ÉPALE250-LA VIDA ES JUEGO

POR GERARDO BLANCO •@GERARDOBLANCO65 / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

Ahora que comienza una nueva temporada de beisbol venezolano, me salta a la memoria la magia que tuvo para mí el campeonato de 1972-1973 que dejó una marca profunda y me convirtió para siempre en un fiel aficionado de los Leones del Caracas. Por entonces, el beisbol era mi hermano mayor. Un gigante de 1,80, tercer bate y máxima estrella del equipo juvenil de la General Motors. Con fuerza para dar jonrones, conectar imparables, velocidad en las bases, un guante de seda en el jardín derecho y un cañón en el brazo, Pipo era la quintaesencia del jugador completo. Tenía lo que hoy llaman los scouts las cinco herramientas para brillar en la pelota profesional, pero en esa época no abundaban los buscadores de talentos. Además, la General Motors comenzó su mudanza a Valencia, cerró la planta en La Yaguara, donde mi padre era supervisor de pintura y se quedó sin empleo y Pipo sin equipo. Pero cada mal tiene sus ventajas.

Y la magia se hizo presente cuando mi padre comenzó a trabajar en la tintorería de Sarría. No sé si porque la lavandería era del padre de Paco Diez, por entonces connotado entrenador de básquet, o simplemente para economizar en el presupuesto, los uniformes de los Leones del Caracas se lavaban diariamente en ese desaparecido local, ubicado en la Calle Real de Sarría, en Pedro Camejo. Todas las tardes, a las 2:30 en punto, mi padre organizaba los uniformes resplandecientes, los guardaba en sacos y mi hermano Pipo junto a otros amigos del barrio subían a la camioneta de repartición, entraban al estadio Universitario, se echaban los sacos al hombro y entraban a la cueva de los Leones para despachar los uniformes. Yo era muy pequeño y debilucho para cargar con las pesadas bolsas, pero mi padre me llevaba en la camioneta como la mascota del equipo de repartidores. Así fue como a los 7 años ingresé al recinto sagrado de los peloteros. Allí estaba el mánager dominicano Oswaldo Virgil que me premió con mi primera gorra de los Leones, Víctor Davalillo y César Tovar repartiendo batazos y sonrisas, el cubano Dagoberto Campaneris y Jesús Marcano Trillo con sus guantes severos y silenciosos, el implacable Diego Seguí calentando el brazo y el portentoso Joe Ferguson listo para sacarla del parque. Todavía conservo la pelota autografiada por aquel mágico equipo como el más grande tesoro de la infancia. Aquella temporada los Leones vencieron en la final al Zulia y quedaron campeones por primera vez desde 1964. Y no dejo de creer con el mismo candor infantil de entonces que el afán de mi padre para quitar las impurezas de los uniformes y entregarlos lustrosos con su equipo de jóvenes repartidores fue lo que devolvió a los Leones el rugido de eterno campeón de nuestra pelota.

ÉPALE 250

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