La dolorosa separación

Venezuela nunca había sido un país de emigrantes. La guerra económica le dio ese estatus

Hace aproximadamente 40 años mi esposo me planteó la idea de emigrar hacia los Estados Unidos en busca de un mejor futuro para nuestros hijos, teníamos dos varoncitos. En esos tiempos era muy poca la gente que emigraba y la idea me pareció descabellada, tomando en cuenta que aquí teníamos empleo fijo, casa propia. También me atemorizó pensar ¿qué vamos a hacer en un país extraño con dos niños?, ¿dónde llegar?, ¿de qué vamos a vivir?
Grupos de personas siempre han abandonado su lugar de origen por diferentes causas: económicas, sociales, políticas, educativas, etcétera, siempre en búsqueda de nuevos horizontes y de mejorar sus condiciones de vida. Venezuela no se ha caracterizado por ser un país de emigrantes, yo diría que no existe en nuestro país una “cultura de emigración”.
Hola, ¿cómo estás? ¿Qué es de tu vida? ¿Cómo está tu familia? ¿Cómo están tus hijos? ¿Se fueron o todavía están en el país? ¿Han pensado en irse? Estas son preguntas comunes en los actuales momentos. Yo, hasta hace poco, respondía “todo bien”, “todos estamos aquí”, hasta que la familia de una sobrina, hija de mi hermana mayor, fueron los primeros en emigrar a Chile. Otra sobrina muy querida decidió hacerlo también, dejando aquí un buen empleo que le permitía gozar de una excelente calidad de vida; y, ahora, tengo a mi hermano mayor con su familia completa fuera del país, en Miami.
Pero nada me había afectado tanto como el anuncio por parte de mi hijo mayor de que había decidido irse con su familia para Colombia. Lloré desesperadamente porque, aunque mis hijos hicieron su vida familiar aparte muy jóvenes, yo nunca había tenido la idea de una separación tan radical. Lo que más me preocupaba era el hecho de que él pretendía llevarse a sus dos hijos sin un rumbo fijo. Le sugerí que se fuera solo, que se estableciera primero, que consiguiera empleo y que, cuando ya estuviera establecido allá, los mandara a buscar; la idea era que los niños no pasaran trabajo. Afortunadamente, el viaje no fue posible.
La felicidad no duró mucho. El año pasado, en febrero, la esposa de mi segundo hijo se fue para Chile a trabajar allá. Eso lo devastó produciéndole una gran depresión. Él no se pudo ir con ella debido a que no tenía pasaporte. Se dedicó a hacer las diligencias para obtenerlo y, mientras, siguió trabajando sin abandonar la idea de irse también. Mientras tanto, me dediqué a tratar de convencerlo de que no se fuera, pero no tuve éxito. El 19 de diciembre de 2018 se fue por tierra y llegó a Chile el 29 del mismo mes.
Por otra parte, la única hija de mi actual esposo, una jovencita de tan solo 20 años, decidió marcharse a Colombia, en primera instancia; luego, se fue a Perú y ahora está en Ecuador. Sólo deseo que estén muy bien, que Dios me los bendiga y me los ayude. Del mismo modo le pido que mi hija, quien vive conmigo, no tome la decisión de emigrar, sobre todo porque me sería muy difícil no sólo separarme de ella, sino de mi hermosa nietecita.

Por Lucila Contreras • contreraslucila@gmail.com /Fotografías Archivo

Terminó el drama de la Torre de David

 La Torre jamás fue un lugar apto para la convivencia humana

En febrero de 2015 comenzó uno de los procesos más engorrosos de la Caracas ciudadana: el desalojo y traslado de las familias que habitaban la Torre Confinanzas, llamada también La Torre de David, en la avenida Andrés Bello.
El ministro para la Transformación de Caracas, Ernesto Villegas, estuvo al frente de las operaciones. El primer grupo que fue trasladado lo conformaban 77 familias. Su destino fue Ciudad Zamora, Cúa, en los Valles del Tuy.
En total fueron movilizadas 1.156 familias, unas 4.000 personas, durante cuatro meses en un plan llamado Operación Zamora, desde la precaria edificación hasta los urbanismos de la Gran Misión Vivienda Venezuela.
La Torre de David fue siempre un foco de controversias, desde que se paralizó su construcción en 1996, pasando por su invasión y toma por parte de ciudadanos sin vivienda en 2007, hasta la activación de grupos criminales que generó una serie de noticias verídicas y también de leyendas urbanas. Se trata de un edificio de 45 pisos (las torres más altas de América Latina) que, poco a poco, se fue poblando hasta convertirse en una comunidad que, con el tiempo, se organizó en cooperativas y se llenó de expendios y servicios. Pero nunca llegó a ser un lugar apto para familias con niños que, sin embargo, estuvieron varios años esquivándole el cuerpo a la muerte en esas alturas, sin ningún criterio de seguridad.

Por José Roberto Duque • @jrobertoduque • Fotografías Archivo