POR MALÚ RENGIFO / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE259-CRÓNICAS PEATONALESEran los tiempos de la adolescencia realenga y limpia. Limpia por pobre y no por bien bañada. Vivía arrimada temporalmente en la habitación alquilada de Mariana, una amiga igual de pobre, que todavía tenía un techo donde vivir. Aquel fin de semana solamente teníamos unas pocas moneditas de 100, la suma en total alcanzaba para un par de boletos del Metro, de ida y vuelta. De comida, nada. Teníamos 17 años.

La señora Carmen, casera de mi amiga, temía por la simbólica orfandad de nuestras vidas. Aquella mañana de sábado nos pasó el periódico y una viandita: “Miren, aquí están reclutando payasitas, ¡vayan y busquen trabajo!”, y así hicimos. En la vianda nos regalaba dos bollos de Navidad y una cucharadota de ensalada de gallina, para que compartiéramos y aguantáramos el día.

El curso de payasita era en Montalbán. Asistimos unas 20 muchachas, casi todas menores de edad, pobres y en problemas. Aquellas pichonas de payasita le escurrían a sus pellejos la poca alegría que les quedaba para poder sobrevivir a lo que fue una horrible jornada de entrenamiento sin descanso, agua, ventilación ni seguridad de conseguir trabajo: a las 3 de la tarde haríamos un receso para que cada quien se buscara la comida, y volveríamos para saber quiénes quedaron elegidas y quiénes no.

Mi amiga y yo salimos a una placita cercana a merendar-almorzar-desayunar. Abrimos nuestra vianda colectiva y se soltaron los olores a bollito nariz de perro y ensalada marchita, ¡un manjar! Una cuchara pa ti, una cuchara pa mí, y mande bocado. Pero no habíamos terminado de zampar la primera cucharada cuando la energía de unos ojos rogando misericordia a unos metros de distancia casi logran tumbarnos todo pa’l suelo: una muchacha nos estaba velando mientras sostenía una bolsa de la que asomaba una pálida canilla. La invitamos a acercarse y nos contó que la plata que tenía le había alcanzado para comprarse dos panes, y que uno era para la noche. La miramos, nos miramos, miramos a la canilla y le propusimos: “Comparte una de tus canillas y nosotras compartimos los bollos y la ensalada”, y así hicimos. Al terminar nos pidió guardarle el pan que le quedaba en mi morral.

Al volver al curso, hacía unos minutos que había comenzado de nuevo la jornada. Mariana, la otra chica y yo fuimos duramente regañadas por llegar tarde y nos informaron de que así no podíamos trabajar con ellos: nos botaron delante de todo el mundo.

En completa desazón, mi amiga y yo volvimos con las malas noticias a la residencia estudiantil de la señora Carmen. Ya no nos quedaba nada para comer, el plan iba a ser gatear a la nevera de madrugada y rescatar alguna cosa. De pronto Mariana dijo: “Diosito, ayúdanos, danos comida”, y a mí se me ocurrió buscar alguna cosa en mi morral. Entonces, sucedió el milagro.

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