POR MIGUEL POSANI • @MPOSANI / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

ÉPALE251-LIBREMENTELa desesperanza no es desesperación. Es una profunda sensación de desánimo, de falta de entusiasmo que va atravesando todo nuestro hacer cotidiano, desde que te despiertas hasta que te duermes. También puede presentarse por un momento, frente a un problema, pero esa se supera rápidamente.

El problema verdadero es esa desesperanza que va cubriendo todo tu hacer cotidiano.

La desesperanza no es depresión, pero si no se hacen correctivos a tiempo podrían desencadenarla y crear en el individuo problemas de baja autoestima, falta de energía y tristeza. Y ella puede ser provocada por múltiples factores, pero dos conjuntos principales son el contexto de vida, la “realidad” que vivo y percibo y mis creencias.

Si un sistema de actitudes y creencias me condiciona constantemente a ver todo gris o negro y no tener esperanza, entonces podemos decir que estoy “hipnotizado” con esquemas negativos inconscientes que hacen que me predisponga negativamente a todo.

Aparece la figura de aquel que se queja de todo…

Pero otro problema es cuando el contexto en el que vives constantemente te está enviando mensajes angustiantes, cuando la información que recibes es contradictoria y ambivalente y no ves índices positivos que te lleven a reforzar tus intentos de ver el futuro con esperanzas.

Porque pienso que todos, inconscientemente, tendemos a ver las cosas con esperanza, a menos que hayamos tenido impactantes aprendizajes negativos en nuestra infancia que luego han condicionado nuestra percepción de los hechos cotidianos.

Con mayor razón ahora, en donde el contexto cotidiano cada día se vuelve menos previsible y lógico, ganando espacio y atmósfera el deterioro de la funcionalidad y de la coherencia social.

¿Qué me queda frente a la desesperanza? O me doy equivocadamente con alguna droga dura, como el alcohol, o comienzo a buscar en mí la fuerza, la centralidad, el equilibrio, la energía, la confianza, el deseo y, lo más importante, la risa que me permita pararme y quitarme el traje de la desesperanza, observarme, darme cuenta que sigo vivo y que soy un milagro de la vida. Tal vez cambiando mi posición frente a esa realidad degradada de todos los días, al reírme, con cada carcajada o sonrisa, me llene de entusiasmo por seguir respirando, caminando, probando, inventando, creando, imaginando, sintiendo que existo y soy; y que en medio de los avatares cotidianos, en donde poco puedo controlar, también algo decido.

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