ÉPALE 241 TORRIIJOS

SENTÓ EN UNA MESA A ESTADOS UNIDOS Y CONSIGUIÓ, MEDIANTE PURA ASTUCIA POLÍTICA, LO QUE LOS PAÍSES SUELEN CONQUISTAR O PERDER A CAÑONAZOS: LA SOBERANÍA SOBRE UN TERRITORIO DESPOJADO Y MANCILLADO EN SECULAR ACTO COLONIAL. HACE POCO SE CUMPLIERON 36 AÑOS DE LA MUERTE DE ESTE LÍDER FUNDAMENTAL DE LA LATINOAMÉRICA SUBLEVADA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE •@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Concluidas sus misiones más trascendentales (arrancarle a Estados Unidos el compromiso de devolver la zona y la administración del Canal a Panamá y hacer que los panameños supieran cómo se gobierna para el pueblo), el general Omar Torrijos andaba, más bien, preparando su entrada en otra etapa menos pública de su carrera y de su vida cuando la avioneta en que solía movilizarse realizó su último periplo, el 31 de julio de 1981: un corto trayecto de 15 minutos (“vuelo corto aunque con turbulencias”, dicen los informes) que debía terminar en Coclesito. A tres minutos de la llegada el piloto informó a la torre de control que todo estaba en orden. Instantes después los campesinos de Coclesito escucharon dos explosiones, y alguno atestiguó haber visto la bola de fuego precipitándose hacia la cordillera. Era pleno mediodía. Pero el líder fundamental de Panamá viajaba a esa hora hacia la noche de los cielos.

No tardó el mundo entero hacerse eco de un rumor que cantaba demasiado claro: Torrijos pudo haber sido víctima de un asesinato perpetrado por los muchos organismos criminales de la Casa Blanca. Hasta nombre se le puso a la operación mediante la cual fue siniestrada la aeronave: Halcón en Pleno Vuelo. John Perkins publicó al respecto un libro escandaloso, Confesiones de un sicario económico, en el que aseguraba que Torrijos fue mandado a liquidar por la CIA luego de conocerse que estaba en conversaciones con un consorcio japonés para la construcción de un segundo canal interoceánico. La empresa norteamericana Bechtel quería para sí ese negocio y el panameño le estaba enfriando el bistec. El libro circuló, hizo bulla, le dio fama a Perkins y dinero al autor y a unos editores, y pasó a la historia como un libro más, de esos que seducen un rato hasta que se evapora el factor sorpresa y todo el mundo a bostezar.

Por supuesto que la Casa Blanca y sus sistema de medios y analistas a sueldo alrededor del mundo replicaron con la especie de que el asesino del general había sido Fidel Castro. ¿Y eso por qué? ¡Ah!, porque a Fidel dizque le molestaba mucho que hubiera un dirigente tanto o más popular que él, y entonces vino y lo mató. No vaya a creer que la guerra mediática y la mala maña de andar creyendo cualquier estupidez es algo que se inventó del tiempo de Chávez para acá.

La trascendencia de Torrijos y de su gesta solo se comprenden metiendo el retroceso hasta 1903, año en que Estados Unidos realizó una maniobra “un poquito bastante” estrambótica para voltear a su favor el balance geopolítico de Centroamérica y Suramérica. Resumiendo el cuento, y sin necesidad de exagerarlo, es preciso recordar que Panamá formaba parte entonces de la República de Colombia, inmersa al comenzar el siglo XX en la Guerra de los Mil Días, y que fue Estados Unidos el promotor de la separación de Panamá como república. Panamá existe como república porque a Estados Unidos le dio la gana de que existiera.

 

NI LAS DECISIONES JUDICIALES CONTRA LOS ALCALDES DE LOS MUNICIPIOS GUARIMBEROS LOGRARON PRODUCIR UNA REACCIÓN. HASTA LOS TOCADORES DE CACEROLAS SE DECLARARON EN HUELGA.
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Despojada Colombia de ese territorio en noviembre de 1903, en cuestión de pocos días Estados Unidos y varios países de Europa reconocieron a la nueva república y los norteamericanos anunciaron, de pronto, sin que Colombia hubiera tenido tiempo de pronunciar la primera frase de protesta, que iban a comenzar las obras del Canal de Panamá. El detallazo que ensuciaba a la soberanía: Panamá dizque iba a ser de los panameños, pero los gringos se reservaban para sí una franja de 10 km de ancho que recorría de punta a punta al país, desde el mar Caribe hasta el océano Pacífico. Es decir, justo la franja dentro de la cual iba a construirse el canal. O sea, el lugar donde se encontraba el recurso natural más valioso, en términos monetarios, del suelo panameño: su posición geográfica. El nuevo país estaba destinado a ganarse los centavos cobrándole peaje a cuanto barco quisiera pasar de un océano a otro, pero ya va: el grueso de los ingresos iba a parar a Estados Unidos. Ustedes saben, el dueño de la franja por donde pasa el canal.

El tratado mediante el cual se refrendó esta situación se conoce como el tratado Hay-Bunau Varilla, firmado, como es obvio, por un representante de Estados Unidos y otro de Francia. ¡Ah!, porque es que las obras del Canal fueron ejecutadas en su mayoría por un consorcio francés. Dicen los libros de Historia que el señor que les servía café a los altos comisionados mientras firmaban estos acuerdos era panameño (es decir, colombiano). La parte más emocionante es aquella que dice que Estados Unidos administraría el Canal a perpetuidad. Es decir, para siempre o hasta que el infierno se congelara.

ZONEÍTAS

Panamá vio transcurrir entonces el siglo XX con un pedazo de Gringolandia partiéndola por el medio. Para que un panameño pisara esa franja debía presentar su pasaporte, y los ciudadanos nacidos ahí no eran panameños: eran “zoneítas” (zonian, en inglés), es decir, gente nacida en la Zona del Canal. En realidad, y para efectos prácticos y administrativos, esos coños eran gringos y eran los responsables de manejar todo lo manejable dentro del Canal, empezando por los reales. Un zoneíta notable es aquel señor llamado John McCain, el mismo que perdió las elecciones con Barack Obama.

26 años después de ese disparate, exabrupto y monstruosidad geopolítica nacía en Santiago de Veraguas Omar Torrijos, quien hizo su carrera militar conforme a los tiempos centroamericanos: pasantía en El Salvador y especialización en la Escuela de las Américas, esa tenebrosa escuela gringa para el terrorismo y la tortura. En 1959 participó en una acción armada sofocando una rebelión militar de mediano calado; y de pronto, en 1968, estaba protagonizando un alzamiento militar contra el presidente Arnulfo Arias. Estados Unidos revisó el currículo de los cabecillas de la insurrección y se tranquilizó, o más bien se alegró, al ver que los golpistas eran muchachos entrenados por ellos mismos.

No sospechaba nadie, en la cofradía de los dueños del mundo, que aquel teniente coronel habría de convertirse en pocos años en el presidente más querido por el pueblo panameño y, además, en el político que le cobró a la superpotencia su vejación secular. La historia de las negociaciones que culminaron con los tratados Torrijos-Carter comenzó en 1964 y culminó en 1977, entrando en vigor en 1979.

Aquellos años de conversaciones directas, de presidente a presidente y de comisión presidencial a comisión presidencial, han sido reconocidos como una obra maestra en el juego de las negociaciones internacionales entre una potencia mundial y un pequeño pero altivo país. La dignidad y el decoro con que Torrijos coronó, limpiamente y a la vista de todo el mundo, la faena de devolución de territorio por parte del insolente hegemón del Norte no fueron reconocidos por las oligarquías, que se dedicaron a bombardear sus actos y efectos. También encontró rechazo el acuerdo en la ultraizquierda, que se negaba a no reconocer nada que no fuera una declaración de guerra a Estados Unidos y el arrebato del territorio por las malas. Pero el fusil de Torrijos en esa singular batalla de la dignidad fue el verbo, peligrosa arma de los genios de la política.

El Canal de Panamá fue entregado a los panameños para su administración total y definitiva el 1° de enero del año 2000, 21 años después de la muerte de Omar Torrijos. Eso se llama trascender y eso se llama inmortalidad: hacer respetar lo convenido, incluso después de la muerte.

 

 

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