Pino de Navidad

POR MARÍA EUGENIA ACERO COLOMINE • @ANDESENFRUNGEN / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

Si nos ponemos fundamentalistas, en realidad no nos debería corresponder celebrar nada en estos días y deberíamos pasarlos, quizás, festejando el solsticio de invierno con pira, casabe y mañoco. Pero el sincretismo cultural, producto de cientos de años de coloniaje y dominación española, nos dejó como herencia la veneración a la simbología cristiana y, con ella, la reverencia a las fechas más emblemáticas de una de las principales religiones monoteístas del planeta.

Así, llevábamos más de 400 años celebrando la Navidad con pesebre, villancicos y aguinaldos cuando, de acuerdo con la Fundación Centro de Investigación y Estudios de la Venezolanidad, en 1912 llegaron a Venezuela los primeros pinos a casas de abolengo y alcurnia caraqueña. Siguiendo los dictámenes de la moda en París, junto a San José y a la Virgen, se decoraron los primeros arbolitos en este país. Esta nueva tradición importada desde el Norte tomó fuerza, luego, con la llegada de petroleros estadounidenses a Caracas, Oriente y Cabimas (y, con ellos, sus hábitos y costumbres). Esta penetración cultural gozó de un éxito tan rápido y rotundo, llegando al punto en que el propio Marcos Pérez Jiménez se dispuso a sembrar pinos por los lados de Tazón, en los terrenos de Fuerte Tiuna, para tener nuestros propios árboles de estilo nórdico.

La era del “ta barato, dame dos” y la publicidad de Coca Cola, en combinación con la magia de Hollywood y sus blancas navidades, hicieron lo propio en la psique del venezolano. Tenemos entonces que, por varias décadas, familia que no se costeara un pino canadiense natural “no estaba en nada”; uno de los símbolos de estatus en las fechas decembrinas era el consabido pinito amarrado en el techo del auto familiar con destino a algún hogar de bien.

Con la llegada del Viernes Negro la importación de pinitos “in english” mermó y los comerciantes, en su astucia, propusieron la venta de los famosos “pinos Caribe” (sembrados en el Oriente del país). Por desgracia, estos arbolitos constituyeron una amenaza para los decoradores más osados, debido a que las ramitas de tan lindos pinitos en realidad se erigieron en objetos punzopenetrantes, generando no pocos rasguños y amenazas a más de uno de perder un ojo. En lugar de fomentar un mayor posicionamiento del pesebre, las ferias navideñas de entonces se decantaron por vender ramas secas pintadas de blanco por un par de años y, luego, se institucionalizó el uso del pino de plástico: estandarte del kitsch de la subalternidad nórdico-centrista.

Llegamos a los tiempos actuales de crisis bachaquera, petros y criptomonedas y en las ferias de Las Mercedes nos encontramos con que numerosas familias siguen adquiriendo sus arbolitos naturales, nada menos que a 200 dólares, y sin chistar. Los centros comerciales enaltecen la cultura germánica del pinito junto a otras figuras icónicas anglosajonas. Es triste que nuestros niños sepan quién es Rudolf, pero que tradiciones como las parrandas y la Paradura del Niño estén difuminándose con el olvido.

ÉPALE 306

 

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