POR MIGUEL POSANI • @MPOSANI

ÉPALE260-LIBREMENTEGeneralmente todos hemos confiado alguna vez en alguien que terminó decepcionándonos, y lo normal es que la decepción nos deje un herida que tardará en cicatrizar.

Me decepciono cuando no se cumplen mis expectativas, sean estas sobre una situación futura o una persona.

La decepción es un estado de ánimo que implica tristeza o pena junto a un estado de sorpresa ante la evidencia, inesperada, que va contra mis expectativas.

Poco importa lo que alguien me hizo creer. Dejo entrever; yo pensé, predije, me esperaba. Todas estas palabras denotan mi proyección de ciertas expectativas hacia algo.

También existe la desilusión que refleja, más aún, el momento mítico, la mistificación como acción de proyectar contenidos simbólicos en una cosa, situación o persona. Pero el que tiene una ilusión sabe, aun si lo niega, que tal vez esa ilusión no se concrete, lo que lleva a que la desilusión no te toma por sorpresa.

En cambio la decepción es una certeza que se rompe. Cuando las expectativas son muy altas o cuando la persona no cumple con lo que espero de ella, entonces me siento desilusionado, frustrado, triste y hasta enfadado, fruto del profundo dolor por la decepción.

Después de una decepción solemos bloquearnos a nuevas experiencias por miedo a volver a sufrir, a sentir ese profundo dolor por la decepción. Es por ello que muchas personas prefieren o eligen no afeccionarse, no ilusionarse o no colocar esperanzas y fe en algo o alguien, pensando que así minimizarán el riesgo de ser lastimados de nuevo.

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