POR JOSÉ ROBERTO DUQUE @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

ÉPALE 239 SOBERANIAS

(Fragmento de novela inédita. Es decir, que lo que sigue es ficción. Niños, no hagan esto, que es muy malo y ofende a mucha gente).

Entonces no era que yo andaba birriondo, maluco, quesúo o aturrunao (aturrunao: dícese, en Carora, de los varones que, de tanto evitar sacarse o esperar a alguien que les saque la leche, terminan incubando en sus bolsas testiculares una sustancia sólida y compacta, de textura y dureza más cercanas al turrón que al más conocido y popular queso). Así mismo, con mi pinta desguazada y mis sudores a medio camino entre el vinagre y la bestia, me terminé cogiendo a la hermosa Mariela, una tarde de ocio en un hotelucho de media estrella por los lados de La Hoyada, que para eso era que me alcanzaba el piche sueldo.

A Marialuisa la empalé como a un pollo en brasas en su propio apartamento, una vez que tuvo a bien invitarme a tomar café y yo le jarté el café y los jugos y las galletas y las tortas y hasta el queso que había en la mesa, barbarazo. A Laurita la puse en cuatro patas o en veinte uñas y ¡ñema!, carajo, con esa muchachona de tetas alegres que parecía que querían romper la blusa. A Amarista, dueña de un lenguaje técnico de estudiante de medicina, procedí a transfundirle mis sustancias viriles y por ahí andaba después, asustada porque al cuarto mes no le venía la regla y le daba más pánico hacerse el examen de la verdad que tener que parir o abortar el fruto de su vientre Jesús, Santa María.

A Martina la ensarté por un compromiso con mi historia, ya que nunca antes me había raspado a una foránea y yo juraba que esa muchacha era colombiana. Pero como ella se esmeraba en informarme, en su acento de las montañas cundiboyacenses, que era natural de San Antonio del Táchira, yo con mucho pesar dejé anotado y registrado en acta que de vainita, por apenas los escasos metros de longitud que mide el Puente Internacional Simón Bolívar, no desfloreté a una extranjera.

Cuando enyuqué a Samantha Wong logré desquitarme porque, a pesar del nombre gringófilo o gringoide común en cualquier maracucha, era evidente que su cuerpo, sus ojos puyúos y sus genes eran de China y, de paso, en el mismo acto resolví para siempre el enigma que intrigaba a los panas del barrio: todos creíamos que las asiáticas tenían la boca de la cuchara horizontal como una sonrisa y no vertical como todas las demás mujeres de este planeta.

A Victoria, la hermana del compadre Armando, cuando ya me estaba acomodando para echarle plomo cometí el error de mirarle la cara y ¡susto!, vi que la caraja era igualita a mi compadre Armando y el cañón retráctil se me encogió como un morrocoy escondiendo la cabeza y ya no hubo grúa, güinche o gato hidráulico que lo volviera a levantar, que en paz descanse y que tenga buenas noches.

 

ÉPALE 239

Artículos Relacionados