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ÉPALE CCS HACE UNA VISITA A LA REMODELADA PLAZA LA CANDELARIA CON EL OBJETIVO ESPECÍFICO DE APRECIAR LA OBRA DE MARÍA CENTENO, PERO DISPUESTOS, CLARO, A DEJARNOS LLEVAR POR EL ENTORNO

POR ANDER DE TEJADA / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

La escultura está en el centro de la plaza, de la verdadera plaza Candelaria, y la verdad es que llama mucho la atención. Recordemos que la plaza más cercana a la avenida Urdaneta es otra plaza, y que la plaza que nos interesa es esta, Candelaria.

“El concepto de esta escultura es que quiere exhaltar la vida sobre la muerte, la creatividad sobre la destrucción, la paz como garante de la vida. Por eso es una especie de paloma, representación de la paz’’.

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La tercera edad disfruta de su lectura

Cuando uno se detiene a observar, en efecto ve una forma parecida a la de una ave. Entonces, como es normal, surge una especie de impresión aunada a la curiosidad normal de un transeúnte, que obliga a realizar un acercamiento. El ave abre las alas, el ave comienza a aletear encima de ti, sientes la caricia del viento y sospechas ver  el inicio de un vuelo. Después te acercas más, y te das cuenta de que tiene un plumaje muy especial y que nunca va a poder despegarse del suelo. Sus plumas no son plumas. Sus plumas son esqueletos de lo que alguna vez fueron armas activas del ciudadano común: revólveres y escopetas, todas despojadas de sus facultades asesinas y dispuestas por la misma persona que nos explicó la simbología de la obra —María Centeno, autora de la famosa “Waika, la respondona”- para generar esta pieza innovadora: una especie de paloma de la paz hecha con los metales de la violencia.

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Escaleras desde la plaza Rafael Urdaneta hacia la plaza Candelaria

La pieza, para ponernos serios, tiene una altura de 3 metros y descansa sobre un pedestal de otros 3 metros. La suma es fácil de hacer: 6 metros de altura por 4,40 de anchura. La soldadura de armas se sostiene en tubos de acero inoxidable estructurado, y el perímetro está hecho de pretinas de acero inoxidable.

“Pensé la forma para que fuese visible desde distancias medias y lejanas, como un hito urbano, y para que al nivel cercano, es decir, a una distancia corta, ofreciera otra lectura con su textura de las armas inutilizadas’’, explica María.

“La idea, o la justificación de la obra, es que el arma siempre sugiere la noción de violencia, pero la vista de unas armas que han sido privadas de su potencial de muerte, que han sido retiradas de las calles y de manos criminales, en muchos casos, y que ahora forman parte de una expresión artística, subvierte esa idea de destrucción, sugiere la posibilidad de vencer el mal. Quise resignificar el arma como símbolo letal y despojarla de su significado de estatus y poder. Estas armas forman un encaje a través del cual se puede ver el cielo, el futuro de un país en convivencia, en paz’’, continúa.

Entendemos entonces que la obra es altamente metafórica. “Pájaro de hierro’’ fue la metáfora utilizada por Silvio Rodríguez en su canción “Cita con los ángeles’’ para referirse al Enola Gay, el avión que el 6 de agosto de 1945 abrió su boca y dejó caer la bomba nuclear sobre Hiroshima. “Pájaro de hierro’’ es la metáfora utilizada por María Centeno para metaforizar el deseo de los venezolanos de ver el cielo —¡no el que viene después de la muerte!, sino el cielo del futuro, según María— entre los plomos del hampa y de la violencia política.

María agradece la colaboración del Instituto de Capacitación y Educación Socialista (Inces), del Taller de Herrería del profesor Manuel Marcano (donde se realizó la obra), quien se enfocó en los aspectos técnicos, y a todos sus compañeros, en especial Schneider y Francisco.

EL RESTO DE LA PLAZA

Lustrador de zapatos junto a su compañero

Lustrador de zapatos junto a su compañero

La plaza sí cambió después de remodelada. Lo que antes era tierra e informalidad hoy es todo de un color gris unificado. No del gris terrible, del gris de la tristeza o del encierro, sino un gris que es, más que todo, agradable a la vista, que se combina casi perfectamente con los árboles altos para permitir únicamente la cantidad necesaria de sol.

A pesar de haber mutado en su exterioridad, el ambiente se mantiene casi igual. El club de abuelos persiste y se puede ver a los mayores en distintos grupos. Unos se sientan a jugar cartas y otros mantienen largas conversaciones que, desde la lejanía, parecen no tener resolución posible. Se los ve agitar las manos, en un gesto que pide la razón del otro, pero de pronto se los ve sonreír, como quien sonríe frente a los panas del alma, y que recuerda que, a pesar de las peleas, hay paz.

La floristería continúa sirviendo para los aniversarios y el perdón; la chicha sigue expendiéndose; el pulidor se zapatos sigue sentado en su silla, frente a una silla más alta, esperando el momento en que alguien llegue con los zapatos sucios (cobra entre 500 y 800 bolívares por la pulida, pero dice no tener tantos clientes). Este señor, vestido con una guayabera blanca, habla con otro señor de vestimentas similares. Soy directo: “¿Cuántos años tienen trabajando en la plaza?’’, y sus respuestas, como era de esperarse, son iguales: agitan los brazos, como diciéndome “niño, por favor’’. Entonces, tengo que volver a preguntar, porque la pregunta me interesa. El señor de la silla miró a otro lado: “37 años’’, dice.

Esqueletos de pistolas o armas desarmadas

Esqueletos de pistolas o armas desarmadas

Después caminamos hasta unos toldos cercanos a la iglesia. Ahí, en esa “L’’ de lonas, hablamos con la señora Aída Solano, integrante de la Asociación de Cristianos Artesanos. Se emociona cuando le informamos que va a salir en la revista Épale CCS. Dice que es una coleccionista y, posteriormente, después de que nos presenta a sus compañeros, nos regala una pulsera al fotógrafo y a mí. Habla de la paz, casi como si le hubiéramos preguntado por ella, como si en el fondo supiera lo que estamos haciendo, y dice que ahí trabajaban bajo ese manto de tranquilidad. Veo sus productos. Veo collares inmensos de colores. Veo velas, velitas y velones de todos los tamaños. Veo pulseras gruesas y delgadas. Huelo una esencia que, según Aída, es de los rastafaris. Tomamos unas fotos. Caminamos por la “L’’, otra vez. Consideramos el trabajo hecho. Volvemos a la estatua, tomamos unas fotos, aparecen unos niños, los retratamos, guardamos la cámara, el sol no sale.

 

La señora Aída Solano junto a su mercancía

La señora Aída Solano junto a su mercancía

Comenzó a caer la llovizna, pero la gente sigue ahí, como si ese fuera su hogar, alegres porque luce mejor que antes pero tristes por la abundancia de los choros. Algunos dicen que no es segura, a pesar del módulo policial y de los 300 fortachones que entrenan los cuerpos en el gimnasio (tradición de años, también). La plaza es gris, pero también tiene muchos colores. Tiene cosas buenas, tiene cosas malas, pero tiene, como un ente vivo, una identidad que espera no mancharse de negro.

 

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