La demoníaca tentación de competir

Por Clodovaldo Hernández@clodoher /  Ilustración Sol Roccocuchi • @ocseneba

Ya te he dicho –tal vez demasiadas veces- que trotar es un deporte en el que se puede o no ser competitivo. Eso lo diferencia de muchas otras disciplinas en las que solo tiene sentido practicar con miras a confrontarse con alguien.

Para algunos trotadores, este es uno de los mejores atributos de la especialidad. Y así, pueden pasar la vida entera trotando solos o con otros de su misma especie, sin jamás decir “¡Te gané, pendejo, asúmelo!”. Otros, en cambio, solo le encuentran sentido a tanto esfuerzo si pueden disfrutar de las tan cacareadas mieles de la victoria.

Bueno, tú sabes que pertenezco al primer grupo, pero debo decirte que tengo la certeza de que competir es una tentación demoníaca y, como tal, se le ha pasado por la cabeza hasta al más religioso de los corredores solitarios.

Tengo la teoría de que la idea de ir alguna vez a una competencia o de retar a un compañero a una carrerita es algo que surge tan pronto adquirimos cierto nivel de condiciones físicas. Es un impulso natural porque si un buen día te levantas, vas al parque o a la ruta habitual y te encuentras con que estás en gran forma, que te desplazas fluidamente, sin terminar con la lengua de corbata y con ganas de más, es inevitable que te empieces a mirar a ti mismo como un atleta que debe demostrar lo que tiene en la pista o en la ruta de una competencia de calle.

Si tú has llegado a ese estatus, te felicito y te recomiendo que sigas tus instintos. No te niegues a vivir la experiencia solo por un sentido dogmático de la no competencia. Además, ir a una carrera no implica que te vayas a volver adicto (aunque se han visto muchos casos).

Lo malo, creo yo desde un punto de vista netamente teórico, es que te vayas a obsesionar con las carreras y te pongas como esos jugadores de tenis que no parecen divertirse en la cancha, sino sufrir por las derrotas y querer matar al contrincante, que suele ser un amigo. Así la cosa se vuelve de verdad demoníaca.

Me queda mal dar este consejo porque yo mismo no lo he hecho nunca. Pero si es tu caso, pienso que deberías, como Serrat, “vencer la tentación sucumbiendo de lleno en sus brazos”.

ÉPALE 407