ÉPALE270-MITOS

POR MALÚ RENGIFO • @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Dice el saber popular que la historia la escriben los ganadores. Que las cosas pueden haber ocurrido de un modo diferente al que nos cuentan y que, así, la falta de honor de un tramposo pueden borrarla unos cuantos escritores que construyan la historia de la gloria omitiendo detalles de poca relevancia, o hasta de mucha. En esa construcción se han hecho expertos los portadores de la bandera imperialista yankee. A la ambiciosa construcción de ese discurso capaz de imponer una versión más o menos mentirosa de las cosas se le llama hegemonía cultural, un arma silente de mucho mayor alcance que cualquier bomba nuclear.

Luego de los hechos iniciados en 1939, cuando los países aliados, Francia, Inglaterra y la Unión Soviética se enfrentaron a los intereses de dominación de Japón, Italia y Alemania, Estados Unidos encontró la oportunidad de unirse a los aliados y apoderarse del triunfo, si es que acaso puede considerarse un triunfo tributar para una guerra que mató a más de 60 millones de personas. Años más tarde, a partir de 1945 Estados Unidos decidió que también la Unión Soviética debía ser eliminada (porque mientras los soviéticos apoyaban revoluciones y gobiernos socialistas, Estados Unidos financió la instalación de dictaduras militares y la desestabilización de los países de América Latina). Dos potencias tan grandes con ideologías antagónicas no podían existir al mismo tiempo, y así EEUU se olvidó de su alianza y comenzó la llamada Guerra Fría, un enfrentamiento que no paró hasta que logró el cometido de disolver la unión de las repúblicas socialistas. Para lograr semejante cometido, la gran maquinaria de la comunicación, la industria del cine y hasta la literatura fueron utilizadas por los gringos como herramienta para ocultar los sacrificios y esfuerzos de la URSS contra las potencias del Eje.

Pero, ¿quién llegó primero a Berlín durante el que se considera el conflicto bélico más terrible de la historia de la humanidad? El Parlamento, último bastión del Tercer Reich fascista, cayó al verse ondear la bandera de la URSS en el atardecer del 30 abril del año 1945, pero ¡no, señor!, ¡esa guerra la ganaron los gringos!, cuentan los relatos más populares sobre aquella época. Porque así son: unos fanfarrones bien tramposos.

La guerra fue cruenta, despiadada. Los sacrificios soviéticos fueron tales que su número de bajas supera los 30 millones de personas. Estados Unidos perdió apenas unos 405 mil soldados desde que empezó la invasión desde las playas de Normandía, hasta Berlín, y digo “apenas” al hablar de aquel sangrero porque esta cifra no alcanza ni siquiera el 1,5% de los muertos que tuvo que poner el Ejército Rojo desde la invasión alemana a hasta la caída del Reichstag. La cosa está de anteojito y a eso en mi pueblo se le llama ganar indulgencia con escapulario ajeno.

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