POR RODOLFO PORRAS / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Si tomamos en cuenta que el humano es un animal irremisiblemente gregario, podríamos deducir que su recurso de sobrevivencia más adecuado es la cooperación y que el sentimiento más acorde con su naturaleza es la solidaridad.

Sin embargo, el desenvolvimiento histórico de las manadas humanas, con sus disímiles estrategias de supervivencia, la han ido llevando hacia estructuras más bien contrarias a este carácter.

La acumulación de bienes, según Federico Engels, fue el detonante fundamental para la construcción de un orden social que descansa en el concepto de propiedad privada, asunto que tiene que ver con el usufructo de la fuerza de trabajo que antes era colectiva, solidaria y cooperativa. La energía de trabajo del ser humano degeneró en mercancía.

La propiedad privada es un recurso intrínsecamente excluyente, no cooperativo ni solidario. Así se establece una contradicción inherente entre la naturaleza humana y el orden que se sostiene en la propiedad privada.

ÉPALE 235 OPINIÒN

La tierra, la maquinaria, las leyes y el orden social se convirtieron, paulatina e implacablemente, en una estructura sólida, bien aceitada y que contó con dos herramientas de apoyo: los cuerpos armados y la fundamentación filosófica y cultural. Así, la estructura fue vertiéndose a sangre y palabras en las mentes con la religión, las canciones, los garrotes, las leyendas, las ballestas, los poemas, los instrumentos de tortura, las discusiones en la plaza, las mazmorras, etc.

¿El espíritu gregario, inevitable? Sí, pero dirigido a la conglomeración masiva, dócil, acrítica y sumisa.

Nunca se ha detenido la lucha de la masa que fue heredando la pobreza y la formación servil contra los grupos que fueron heredando la riqueza y los instrumentos de dominación. Es lo que Carlos Marx, el compadre del señor mencionado más arriba, llamó “lucha de clases”.

Esta situación —con más o menos énfasis en la tierra, el poder político y la maquinaria— ha sido la estructura básica del orden social desde los anales de la sedentarización hasta nuestros días. La máquina se ha ido perfeccionando cada vez más y este desarrollo tecnológico (que no humano) ha cambiado de manera contundente los modos de producción y, lo que es más importante, los modos de explotación.

En las últimas décadas el desarrollo tecnológico le dio otra vuelta de tuerca a la explotación humana. Ya la fuerza de trabajo no define el valor de cambio, lo define el consumo.

Los nuevos elementos que están en juego no son la cantidad de horas-hombre que se emplean para la fabricación; eso lo hace la robótica, las grandes procesadoras de lo que sea, las empaquetadoras automáticas y los sistemas de distribución. A falta de maquinarias están las maquilas, que utilizan al ser humano como piezas de producción mecánica. Aquí tenemos la punta —una de las puntas— del hilo del sistema económico y político que impera en esta contemporaneidad.

LA DICTADURA DEL MERCADO

El consumo define la nueva cultura. Si antes la Biblia, los sermones en la iglesia, los garrotes, las canciones y los poemas llevados por juglares y trovadores eran el aparato que introducía con vaselina el orden social, ahora es la televisión, el cine, las mal llamadas redes sociales. El sacerdocio lo ejercen los publicistas, los planificadores del mercadeo. Y en vez de garrotes hay, en ciernes —y muchas veces de facto—, armas de destrucción masiva. Los sacerdotes antiguos —los curas— son ahora voceros y pontificadores de segunda.

La estructura social sigue siendo la misma que describimos en los primeros párrafos. La diferencia es que esta energía humana se gasta en la compra de insumos. La alienación tenía la cara de Chaplin dando vueltas entre engranajes y poleas, hoy la cara es la del idiota frente a la televisión, frente a la pantalla del teléfono, ante una vidriera que termina siendo lo más concreto con lo que se relaciona. El producto que le vendieron por las múltiples pantallas está allí, de plástico y colores, detrás del vidrio. ¡Es verdad! ¡Existe! Y tiene que tenerlo, porque esa es la concreción del universo virtual que le inoculan todos los días.

Esta idiotización es, tal vez, uno de los logros más importantes en toda la historia de la explotación del ser humano. La víctima se desvive por serlo y no siente que es explotado, más bien cree que logró algún tipo de éxito cuando consume lo que sea. Esto ha generado una acumulación de riquezas y poder que no tiene proporción con ningún otro momento de la Historia. Y ya sabemos lo que le hace la acumulación al instinto gregario, a la solidaridad y a la condición humana.

Esta inmensa riqueza les ha otorgado a las clases hiperdominantes la capacidad de operar con un abanico que va desde la manipulación, vigilancia y conducción de un individuo, hasta la movilización, conducción y vigilancia de grandes masas de seres humanos.

HOY, EN TODO LO QUE SE HA LLAMADO EL MUNDO CIVILIZADO, LAS LEYES DEL MERCADO PRELAN SOBRE CUALQUIER OTRA ESTRUCTURA POLÍTICA, SOCIAL O ECONÓMICA

Hoy, en todo lo que, paradójicamente, se ha llamado el mundo civilizado, las leyes del mercado prelan sobre cualquier otra estructura política, social o económica.

Es una dictadura que quita y pone gobiernos, cambia la estructura económica de los países, destina la función productiva de regiones enteras en el planeta, acaba con grupos étnicos, seca los ríos, desaparece montañas, propicia guerras, desnaturaliza por completo a los seres humanos, crea monstruos transgénicos, fabrica enfermedades para poder aplicar medicinas previamente formuladas y un largo y terrorífico etcétera.

Es un sistema que para mantenerse debe crecer, si se estanca se debilita. Pasa como con Detroit, que se convirtió en una ciudad fantasma porque el mercado la fue desplazando hasta morir. El síndrome Detroit es para el mercado como la kriptonita verde para Superman. Por ello la dictadura del mercado no deja de acelerar la caducidad de todo lo que fabrica, por ello no deja de inventar bombas, por ello los medios de comunicación se multiplican, por ello sistemas como el socialismo bolivariano le genera el síndrome de destrucción. Por eso lo combaten a sangre, fuego y propaganda, usando todos los organismos internacionales a su cargo, a todos los medios de comunicación a su cargo, a todos los funcionarios a su cargo.

Lo que no esté bajo la égida de esa dictadura va a ser atacado, vituperado, saboteado. Y siempre, pero siempre va a encontrar quien esté dispuesto a traicionar a su familia, a su país, a la humanidad, al planeta, a lo que sea para sentirse privilegiado en el engranaje del mercado y su implacable dictadura.

 

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