablemente, a pesar de que están caros, es lo más accesible para hacer nuestra comida. Sirve tanto para desayuno, almuerzo y cena, ya que la carne y charcutería están por las nubes”, expresó sabiamente un usuario de un grupo de “prosumidores” que evaluaban la jornada en su segunda semana.

El economista y profesor universitario Manuel Sutherland, director del Centro de Investigación y Formación Obrera de Caracas, considera que el asunto clave de un boicot es que debe ir acompañado por alternativas de mejor precio o fácil acceso a otras opciones. “Por ejemplo: un boicot contra un periódico lo resuelvo cambiándolo por otro. Pero el boicot contra los huevos, o cualquier otra proteína más o menos a menor precio, aunque sea elevado para el sueldo de un venezolano, no tiene sentido porque no hay ningún bien que los pueda sustituir directamente”. Apunta otra regla general para un boicot con óptimos resultados: se produce en economías serias, donde los empresarios temen por su reputación. En Venezuela… ya sabemos. Por último, agrega, la presión naufraga “porque, además, debería ser en localidades muy puntuales y pequeñas. A nivel nacional no tiene sentido porque la mayoría de la gente no se entera, por muy avanzadas que estén las redes sociales. Bien porque a la gente se le olvida, no está de acuerdo o no le presta atención”.

Otman Quintero, docente en Ciencias Sociales y creador de una extensa red de información nutricional y acopio de consejos culinarios para la supervivencia a través de WhatsApp, llamada Repositorio de Recetas, concluye: “Considero que debemos profundizar en el conocimiento y uso de las tecnologías de empoderamiento y participación (TEP) si queremos fortalecer la comunicación, crear tendencias y transformar el entorno a través de la redes sociales, en el entendido de que la opinión del ciudadano común cuenta, aporta e influye en la sociedad actual. Esa profundización y uso adecuado de las TEP, acercándolas a las diferentes organizaciones del poder popular, darán un mayor empoderamiento, traducido en conciencia de nuestras capacidades y potencialidades orientadas al consumo responsable y verdaderas campañas de no consumo de algunos productos que pudieran ser sustituidos por otros, o producidos a nivel comunal y familiar”.

EL VERDADERO BOICOT

A ciencia cierta, el boicot general a los alimentos está instalado, no como estrategia consciente, sino por obligación. Difícilmente una familia de ingresos promedios puede redondear, seriamente, una mensualidad bien trabajada para hacer un mercado en las actuales condiciones, frente a la carrera desbocada de aumentos que no tiene parangón en la historia reciente del país, que ya es bastante decir.

Es, sin embargo, la oportunidad de darle un vuelco definitivo a los paradigmas alimenticios del venezolano que, entre otras cosas, jura y perjura que las únicas proteínas que sirven son las de origen animal, que si no come carne tres veces por semana se hundirá en la desnutrición hasta los huesos y verá a sus hijos sucumbir de inanición.

Las banderas por hacer de la de crisis una oportunidad las asumen nutricionistas sobrios, naturópatas, vegetarianos, y equilibristas del optimismo. El doctor Javier Nouel es uno de ellos: educador, naturólogo, promotor cultural, docente en investigación de la Escuela Venezolana de Planificación y asesor del Instituto Nacional de Nutrición; es de los que recomienda no calarse ese huevo (el de comer… y el otro).

“YA HOY, LA ORGANIZACIÓN PANAMERICANA DE LA SALUD TIENE ESTABLECIDO QUE ESTOS ALIMENTOS ESTÁN DIRECTAMENTE RELACIONADOS CON LAS ENFERMEDADES Y MUERTES QUE DIEZMAN AL CONTINENTE Y AL MUNDO”.
(JAVIER NOUEL)

“El verdadero boicot es un cambio de hábito. Un cambio de cultura alimentaria. El verdadero problema que tenemos, nuestro talón de Aquiles es lo cultural. Un hecho que la mayoría de la gente desconoce es que el problema de los huevos es que ese, el que consumimos, no tiene que ver con el de hace 100, 60 años. Este es un huevo que depende de una genética importada que está relacionada con antibióticos, alimentos y medicamentos especiales que, además, están dolarizados, dentro de la dinámica de una economía rentista y especulativa. Cuando desmitificamos algunos hábitos empezamos a tener herramientas para transformar y aprender a través de una cocina intuitiva y resiliente, es decir, cómo, desde unos principios básicos que manejo, yo puedo generar siempre estrategias para adaptar mi alimentación al contexto. Y en cuanto a las proteínas, uno de los mitos que han sido impuestos históricamente es que son solo de origen animal, porque quienes impulsaron la pirámide nutricional y los requerimientos nutricionales de los humanos fueron los Gobiernos angloparlantes (EEUU e Inglaterra) financiados, justamente, por las grandes industrias cárnicas y avícolas. Además, hay una campaña enorme, como la de ‘coman huevo’, por ejemplo. Otra de las cosas que he venido trabajando es el tema de que la nutrición no es una sola, sino que hay distintos enfoques y que la nutrición, desde el punto de vista académico y tecnocrático, ha sido diseñada por las grandes corporaciones poniendo dinero, creando escuelas. Por ejemplo: el INN, aunque está descolonizado, fue creado, entre otros, por David Rockefeller. Incluso, la cesta básica alimentaria fue diseñada por estas grandes corporaciones, que se sentaron con los Gobiernos en los años 80 para definir su contenido. Ahí entra otra gran problemática: se establecen los alimentos que las corporaciones producen, pero que hoy en día generan diversos problemas, que son los alimentos procesados y ultraprocesados como la margarina, la leche en polvo, harinas, aceite refinado (este último tiene un derivado del petróleo). Ya hoy, la Organización Panamericana de la Salud tiene establecido que estos alimentos están directamente relacionados con las enfermedades y muertes que diezman al continente y al mundo, como lo son las enfermedades crónicas. ¿Cómo entra el huevo? No tiene nada que ver con el huevito criollo: está repleto de hormonas, antibióticos, los animales han sido torturados. Además, su producción masiva depende del mercado internacional, lo cual, en medio de un bloque económico, se vuelve un desastre”.

Nouel, activista y promotor de los colectivos Rednaser (Red de Vida Natural y Desarrollo del Ser), RCA-SASA (Red de Consumidores Asociaciones) y de Redssa (Red de Defensores y Defensoras de la Seguridad Agroalimentaria), considera que, en este caso, lo más importante es entender, de una vez, que las proteínas no son solo de origen animal: “Podemos obtener proteínas de alta calidad biológica consumiendo granos y cereales. Por ejemplo: frijoles con arroz. Pero, aparte de eso, nosotros no requerimos tanta proteína como la gente cree. Una persona de 1,70 de altura y 80 kilos de peso, con una vida normal, necesita 60 gramos de proteínas; y un bistec, por ejemplo, tiene 100 gramos. La gran oportunidad en este contexto es que estamos obligados a buscar cosas nuevas, a aprender. Y eso no lo puedes hacer solo, lo tienes que hacer organizado, con esperanza, alegría, amor y buena voluntad. Hay que ver el tema alimentario con una visión holística y crítica”.

ÉPALE 342

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